25/10/2026

Capítulo 1 – 1.938. «Hitler – Man of the Year».

Otto Dietrich

   Estamos en marzo de 1.938 y ya se ha producido el Anschluss. El jefe de prensa del Reich, Otto Dietrich, nos relata el viaje del Führer por la Marca Oriental.

  ‘Un pueblo, un Reich, un Führer.(…) ¡Braunau! ¡Ciudad natal del Führer! ¿No es un simbolismo admirable el que haya comenzado precisamente aquí, en su patria chica, el regreso triunfal de Hitler a su hogar? El puente sobre el Inn … Hasta ahora había simbolizado una separación impuesta, carente de sentido, entre dos pueblos alemanes: ahora es el símbolo inolvidable de la unidad alemana. (…) En sus ojos podía leerse el orgullo y la alegría que embargaba sus corazones: el honor de saber que han sido los primeros que han podido saludar al Führer al pisar éste el suelo de la Marca Oriental. El coche de Hitler ha avanzado lentamente y se ha detenido ante cada casa del lugar en el que, hace 49 años, naciera él para el pueblo alemán.(…)

Adolf Hitler

 Tras pasar por Ried, Lambach y Wels, el Führer llegó a primera hora de la noche a Linz la ciudad que ejerció en su vida juvenil tanto influjo. La bella, tranquila y pacífica urbe del Danubio se muestra hoy sumergida en un mar de entusiasmo. Lágrimas de alegría y de gratitud rodean al salvador, al Führer. (…) El entusiasmo rompe todas las barreras al oírse sus primeras palabras: «Si la Providencia me llamó desde esta ciudad para dirigir el Reich, es razonable que me encomendase una misión especial: sólo podía ser la de devolver mi querida patria al Reich alemán».

Viena-1.938

   El Führer visitó la tumba de sus padres en el recoleto cementerio de Leonding. La tierra que los cubre ha sido liberada por su hijo y devuelta al Reich. (…) La coronación del viaje sería el recibimiento en Viena, de una magnitud como jamás haya visto el mundo. Las palabras y los conceptos resultan demasiado pobres para describir la acogida más triunfal que se le haya tributado a un dirigente popular con ocasión de su regreso al hogar del que partió. (…)

   El martes se produjeron nuevos acontecimientos inolvidables. Durante la fiesta conmemorativa de la liberación, en la Heldenplatz, el Führer se refirió en sus palabras, desde el balcón del viejo Hofburg, a la misión de la Marca Oriental más antigua del pueblo alemán como el más reciente baluarte de la nación alemana, como una fortaleza del carácter y de la fuerza de voluntad nacionalsocialistas. Cuando el Führer, con voz profundamente conmovida, proclamaba ante la historia el mayor acontecimiento de su vida -el ingreso de su patria en el Reich alemán- las masas prorrumpieron en muestras de una alegría incontenible, de un  gratitud sin límites, de un entusiasmo jubiloso que hizo retumbar la gran plaza.

   Al mismo tiempo, Munich, capital del movimiento, se disponía para recibir entusiásticamente a su Führer, que llegaría allí en avión. Al día siguiente, 2.5 millones de berlineses tributaban su bienvenida al Führer contagiados del mismo gozo delirante. Sólo cien horas había permanecido el Führer fuera de Berlín. Pero en esas cien horas quedó trazado un nuevo capítulo histórico: la entrega al pueblo alemán del regalo más grande y más preciado: la unidad de la Gran Alemania.

   De Braunau a Viena, pasando por Linz, hasta Munich y Berlín, le ha acompañado el clamor de la multitud, como símbolo sublime de esta hora decisiva.

   ¡Un pueblo, un Reich, un Führer!’

Winston Churchill

 Winston Churchill en un debate de la Cámara Baja:

   ‘No podemos pasar por alto los graves sucesos del 12 de marzo. Europa se encuentra frente a una premeditada agresión, planeada y programada para ser puesta en práctica gradualmente, tal y como podemos observar; no nos queda más que una solución, y no únicamente a nosotros sino también a otros Estados: o cedemos, como ha hecho Austria, o nos decidimos a tomar las medidas necesarias antes de que sea demasiado tarde …

   Si seguimos esperando los acontecimientos, ¿no despilfarraremos muchos de los medios todavía a nuestro alcance al servicio de la seguridad y de la paz? ¿Cuántos amigos vamos a perder y a cuántos de nuestros aliados potenciales, uno tras otro, veremos sucumbir? ¿Hasta cuándo el juego falso va a seguirse alzando con la victoria? ¿Dónde estaremos dentro de dos años, cuando el Ejército alemán haya derrotado al francés y cuando todos los pequeños Estados hayan abandonado la Sociedad de Naciones de Ginebra y prometido fidelidad al cada vez más poderoso sistema nazi, en un intento de obtener la máxima benevolencia?…’

   Y llegados a este punto, sólo nos puede quedar el consuelo de comprobar que la historia siempre ha estado gobernada por auténticos cegatos. Este 1.938 nos presenta dos hechos que delinean perfectamente el futuro inmediato. No todo son conjeturas o juicios de valor: los acuerdos de Munich y la noche de los cristales rotos son dos realidades en sí mismas. La primera nos muestra a los boxeadores en el ring, y Tyson era mucho Tyson. La segunda nos presenta una epidemia social. Vayamos despacio.

   Tras la separación de los Estados del Imperio austro-húngaro, se forma uno nuevo en el centro de Europa: la República de Checoslovaquia (hoy son dos repúblicas independientes). La ocupan 6.5 millones de checos, 3.2 millones de alemanes, 3 millones de eslovacos, 700.000 húngaros, 400.000 rutenos y 70.000 polacos. Salvo los eslovacos, con algunos derechos, el resto son consideradas minorías. Cuando Hitler llega al poder en 1.933, Checoslovaquia está hundida en la miseria de la crisis económica mundial del 29, y la zona de los alemanes, la más industrial, no recibe ayuda de Praga. Los sudetes alemanes desprecian a los checoslovacos y fundan el SdP (Partido Sudete Alemán) cuya máxima no es la integración sino la autonomía.

   Tyson sube al ring aclamado. El combate va a empezar.

Konrad Henlein

   Primer asalto: 28 de marzo de 1.938. En Berlín, el fundador del SdP y antiguo profesor de gimnasia Konrad Henlein, se reúne en privado con Hitler, Joachim von Ribbentrop (Ministro de Exteriores) y Rudolf Hess lugarteniente de Hitler (Stellvertreter des Führer). El objetivo de Hitler está muy claro desde 1.937: acabar con Checoslovaquia e integrar su pueblo al Reich. Le dice a Henlein que debe exigir tanto al gobierno checo que nunca pueda quedar satisfecho.

Rudolf Hess

   Henlein viaja a Londres para dejar entrever que lo único que quiere el Führer es justicia para los alemanes de Checoslovaquia. El embajador alemán Dirksen telegrafía: ‘Lord Halifax me ha comunicado que en breve se darán en Praga los pasos necesarios para conseguir que Beneš se muestre comprensivo y acceda a los deseos de los sudetes alemanes.’

Edvard Beneš

    Edvard Beneš, presidente checo, está dispuesto a negociar, quiere un combate nulo, pero Tyson busca el KO. Hitler quiere la anexión. El 17 de mayo pide información sobre la «línea Maginot checa».

   Segundo asalto: el Gobierno checo ha ordenado la movilización y llama a filas a los reservistas. Es viernes, 20 de mayo de 1.938. Hitler está perturbado; todavía no tiene previsto un plan de ataque. Lord Halifax, Secretario de Asuntos Exteriores británico, insta al Führer por telegrama a proteger la paz.

Édouard Daladier

   Daladier, primer ministro francés advierte a Alemania que movilizará sus tropas si los alemanes cruzan la frontera checa. Hitler cuenta con un apoyo inesperado. Winston Churchill escribe: ‘Sin el buen abogado de una potente Alemania no podrían nunca los sudetes defender su causa.‘ Adolf decide cambiar de táctica.

   Tercer asalto: junio de 1.938. Henlein presenta al gobierno checo una propuesta basada en el sistema cantonal suizo, como ultimátum. Beneš lo rechaza. El día 12, en Stettin, Hess dice: ‘Checoslovaquia, que debe su existencia a la trampa del Tratado de Versalles, se ha convertido en un foco peligroso para la paz de Europa.‘ Londres envía a lord Runciman como observador a Checoslovaquia (su informe era muy favorable a las tesis alemanas y auguraba un final desastroso). El Ministro francés de Asuntos Exteriores, Bonnet, ante la opinión pública comprensiva con los sudetes manifiesta: ‘No se pueden sacrificar 10 millones de seres humanos en una guerra para luego prohibir a 3.5 millones de alemanes que se unan a su país.‘ El 5 de septiembre Beneš convoca a los líderes de los sudetes y les pide una relación completa de sus pretensiones. ‘Serán satisfechas, cueste lo que cueste‘, les asegura el presidente. El representante de los sudetes concede: ‘Dios mío, pero si nos lo han aceptado todo.‘ Berlín ordena a los sudetes que rompan la negociación.

Nuremberg-1.938

   12 de septiembre. En Nuremberg se celebra un año más el Congreso del NSDAP. Leamos algunos fragmentos del discurso de clausura de Hitler y pensemos un buen rato después con la mayor objetividad posible:

   ‘ En todos los países democráticos, se lamenta la inimaginable crueldad con la que primero Alemania, y ahora también Italia, se esfuerzan por deshacerse del elemento judío. Sin embargo, todos estos grandes imperios democráticos tienen en conjunto poco más que unas pocas personas por kilómetro cuadrado. En Italia y en Alemania este número supera las 140 personas. Durante décadas, sin embargo, Alemania acogió a cientos de miles  de judíos sin pestañear.

   Ahora que la carga se ha vuelto dominante y la nación ya no está dispuesta a que estos parásitos le succionen la sangre vital, es ahora cuando hay un gran lamento en el exterior. Sin embargo, no se escucha una palabra en estos países democráticos sobre reemplazar este lamento hipócrita con una buena acción y asistencia. No, al contrario, todo lo que se oye es un razonamiento frío que afirma que en estos estados lamentablemente tampoco hay espacio. Evidentemente, esperan que aguantemos esta carga de los judíos a pesar de nuestras 140 personas por kilómetro cuadrado, mientras que los imperios democráticos mundiales con su poca gente por kilómetro cuadrado no podrían soportar esta carga. Por desgracia, no hay ayuda. ¡Pero moral!

   (…) Este comportamiento se vuelve insoportable para nosotros en el momento en que una gran parte de nuestro Volk se pone a merced de abusadores impertinentes, aparentemente sin ningún medio de defenderse, mientras que el peso de la retórica democrática se derrama como una amenaza para nuestro Volksgenossen. Hablo de Checoslovaquia.

   Este estado es una democracia, es decir, se fundó sobre principios democráticos. La mayoría de su gente simplemente se vio obligada a someterse a la estructura construida en Versalles sin que nadie pidiera su opinión. Como verdadera democracia, este estado inmediatamente comenzó a reprimir a la mayoría de su pueblo, a abusar allí y a despojarlos de sus derechos inalienables. Poco a poco, se intentó convencer al mundo de que este estado tenía una misión política y militar especial que cumplir.

   El ex ministro francés de Aviación, Pierre Cot,  nos lo ha explicado recientemente. Según él, Checoslovaquia existe con el propósito de proporcionar una base, en caso de guerra, para lanzar ataques aéreos y lanzar bombas sobre ciudades y plantas industriales alemanas. No hace falta decir que podemos suponer que estos volverán a estar equipados con esas ojivas de la famosa variedad civilizadora.

   (…) Entre las minorías reprimidas en este estado, también hay tres millones y medio de alemanes, aproximadamente la misma cantidad de personas de nuestra raza que Dinamarca tiene en habitantes.  Estos alemanes también son criaturas de Dios. El Todopoderoso no los ha creado para que la construcción a la que se llega en Versalles los ponga a merced de un poder extraño que odian. Y tampoco ha creado siete millones de checos para que reinen sobre estos tres millones y medio, los tengan bajo tutela, y mucho menos los creó para devastarlos y torturarlos.

   La situación en este estado se ha vuelto insoportable, como es sabido. En un contexto político, a tres millones y medio de personas se les roba su derecho a la autodeterminación en nombre del derecho a la autodeterminación tal como lo interpretó un tal señor Wilson. En un contexto económico, estas personas se están arruinando metódicamente y, por lo tanto, están sujetas a un exterminio lento pero constante.

   La miseria de los alemanes de los Sudetes desafía toda descripción. Uno desea destruirlos. En un contexto humanitario, están siendo oprimidos y humillados de una manera sin precedentes.

   Lo único que puedo decirles a estos representantes de la democracia es que esto no nos deja fríos, no, si estas criaturas torturadas no pueden encontrar justicia ni ayuda por sí mismas, entonces recibirán ambas de nosotros. ¡Debe ponerse fin a la injusticia infligida a esta gente! Ya lo dije abiertamente en mi discurso del 20 de febrero. Fue una empresa miope la que concibieron los arquitectos de Versalles cuando dieron a luz a la estructura anormal del Estado checoslovaco. Podría continuar con su misión de devastar y violar a una masa de millones de otras nacionalidades solo mientras las naciones hermanas sufrieran los abusos infligidos al mundo en Versalles.

   Sin embargo, creer que un régimen así podría seguir pecando eterna e infinitamente significa sucumbir a un engaño inconcebible. En mi discurso ante el Reichstag alemán el 20 de febrero, había señalado que el Reich ya no tolerará más opresión y persecución de estos tres millones y medio de alemanes. E imploro a todos los estadistas extranjeros que no piensen en esta mera retórica.

   Por el bien de la paz en Europa, el Estado nacionalsocialista ha hecho enormes sacrificios, enormes sacrificios por toda la nación. No albergaba ningún pensamiento de supuesta venganza; más bien, ha desterrado todos esos pensamientos de todas las esferas públicas y privadas de la vida. En el transcurso del siglo XVII, Francia penetró lentamente en Alsacia-Lorena y la arrebató al Antiguo Reich Alemán en medio de tiempos de paz.

   Tras una terrible guerra en 1.870-71 que se había impuesto a Alemania, el Reich recuperó estos territorios y los devolvió. Se perdieron una vez más después de la Guerra Mundial. Para nosotros los alemanes, la catedral de Estrasburgo significa mucho. Y cuando no continuamos con el asunto, nos abstuvimos únicamente al servicio de una paz duradera para Europa.

   (…) Aparentemente, el estado checo consideró que una demostración de su poderío militar era particularmente adecuada para este fin.

   Esto estaba especialmente dirigido a los alemanes de los Sudetes para que sirviera de advertencia, para que no defendieran sus intereses nacionales y votaran en consecuencia. Para justificar de alguna manera este intento de intimidación ante los ojos del público mundial, el gobierno checo, es decir, Herr Beneš, fabricó la mentira de que se habían movilizado tropas alemanas para una invasión de Checoslovaquia.

   En este contexto, permítanme hoy afirmar lo siguiente: la creación de tales mentiras no es nada nuevo. Hace aproximadamente un año, la prensa de cierto país inventó una historia según la cual 20.000 soldados alemanes habían desembarcado en Marruecos.  El defensor judío de esta mentira en la prensa esperaba con ello provocar una guerra.

   (…) Comprenderán, mis camaradas de partido, que una gran potencia no puede tolerar una incursión tan básica [la movilización parcial de las tropas checoslovacas del 20 al 21 de mayo] por segunda vez. Como consecuencia, he tomado las precauciones necesarias. Soy un nacionalsocialista y, como tal, estoy acostumbrado a contraatacar a cualquier atacante. Además, sé muy bien que la indulgencia no logrará apaciguar, sino que simplemente fomentará la arrogancia de un adversario tan irreconciliable como los checos.

   Que el destino del Antiguo Reich alemán sea una advertencia para nosotros. Su amor por la paz lo llevó al borde de la autodestrucción. No obstante, el Viejo Reich no pudo evitar la guerra al final. En la debida consideración, tomé medidas el 28 de mayo que fueron muy difíciles: primero, ordené una intensificación de gran alcance y la implementación y ejecución inmediata de los refuerzos anunciados para el Ejército y la Luftwaffe. En segundo lugar, ordené la expansión inmediata de nuestras fortificaciones hacia Occidente. Puedo asegurarles que desde el 28 de mayo se está construyendo una de las fortalezas más gigantescas de todos los tiempos.

   Con este fin, encomendé al Dr. Todt, el Generalinspekteur para la construcción de carreteras en Alemania, una nueva comisión. En el marco de los proyectos emprendidos por la Inspección de Construcción de Fortalezas, ha logrado uno de los mayores logros de todos los tiempos, gracias a su extraordinario talento organizativo.

   Permítanme señalarles algunas cifras. En la actualidad, en el trabajo en la fortificación de nuestra frontera occidental, un proyecto que en realidad comenzó hace más de dos años, son: 278.000 trabajadores de la organización Todt, además de 84.000 [otros] trabajadores, además de 100.000 hombres del Servicio de Trabajo del Reich y numerosos Batallones pioneros y divisiones de infantería. Además de los materiales que se llevan a las obras a través de diferentes rutas de transporte, la Reichsbahn alemana transporta por sí sola 8.000 vagones de mercancías al día.

   El consumo diario de grava asciende a más de 100.000 toneladas. La fortificación de la frontera occidental de Alemania se completará antes del inicio del invierno. Su capacidad defensiva ya está asegurada a partir de este día. Una vez completado, constará de más de 17.000 placas blindadas y estructuras de hormigón. El Volk alemán en armas se encuentra detrás de este frente de acero y hormigón formado por tres líneas fortificadas y, en algunos lugares, consta de cuatro líneas fortificadas de hasta cincuenta kilómetros de profundidad. He hecho el mayor esfuerzo de todos los tiempos al servicio de la paz. Sin embargo, bajo ninguna circunstancia estoy dispuesto a quedarme quieto y observar desde lejos la continua opresión de la Volksgenossen alemana en Checoslovaquia.

   Todo son tácticas. Herr Beneš habla, quiere organizar negociaciones. Quiere resolver la cuestión del procedimiento de acuerdo con los Convenios de Ginebra y reparte pequeños favores para aplacar al pueblo. ¡Las cosas no pueden seguir así! No se trata de frases diplomáticas vacías. Esta es una cuestión de derecho, la cuestión de un derecho no concedido. Lo que exigimos los alemanes es el derecho a la autodeterminación, un derecho que posee todo Volk, y no una frase vacía. Herr Beneš no debe conceder ningún favor a los alemanes de los Sudetes. Tienen derecho a su propia forma de vida, al igual que cualquier otra gente.

   ¡Las consecuencias serán graves si, acaso, las democracias persisten en su convicción de que deben continuar, por todos los medios, otorgando su protección a la opresión de los hombres y mujeres alemanes! Creo que está al servicio de la paz, si no dejo dudas sobre este hecho.

   No pido que se permita a Alemania oprimir a tres millones y medio de franceses, ni que se ponga a nuestra merced a tres millones y medio de ingleses. Más bien, simplemente estoy exigiendo que cese la opresión de tres millones y medio de alemanes en Checoslovaquia y que el derecho inalienable a la libre determinación ocupe su lugar.

   (…) Lo que se agota en un período determinado, puede volver a subir en el mismo período de tiempo. La Italia de hoy y la Alemania de hoy son prueba fehaciente de ello. Ambas son naciones que se han regenerado, de hecho, podrían considerarse como nuevas naciones en este contexto. Sin embargo, sus raíces no provienen de la base de épocas más recientes, sino que se remontan a la historia antigua. El Imperio Romano respira una vez más. El fenómeno de Alemania como Estado tampoco es nuevo, aunque ha hecho su aparición más recientemente. 

   Hice traer las insignias del Antiguo Reich Alemán a Nuremberg por una razón. Quiero recordar, y esto no solo en beneficio del pueblo alemán sino también de todos los pueblos, que más de medio milenio antes del descubrimiento del nuevo mundo, un gigantesco Reich germano-alemán  se erigió en estos motivos. Las dinastías nacieron y se disiparon. Las formas externas cambiaron. Sin embargo, aunque el Volk se ha rejuvenecido, su esencia sigue siendo la misma de siempre. El Reich alemán ha estado inactivo durante mucho tiempo.

   Ahora el Volk alemán ha despertado y una vez más lleva en la cabeza su corona de 1.000 años. Todos los que somos testigos de esta histórica resurrección sentimos un gran orgullo y felicidad. Estamos ante el Todopoderoso con humilde gratitud.

   Para el resto del mundo esto debería ser tanto una inspiración como una lección aprendida, una inspiración para reflexionar sobre la historia desde un punto de vista más elevado y una lección para no sucumbir a los mismos errores que en el pasado.

   En verdad, el nuevo imperio romano-italiano y el Reich germánico-alemán son estructuras antiguas. No necesitas amarlos y, sin embargo, ningún poder en la tierra los volverá a quitar.

   (…) Es el deber de todos nosotros no volver a inclinar la cabeza ante ninguna voluntad ajena. A esto, comprometámonos, ¡ayúdanos Dios!’

Neville Chamberlain

   Cuarto asalto: cuando Chamberlain conoce los términos de este discurso del Führer es muy posible que fuera directamente al baño. Hablemos un poco del Primer Ministro británico Neville Chamberlain.

   Aunque fue Primer Ministro a partir de 1.937 (hasta 1940) ya era desde 1.931 Ministro de Finanzas. Como casi todos los personajes que discurren por este estudio, da él sólo para un libro. Aquí haré una breve reseña sobre su perfil, sus presupuestos para gasto militar entre 1.931-40 y sus pactos con Hitler, que es del cabo que sacamos este comentario.

   La historiadora Zara Steiner lo presenta como ‘un hombre de perspicacia e imaginación limitadas y propenso a hacerse ilusiones‘. Es descrito como una persona soberbia y con total seguridad en sí mismo y eso le hacía no ver la realidad de los hechos. Cometió el error de quedarse en el simple análisis y no adoptar una política de cambio. ¿Por qué? Posiblemente porque las élites financieras del Imperio veían en el apaciguamiento un camino para que las cosas siguieran lo más quietas posibles y resistirse  a la evidencia de que Gran Bretaña ya no era una potencia militar y que su influencia global había declinado respecto a los EEUU. Su ceguera ideológica no le hizo ver que Alemania creciendo en el Centro de Europa y rodeada de países débiles sólo podía compensarse con una alianza con la URSS, incluyendo a Francia como tapadera.

   Estoy seguro de que la situación dentro del Imperio era complicada: desgaste psicológico y moral tras la Gran Guerra, crack del 29, y un Imperio enorme que defender. Si a esto añadimos el anticomunismo enfermizo de Chamberlain que fue la base del apaciguamiento, la coyuntura internacional era difícil. La historiografía revisionista defiende que Gran Bretaña no podía adoptar una política de rearme intensivo por razones exclusivamente financieras y económicas, que para no perturbar el mercado necesitaba una política de apaciguamiento para ganar tiempo. Christopher Price refuta esta línea afirmando que si existiera una política real de rearme, los recursos eran ilimitados, existiendo desde 1931 el Sistema Otawa que los podía desarrollar con eficacia. Afirma Price que ‘la particular culpabilidad del gobierno de Chamberlain no reside en la inactividad, sino en la activa destrucción del potencial de guerra imperial británico‘.

   La tensión política en las relaciones europeas va en progresivo aumento desde 1.934. El Gobierno británico sólo aumentó su gasto militar de 114 millones de libras esterlinas en 1.934 a 719 millones en 1.939. Por su parte, Alemania pasó de los 4.190 millones de marcos en 1.934 a los 38.000 millones en 1.939. El apaciguamiento de Chamberlain habría tenido un final soñado por la legión de políticos, banqueros y empresarios afines a él con la devastación militar de Europa oriental en una guerra entre Alemania y la Unión Soviética con victoria final para Alemania. En cambio, el escenario final de su política  fue la devastación de la Europa occidental en la guerra contra Alemania.

   Y habíamos llegado aquí porque el Primer Ministro se dispone a «negociar» con Hitler.

   Quinto asalto: mediante una nota emitida en la noche del 13 de septiembre , el Primer Ministro declara su predisposición para mantener inmediatamente una conversación con Hitler en el lugar que éste eligiera. La nota añadía: ‘Le propongo llegar por vía aérea y a partir de mañana estoy dispuesto a emprender el viaje‘.

Chamberlain llegando a Berghof

   El jueves 15 de septiembre, al amanecer, abandona el Primer Ministro su residencia londinense de Downing Street. Por primera vez en su vida, a los 69 años, iba a tomar un avión. Después de un tempestuoso viaje aterrizo en Munich. De allí a Berchtesgaden fue en tren. A lo largo del viaje de tres horas pudo ver convoyes de tropas y material de guerra apartado en las vías muertas. A las cuatro de la tarde, tras doce horas en pie, fue recibido por el Führer en las escaleras del Berghof, lugar de descanso de Hitler en los Alpes Bávaros.

Wilhelm Keitel

   Los fotógrafos fueron testigos del encuentro, recogiendo la instantánea de Hitler en los escalones superiores, más abajo Chamberlain, escoltado por el General Keitel, Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas alemanas. Un gesto descortés pero políticamente calculado.

   Después de unas primeras palabras de saludo, Hitler le dice: ‘No temo una guerra mundial. He consentido hasta el límite. Nada hará cambiar mi decisión‘. Chamberlain le responde: ‘Si está usted decidido, señor canciller, a resolver la cuestión por la violencia, ¿por qué ha consentido en que hiciera este viaje? No he hecho más que perder mi tiempo, y nada mejor podría hacer ahora que regresar inmediatamente a Londres‘.

   Hitler recula. No puede negociar con Chamberlain como con Schuschnigg. ‘Lo decisivo en estos momentos es saber si Inglaterra se halla dispuesta a la separación del país de los Sudetes, de acuerdo con el derecho de autodeterminación de los pueblos. Considerando además que este derecho no se ha inventado expresamente en el año 1938 para el problema checoslovaco, sino que ha sido proclamado ya en 1918 para la creación de una base moral para las modificaciones, basándose en el Tratado de Versalles‘. Chamberlain tenía que lograr la conformidad de su gabinete y la del gabinete francés, pero parece esperanzado. Se llega al acuerdo de que Hitler no adoptará medidas militares mientras el Primer Ministro discute el asunto ante el Consejo de Ministros.

   La esperanza de Hitler era que Chamberlain no llegara a un acuerdo, y fue preparando el camino de adhesión del territorio checoslovaco. La prensa alemana desató una campaña terrorista, se creó un cuerpo franco de sudetes dirigido por Henlein y se insinuó a Hungría y Polonia que presentasen exigencias territoriales a Checoslovaquia. El nuevo cuerpo franco ocupó las ciudades de Eger y Asch.

Benito Mussolini

   Por su parte, Chamberlain volvió a Londres gratamente impresionado.  Una vez describió a Hitler como medio loco. Dijo a su hermana que ‘pese a la dureza y a la acritud que creí leer en su rostro, saqué la impresión de que se trataba de un hombre en el que se podía confiar cuando daba su palabra‘. El mismo día, escribió Mussolini en el «Popolo d’Italia»: ‘Beneš ha perdido la carrera‘.

   El día 17 la legión de sudetes tomó Eger y Asch. Polonia pidió el día 21 una consulta popular en la parte checa de Checoslovaquia, donde vivían numerosos polacos. Las tropas polacas se concentraron en la frontera.

Hermann Göring

   Hungría envió tropas a la frontera con Eslovaquia y a los Cárpatos ucranianos. La tensión iba en aumento, se palpaba una enorme inquietud. Hermann Göring (también escrito Goering), Vicecanciller alemán, comunicó al embajador británico en Berlín que  sólo había dos vías: la primera, que los gobiernos francés e inglés aceptaban la autodeterminación y a ellos les tocaba obligar al gobierno checo a que lo aceptase, o la segunda opción era permitir que Alemania se encargara del asunto.

   El 18 de septiembre,  Daladier y su Ministro de Exteriores Bonnet marcharon a Londres para oír la versión de Chamberlain de su encuentro con Hitler y su opinión sobre lo que se debía hacer inmediatamente después. Aceptaron la primera propuesta de Goering. Daladier comenzó poniendo en duda que Hitler quedara satisfecho y que se lograra la paz si se aceptaban sus demandas, pero acabó mostrándose de acuerdo en que éstas debían aceptarse. Los detalles fueron comunicados a Checoslovaquia esa noche. Aquellas zonas  en las que más de la mitad de la población fuera alemana, habrían de ser transferidas de Checoslovaquia a Alemania.

   Los días 22 y 23 se reunieron en Bad Godesberg Hitler y Chamberlain. Hitler se albergó en el hotel Dreesen; Chamberlain, al otro lado del Rhin, en el hotel Peteesberg. Cada vez que iba a entrevistarse con Hitler, el líder británico se veía obligado a coger una lancha. En su opinión, Chamberlain traía a Hitler una buena noticia: ‘Los Gobiernos de Inglaterra, Francia y Checoslovaquia estaban de acuerdo en que los Sudetes se incorporaran al Reich‘. Hitler le replica: ‘Lo siento mucho, Mr. Chamberlain; pero esa solución ya no es posible‘. Chamberlain, rojo de indignación le dice: ‘Debo decir con toda razón que recibe usted de mí lo que me pidió. Para conseguirlo he puesto en juego mi carrera política‘. Hitler: ‘Los checos deben abandonar todos los territorios pertenecientes a otras minorías antes del 28 de septiembre‘.

   Chamberlain , irritado y molesto por los motivos que esgrimía Hitler, intentaba encontrar un salvador. Después de tres horas de infructuosas discusiones, regresó al hotel y tras numerosas cartas para intentar solventar el problema, pidió que éste le diera un memorándum escrito respecto a las exigencias alemanas y le anunció su regreso a Londres para estudiar la situación.

Ernst von Weizsäcker

   Según contó von Weizsäcker , Hitler ‘aplaudía con las manos, como si se tratase de una diversión‘. Chamberlain sólo consiguió que Hitler retrasase el día X del 28 de septiembre al 1 de octubre. Hitler le prometió: ‘Es mi última reivindicación territorial en Europa‘.

   El gabinete británico rechazó las exigencias de Hitler. También lo hizo Checoslovaquia. Francia e Inglaterra se prepararon para la guerra. El día 26, Chamberlain envió a sir Wilson a la Cancillería del Reich para que convenciese a Hitler de que depusiera su actitud. La respuesta del Führer fue: ‘No tiene ya el menor sentido seguir negociando, los alemanes son tratados como si fueran negros; ni siquiera a Turquía se atreverían a tratarla de tal forma. El 1º de octubre tendré a Checoslovaquia donde la quiero tener‘. La amenaza estaba hecha. Sólo si el memorándum de Godesberg era aceptado por Praga depondría su actitud. Y el plazo finalizaba el 28 de septiembre a las 14 horas.

   Al día siguiente, Hitler recibió la visita de sir Wilson de nuevo. El Führer estaba crecido por su discurso en el Palacio de Deportes de Berlín la noche anterior y dijo al sir que él mismo aniquilaría Checoslovaquia. Sir Horace dijo que Inglaterra intervendría militarmente si Francia se veía obligada a prestar ayuda a Checoslovaquia, y Hitler declaró: ‘Si Francia e Inglaterra quieren empezar, que lo hagan. A mí me deja completamente indiferente. Estoy preparado para todas las eventualidades. Hoy es martes, el próximo lunes tendremos entonces la guerra‘.

   Recordemos ahora algunas cosas que dijo Hitler el día 26 en Berlín, en su discurso «Paz o Guerra, se me acabó la Paciencia»:

   ‘Tenemos ahora ante nosotros el último problema que hay que solucionar y solucionaremos. Es la última exigencia territorial que debo hacer en Europa, pero es una exigencia que no pienso retirar y que, Dios mediante, haré que se cumpla.

   La historia del problema es la siguiente. En 1.918, bajo el lema del «derecho de los pueblos a la autodeterminación», Europa Central fue hecha pedazos y reconstruida por una serie de supuestos «estadistas» dementes. Sin consideración por el origen de los pueblos, sin consideración por su deseo como naciones o por sus necesidades económicas, Europa Central fue dividida en átomos y se crearon arbitrariamente esos supuestos nuevos Estados.

   A este procedimiento debe su existencia Checoslovaquia. Este Estado checo nació gracias a una mentira, el padre de la cual fue Beneš. El señor Beneš apareció por entonces en Versailles y lo primero que hizo fue asegurar que existía una nación checoslovaca. Se vio obligado a inventar esta mentira para otorgar una importancia mayor al escaso número de sus propios compatriotas y, de este modo, justificarse. En ese momento, a los estadistas anglosajones, que no eran, como ocurre siempre, muy versados en lo que respecta a cuestiones de geografía o nacionalidad, no les pareció necesario comprobar las afirmaciones del señor Beneš. En caso de que lo hubieran hecho, podrían haber comprobado que no existe tal cosa como una nación checoslovaca, sino tan sólo checos y eslovacos, y que éstos no querían tener nada que ver con los checos.

   Sin embargo, la parte vergonzosa de la historia empieza ahora. Este Estado, cuyo gobierno se encuentra en manos de una minoría, compele a las otras nacionalidades a cooperar en una política que un día de éstos los obligará a matar a tiros a sus propios hermanos. El señor Beneš exige a los alemanes que: «Si declaro la guerra a Alemania, tendrán que disparar contra alemanes. Y si se niegan a hacerlo, serán unos traidores del Estado y haré que los fusilen». Y lo mismo espera de Hungría y de Polonia. Exige a los eslovacos que apoyen objetivos que les resultan totalmente indiferentes, ya que el pueblo eslovaco desea la paz y no aventuras. De hecho, el señor Beneš convierte a estas personas en traidores al país o traidores a su pueblo. O se muestran dispuestos a traicionar a su pueblo, a disparar contra sus compatriotas, o el señor Beneš les dice: «Son unos traidores a su país y yo mismo los fusilaré». ¿Acaso puede haber algo más vergonzoso que obligar a personas de otro pueblo, que se encuentra en unas circunstancias muy especiales, a disparar contra sus compatriotas por el mero hecho de que un gobierno criminal, malvado y ruinoso se lo exige?

   Tan solo quisiera decir un par de cosas más: estoy agradecido al señor Chamberlain por todos sus esfuerzos. Le he asegurado que no hay nada que el pueblo alemán anhele más que la paz, pero también le he dicho que no puedo ir más allá de los límites de nuestra paciencia. También le he asegurado, y lo repito aquí, que cuando este problema se haya resuelto, para Alemania se habrán acabado los problemas territoriales de Europa. Y le he asegurado que en el momento en que Checoslovaquia solucione sus problemas, lo que significa que los checos alcancen un acuerdo con sus otras minorías, y mediante medios pacíficos y no la opresión, entonces cesará todo mi interés por el Estado checo. ¡Y se lo he prometido! ¡No queremos a los checos!’

   Y concluye:

   ‘Pero del mismo modo, deseo afirmar ante el pueblo alemán que, en lo referente al problema de los Sudetes alemanes, ¡se me ha acabado la paciencia! Le he hecho una propuesta al señor Beneš que no es más que la puesta en práctica de lo que él mismo prometió. Ahora, la decisión está en sus manos: ¡Paz o guerra! O acepta esta oferta y les concede la libertad a los alemanes, o iremos nosotros mismos a buscar esa libertad. El mundo debe tomar nota de que en cuatro años y medio de guerra, y durante mi larga vida política, hay una cosa que nadie podrá echarme en cara: ¡Nunca he sido un cobarde! ¡Ahora me sitúo al frente de mi pueblo como su primer soldado y detrás de mí, para que lo sepa el mundo, marcha un pueblo muy distinto al de 1918! Si en aquel momento un erudito trotamundos fue capaz de inyectarle a nuestro pueblo el veneno de los lemas democráticos, la gente de hoy en día ya no es como la de entonces. Tales lemas son para nosotros como los aguijones de avispa: no pueden hacernos daño, ahora somos inmunes. ¡Todo el pueblo germano se va a unir conmigo, sentirá que mi voluntad es su voluntad! Del mismo modo que su futuro y su destino son la fuerza que me lleva a actuar de este modo. Ahora queremos que nuestra voluntad sea tan fuerte como en el momento de nuestra lucha, el momento en que yo, un simple soldado desconocido, conquistó un imperio y nunca dudó del éxito ni de la victoria final.’

   Los militares alemanes no lo veían claro, no se sentían capaces para enfrentarse en una guerra ante potencias tan fuertes. A la Cancillería llegaban noticias de los preparativos en Francia, donde la población estaba abandonando París y el ejército comenzó a aplicar la etapa preliminar a la movilización general, llamando a filas a los reservistas para suministrar hombres a la couverture renforcée; en Londres se estaban construyendo zanjas de protección contra los ataques aéreos. Durante el día, Yugoslavia, Rumanía, Suecia y Estados Unidos amenazaban con unirse a Checoslovaquia. Durante la noche del 27, Hitler envió una carta más suave a Chamberlain.

   Sexto asalto: mientras esto sucedía, un grupo reducido de jefes militares comandados por el teniente coronel Hans Oster, preparaban un golpe de Estado. Cuando todo estaba listo, un enlace, el embajador italiano Attolico, entregó a Hitler, dos horas antes de que expirara su ultimátum, una propuesta de Mussolini para que se reunieran al día siguiente en Munich con Francia e Inglaterra para tratar el problema de Checoslovaquia.

Hans Oster

   De golpe, Hitler solucionaba dos problemas: por un lado se salvaba del golpe de Estado, y por otro conseguía una nueva bajada de pantalones de la Entente.

   En la misma ciudad  en la que inició su carrera política, en la capital bávara, en Munich, recibió el 29 de septiembre a los jefes de Gobierno de Inglaterra, Francia e Italia. El más interesado, el representante checo, su presidente Beneš, se quedó esperando la sentencia en el hotel Palace. En la madrugada del 30 de septiembre se pronunció el fallo. El pacto reconocía las aspiraciones del Tercer Reich para anexarse la región checa de los Sudetes. Los gobiernos de Francia, Gran Bretaña e Italia aceptaban el reclamo de Hitler para revisar las fronteras de Checoslovaquia y adaptarlas a las exigencias alemanas. Los checos no fueron consultados en ningún momento. Cuando los franceses y los ingleses les comunicaron el resultado de este «pacto» Beneš no dejó de llorar. Chamberlain volvió a Londres como triunfador. ‘Hemos salvado la paz de nuestra época‘, gritó Chamberlain a la muchedumbre. ‘Ningún conquistador ha sido jamás recibido con tanta pompa tras una victoria en el campo de batalla‘, escribía el «Times». Churchill afirmó en el Parlamento: ‘Hemos sufrido una derrota total‘. Las protestas duraron más de un minuto.

   Como las guerras las hacían los hombres, en el frente y en sus calles, me permito recoger aquí un fragmento de «El mundo de ayer: Memorias de un europeo» de Stefan Zweig (judío nacido en Viena) que describe perfectamente a la sociedad inglesa de 1.938:

Stefan Zweig

   ‘Sé que hoy se recuerda con disgusto aquel encuentro en que Chamberlain y Daladier, colocados impotentes contra la pared, capitularon ante Hitler y Mussolini, pero, puesto que quiero servir a la verdad basándome en documentos, debo confesar que todo aquel que vivió aquellos días en Inglaterra entonces los consideró admirables. La situación era desesperada en los últimos días de setiembre de 1938.  Chamberlain regresaba en avión de su segunda entrevista con Hitler y al cabo de unos días se supo lo que había ocurrido. Chamberlain había ido a Godesberg para conceder a Hitler todo lo que éste le había pedido anteriormente en Berchtesgaden. Pero lo que unas semanas antes le había parecido suficiente a Hitler luego ya no satisfacía su histeria de poder. La política del appeasement y del try and try again había fracasado estrepitosamente y en Inglaterra se había acabado de la noche a la mañana la época de la buena fe. Inglaterra, Francia, Checoslovaquia, Europa, sólo podían escoger entre humillarse ante las perentorias ansias de poder de Hitler o plantarle cara con las armas. Inglaterra parecía dispuesta a todo. Ya no escondía sus preparativos bélicos, sino que exhibía públicamente su armamento. De repente aparecieron obreros excavando refugios antiaéreos en medio de los jardines de Londres: en Hyde Park, Regent’s Park y, sobre todo, frente a la embajada alemana. Se movilizó a la flota, los oficiales del estado mayor volaban sin parar entre París y Londres para decidir conjuntamente las últimas medidas, los barcos que se dirigían a América eran abordados por extranjeros que querían ponerse a salvo antes de que fuera demasiado tarde; desde 1.914 Inglaterra no había conocido un despertar como aquél. La gente iba por la calle con un ademán más serio y pensativo. Miraba las casas y las calles rebosantes pensando para sus adentros: ¿no se abatirán mañana las bombas sobre ellas? Y, tras las puertas, todos se sentaban alrededor de la radio para escuchar las noticias. Una tensión tremenda, invisible pero perceptible, se había apoderado de todos y de cada segundo a lo largo y ancho del país.

   Después se celebró aquella histórica sesión del Parlamento en la que Chamberlain informó sobre su nuevo intento de llegar a un acuerdo con Hitler y sobre una nueva propuesta, la tercera, de ir a visitarlo en cualquier lugar de Alemania para salvar la seriamente amenazada paz. Todavía no había obtenido respuesta. Y entonces, en medio de la sesión, llegó -calculado con exagerado dramatismo- el telegrama que anunciaba el consentimiento de Hitler y Mussolini a una conferencia conjunta en Munich, y en aquel momento -un caso prácticamente único en la historia de Inglaterra- el Parlamento inglés perdió los nervios. Los diputados se pusieron en pie de un salto, gritando y aplaudiendo, las tribunas retumbaron de alegría. Hacía años que la honorable casa no había vibrado con tamaño estallido de júbilo como en aquella ocasión. Desde el punto de vista humano era un espectáculo maravilloso ver cómo el sincero entusiasmo por la posibilidad de salvar todavía la paz superaba el porte y la moderación tan virtuosamente practicados por los ingleses. Desde el punto de vista político, empero, aquel arrebato representó un terrible error, pues con aquella alegría desbordada el Parlamento y el país habían revelado hasta qué punto aborrecían la guerra y estaban dispuestos a cualquier sacrificio, a renunciar a sus intereses y hasta a su prestigio por amor a la paz. Sin embargo, de aquel día en adelante Chamberlain quedó señalado como el hombre que iba a Munich no a luchar por la paz, sino a implorarla. Pero entonces nadie sospechaba todavía la clase de capitulación que les aguardaba. Todo el mundo creía -yo también, no lo niego- que Chamberlain iba a Munich a negociar, no a capitular. Luego siguieron dos o tres días de impaciente espera, días en que el mundo entero, como quien dice, contuvo la respiración. Se excavaba en los parques, se trabajaba en las fábricas de armamento, se instalaban baterías antiaéreas, se repartían caretas antigás, se sopesaba la conveniencia de evacuar a los niños de Londres y se tomaban misteriosas medidas que nadie comprendía, pero que todo el mundo sabía a qué estaban destinadas. La gente volvió a pasar mañanas, tardes y noches esperando el periódico, escuchando la radio. Se repitieron aquellos momentos de julio de 1.914, con una espera terrible y crispada, del sí o el no.

   Y, de repente, como llevados por una fuerte ráfaga de viento, los sofocantes nubarrones se despejaron, los corazones se ensancharon y las almas se sintieron libres. Se había dado la noticia de que Hitler, Chamberlain, Daladier y Mussolini habían llegado a un acuerdo total y, más aún, que Chamberlain había conseguido cerrar un pacto con Alemania que garantizaba el arreglo pacífico de todos los posibles conflictos entre ambos países para siempre. Parecía una victoria decisiva de la tenaz voluntad de paz de un hombre de estado, por sí mismo soso e insignificante, y todos los corazones latieron de gratitud hacia él en aquel momento. Por radio se oyó primero el mensaje Peace for our time que anunciaba a nuestra sufrida generación que podíamos volver a vivir en paz y contribuir a la construcción de un mundo nuevo y mejor, y miente quien quiera negar a posteriori lo mucho que nos embriagaron aquellas palabras mágicas. Pues, ¿quién podía creer que un hombre que regresaba preparado para una entrada triunfal era un hombre derrotado? Si la gran masa de Londres hubiera sabido la hora exacta de la llegada de Chamberlain en la mañana de su regreso de Munich, centenares de miles de personas habrían invadido el aeródromo de Croydon para saludar y vitorear al hombre que, según creíamos todos en aquel momento, había salvado la paz de Europa y el honor de Inglaterra. Luego salieron los periódicos a la calle. Las fotografías mostraban a un Chamberlain (su rostro severo normalmente recordaba la cabeza de un pájaro irritado) orgulloso y sonriente en la puerta del avión, agitando el histórico documento que anunciaba Peace for our time y que él traía a su pueblo como valiosísimo regalo. Por la noche ya se pasaba la escena en los cines; la gente saltaba de los asientos, gritando y vitoreando, casi abrazándose, con el sentimiento de la nueva hermandad que se iniciaba entonces en el mundo. Para toda persona que en aquel momento estaba en Londres, en Inglaterra, aquél fue un día inolvidable que prestó alas al espíritu.

   En aquellos históricos días me encantaba pasear por las calles para impregnarme con más intensidad de su atmósfera, para respirar con todos los sentidos, en el sentido más propio de la palabra, el aire del momento. Los obreros habían dejado de excavar en los parques, la gente los rodeaba riendo y charlando, pues gracias a la peace for our time los refugios antiaéreos ya no eran necesarios; oí a dos chavales mofarse, en un cockney excelente, de aquellos refugios, diciendo que ojalá los convirtieran en meaderos públicos subterráneos, porque en Londres no había suficientes. Todos los presentes se rieron y todo el mundo parecía más animado, devuelto a la vida, como las plantas después de la tempestad. Caminaban más erguidos que el día anterior, con los hombros más ligeros y en sus ojos ingleses, por lo general tan fríos, centelleaba un brillo de alegría. Las casa parecían más luminosas desde que la gente sabía que no las amenazaban las bombas; los autobuses, más elegantes; el sol, más radiante; la vida de miles y miles de personas, sublimada y fortalecida por aquella sola palabra embriagadora. Yo notaba cómo también a mí me embriagaba la euforia. Caminaba incansable, cada vez más deprisa y más ligero: también a mí me llevaba la ola de la confianza reavivada, con más fuerza y alegría. En la esquina de Picadilly, de pronto se me acercó alguien precipitadamente. Era un funcionario del gobierno inglés al que en realidad conocía muy poco, un hombre impasible y reservado. En circunstancias normales nos habríamos saludado cortésmente y nada más y a él no se le habría ocurrido dirigirme la palabra. Pero en aquella ocasión venía a mi encuentro con los ojos chispeantes.

   -¿Qué le ha parecido Chamberlain? -me preguntó radiante de alegría-. Nadie confiaba en él, pero ha obrado correctamente. No ha transigido y así ha salvado la paz.

   Era la opinión de todos; también la mía aquel día. Y el día siguiente también fue un día feliz. Los periódicos se mostraban unánimes en su júbilo, los valores de la bolsa subieron espectacularmente, por primera vez desde hacía años llegaban voces de amistad desde Alemania y en Francia proponían levantar un monumento a Chamberlain. Pero, ay, sólo fue la última llamarada de un fuego que iba a extinguirse definitivamente. En los días siguientes  empezaron a filtrarse los fatales detalles: cuán absoluta había sido la capitulación ante Hitler y cuán ignominiosa la entrega de Checoslovaquia, a la que se había garantizado ayuda y apoyo; y hacia el fin de semana ya era público que ni siquiera la capitulación había satisfecho a Hitler y que, incluso antes de que se hubiera secado la firma del pacto, él ya lo había violado en todos sus puntos. Sin ninguna clase de escrúpulos Goebbels proclamó entonces públicamente y a los cuatro vientos que Munich había acorralado a Inglaterra contra la pared. La gran luz de la esperanza se había apagado. Pero había brillado durante un día o dos y nos había calentado los corazones. No quiero ni puedo olvidar aquellos días.

   Desde aquel momento en que supimos la verdad de lo ocurrido en Munich, paradójicamente ya no vi en Inglaterra sino a muy pocos ingleses. La culpa fue mía, pues los evitaba o, mejor dicho, evitaba entrar en conversación con ellos, aunque tenía la obligación moral de admirarlos más que nunca. Eran generosos con los refugiados, que llegaban a tropeles, mostraban hacia ellos una compasión de lo más noble y un interés caritativo. Pero entre ellos y nosotros se iba alzando una especie de muro interior que separaba los dos lados: a nosotros ya nos había sucedido, a ellos todavía no; nosotros comprendíamos lo que había ocurrido y lo que ocurriría, y ellos todavía se negaban a comprenderlo (en parte en contra de su propia conciencia). Intentaban, a pesar de todo,  perseverar en la ilusión de que una palabra era una palabra y un pacto era un pacto y que se podía negociar con Hitler si se le hablaba sensata y humanamente. Entregados durante siglos a la noción de derecho por su tradición democrática, los círculos dirigentes ingleses no podían o no querían reconocer que a su lado se instalaba conscientemente una nueva técnica de cínica amoralidad y que la nueva Alemania anulaba todas las reglas de juego vigentes en las relaciones entre los pueblos y en el marco del derecho tan pronto como las encontraba incómodas.’

   Edouard Daladier no compartía la tremenda seguridad de Chamberlain. Era más perspicaz y escéptico . A su vuelta a Francia, se vio sorprendido por el entusiasmo de una multitud delirante que le aclamaba. Esa misma  tarde, Daladier acudía a los Campos Elíseos y pronunciaba un vibrante discurso. La inmensa mayoría de los medios públicos estaban exultantes. Sólo unos pocos panfletos condenaron la reunión de Munich: el Partido Comunista denunció Munich y Reynaud lo calificó de sumisión. Las tomas de posición a favor o en contra del Pacto de Munich se realizaron de forma individual, no como colectivo político. Léon Blum  lo calificó como «cobarde consuelo». En Londres, casi sólo, Winston Churchill arremete furioso contra Chamberlain asegurando que Munich es el anuncio de la guerra, y afirmando que sólo una actitud firme a base de golpes de mano cada vez más audaces sería capaz de frenar a Hitler.

   Acabaremos este asalto con las palabras de Göring sobre el Tratado de Munich después de la derrota de 1.945:

   ‘Todo salió según el esquema ‘F’. Ni Chamberlain, ni Daladier tenían el menor interés en sacrificar ni arriesgar algo por salvar a Checoslovaquia. Para mí la cosa estaba clara como la luz del sol. La suerte de Checoslovaquia se jugó en menos de tres horas. Después estuvieron discutiendo durante más de cuatro horas sobre la palabra ‘garantía’. Chamberlain se mantenía alejado. A Daladier le daba igual. Estaba allí, eso era todo. De vez en cuando afirmaba con la cabeza. Ni una sola palabra contra algo. Yo estaba admirado de la facilidad con que Hitler imponía su voluntad. Sabían que Skoda poseía en la región de los Sudetes una fábrica de municiones y que los checos dependerían en adelante de nuestra buena o mala voluntad. Cuando propuso que cierto material de guerra concentrado en la frontera pasara a los Sudetes una vez que nosotros hubiéramos ocupado el territorio, creí que estallaría la explosión, pero nadie levantó la voz. Conseguimos lo que queríamos sin la menor oposición, de la forma más sencilla. Ni siquiera pidieron que los checos se retiraran paulatinamente: nada. Al final el plenipotenciario francés dijo: ‘Ahora debo ser yo quien lleve la sentencia a los condenados’. Eso fue todo. La cuestión de la garantía quedó resuelta abandonando en manos de Hitler la seguridad del resto de los checos. Pese a que sabían de sobra lo que ello significaba.’

   Goebbels escribía en su diario: ‘Hemos logrado, pues, todo lo que queríamos de acuerdo con el plan pequeño. El plan grande no es realizable por el momento, dadas las circunstancias imperantes.’

Joseph Goebbels

   Al día siguiente añadiría: ‘Hemos caminado todos por una delgada cuerda floja sobre un abismo vertiginoso. (…) La palabra ‘paz’ está en todos los labios. El mundo está invadido por un frenesí de alegría. El prestigio de Alemania ha crecido enormemente. Ahora somos otra vez realmente una potencia mundial. Es ya una cuestión de rearme, rearme, rearme…’

   Séptimo asalto: Berlín, 1 de octubre de 1.938. Hitler ordena la publicación del «Decreto relativo a la administración de los Territorios Alemanes de los Sudetes». En pocas palabras: «El Reichskommissar está directamente subordinado a mí.» Hitler estaba de mal humor. Chamberlain había sido vitoreado en su recorrido a través de Munich en coche descubierto como si fuera el héroe del momento. Cuando le visitó Chamberlain  en su apartamento de Prinzregentenplatz para firmar una declaración conjunta de que no habría enfrentamiento bélico entre ellos estaba pálido, cansado, enfermo. Si bien muchos pensamos que este no era el mejor momento para el inicio de la guerra, porque el rearme alemán necesitaba el tiempo que comentaba Goebbels, Hitler estaba fuera de lo que parecía su plan desde mayo de conseguir los Sudetes por la fuerza. Al llegar la crisis polaca en el verano siguiente esto le decidiría a no prorrogar los estados de latencia que le desviaran de la guerra. En agosto de 1939 diría a sus generales: «Nuestros enemigos son pequeños gusanos. Lo demostraron en Munich.» De los miembros del entorno cercano de Hitler, Göring se alzaba triunfador frente a su rival Ribbentrop. El borrador, base del Acuerdo, era suyo. Nunca más confiaría en Ribbentrop Hitler con respecto a la política exterior. 

   Hitler menospreció también a sus generales porque se habían opuesto a sus planes todo el verano. Lo que más le preocupó, de todas formas, era constatar que en la hora crítica, al pueblo alemán le había faltado el entusiasmo por la guerra. El espíritu de 1.914 estaba ausente. Aún no se había conseguido el rearme psicológico. Este aspecto sociológico circulará más de una vez por estas páginas.

   Este 1 de octubre las tropas alemanas entraron en Karlsbad, en Pilsen, ocupando los más importantes puntos industriales. Los polacos ocuparon la parte checa y los húngaros gran parte de la zona de Eslovaquia.

Emil Hacha

   El 5 de octubre, Beneš abandonó su cargo exiliándose en Londres. Se hizo cargo del gobierno Emil Hacha.

   Muchos sudetes  no nacionalistas huyeron a la parte checa, pero el Gobierno de Praga los devolvió al alemán. Wenzel Jaksch, que huyó a Inglaterra, pidió al gobierno británico que concediera visados a los sudetes demócratas. Los ingleses se negaron a ello. Miles de sudetes alemanes antinazis fueron a campos de concentración.

   Volveremos a Checoslovaquia en el año 1.939, pero para acabar este año comentaremos dos hechos muy relevantes. El primero sucede en Alemania. El segundo es presentar a otro de los protagonistas de la Segunda Guerra Mundial, Japón, que está en guerra contra China.

Noche de los cristales rotos

   El último asalto del combate del Tyson del Tercer Reich recibe el título de «La noche de los cristales rotos». Tres grandes personajes del III Reich disputaron hasta 1.938 sobre quien debía ser el responsable de la política relacionada con los judíos: Joseph Goebbels, Hermann Göring y Reinhard Heydrich.

Reinhard Heydrich

   El 7 de noviembre, un judío de 17 años, Herschel Grynszpan, hirió de muerte al tercer secretario de la Embajada alemana en París, Ernst von Rath. En la noche del 8 al 9 de noviembre Joseph Goebbels escenificó el «pogrom» de la noche de los cristales.

   Desde sus primeros pasos en política, el NSDAP había defendido la idea de restringir los derechos de los judíos. Así lo recogía el manifiesto del partido en su Artículo 4º: «Solo los ciudadanos pueden beneficiarse de los derechos cívicos. Para ser ciudadano, es necesario ser de sangre alemana, sin importar la religión. Ningún judío puede ser ciudadano». A partir de 1.933, al llegar al poder, las nuevas disposiciones decretadas se centraron en su eliminación, tanto en el terreno laboral como en el económico. el 1 de abril de 1.933 Goebbels decretó iniciar un boicot contra los negocios regentados por judíos. Sirvió a las autoridades nazis como ensayo.

Franz Gürtner

   Franz Gürtner, Ministro de Justicia, dicto una ley que restringía el empleo del servicio civil a los no arios. Los judíos fueron expulsados de sus puestos de trabajo en la administración , las universidades o escuelas públicas. Durante los tres primeros años del régimen nacionalsocialista cerca de 40.000 judíos habían abandonado Alemania. En 1.935 se publican las Leyes de Nuremberg, entre las que se encontraba la Ley para la protección de la sangre alemana y del honor alemán, que prohibía las relaciones sexuales y los matrimonios entre la población aria y la judía. Tras los juegos olímpicos de 1936 las medidas se recrudecieron. El 15 de diciembre de 1.937 el mariscal Göring estableció un decreto por el cual se reducía el cupo de materias primas y el mercado de divisas de los negocios judíos. En 1.938 habían abandonado Alemania 150.000 judíos, la mayoría a Estados Unidos. Debido al aumento de emigrantes alemanes, Roosevelt convocó una conferencia internacional en el balneario de Evian, en Francia. Hubo muchas críticas a Hitler, pero la mayoría se negaron a acoger mas inmigrantes. Por su parte, Hitler determinó que 12.000 judíos debían abandonar Alemania antes del 29 de octubre. Una de las familias elegidas era la de Herschel Grynszpan, que al recibir una carta de su hermana comunicándole la noticia decidió vengarse a su manera.

   En la mañana del 8 de noviembre, la prensa nazi, orquestada por Goebbels, lanzó torrentes de ataques contra los judíos. Esa noche se instigaron en una serie de lugares del país mediante la agitación de dirigentes locales del partido sin directrices de arriba, pogromos que incluyeron la quema de sinagogas, destrucción de propiedades judías, saqueo de bienes y maltrato a judíos concretos. Goebbels anotaba con satisfacción en su diario: ‘En Hesse grandes manifestaciones antisemitas. Se quemaron las sinagogas. ¡Ojalá se pudiera dar ahora rienda suelta a la cólera del pueblo!‘ Al día siguiente llegó la noticia de la muerte de vom Rath. ‘Ahora ya está‘, comentaba Goebbels. La «vieja guardia» del partido se reunía esa noche en el Antiguo Ayuntamiento de Munich. También asistía Hitler. Cuando iba hacia allí, con Goebbels, le explicaron lo de los disturbios. Al reunirse los dirigentes Hitler sabía que vom Rath había muerto. Durante la recepción se vio a Goebbels y a Hitler hablar de forma agitada, aunque no se pudiese oír su conversación. Hitler se fue poco después a su apartamento de Munich. Hacia las diez de la noche Goebbels pronunció un discurso breve pero sumamente incendiario, en el que informó de la muerte de vom Rath, indicando que había habido ya actos de «represalia» contra los judíos en Kurhessen y Magdeburg-Anhalt. Fue muy claro al indicar que el partido debía realizar manifestaciones contra los judíos por todo el país.

   Recoge el diario de Goebbels: ‘Voy a la recepción del partido en el Viejo Ayuntamiento. Muchas cosas en marcha (Riesenbetrieb). Explico el asunto al Führer. Él decide: que las manifestaciones continúen. Retirad a la policía. Que los judíos sientan por una vez la cólera del pueblo. Eso está bien. Transmito inmediatamente las instrucciones a la policía y al partido. Luego hablo durante un rato en ese tono a los jefes del partido. Tormentas de aplausos. Salen todos directos al teléfono. Ahora la gente actuará‘.

   Goebbels hizo todo lo que pudo para que la gente actuara. Provocó agresividad  donde había vacilación. La Stosstrupp Hitler famosa por sus peleas antes del golpe fallido hizo estragos en las calles de Munich. Demolieron la sinagoga de Herzog-Rudolf-Strasse. En Berlín había dudas, y Goebbels ordenó la demolición de la sinagoga de Fasasenstrasse.

Heinrich Himmler

   Himmler y Heydrich preferían el enfoque «racional» y sistemático de la «cuestión judía». Poco después de la medianoche se cursaron órdenes para que los hombres de las SS que participasen debían hacerlo con ropa civil. A Goebbels le llegaban noticias de 75 sinagogas quemadas en todo el Reich. Una circular de la Gestapo informaba que había que detener entre 20 y 30.000 judíos.

   La situación sobrepasó a todos. Algunos intentaron lavarse las manos. Göring, molesto por el poder de Goebbels ante Hitler, manipula los hechos. Su versión es inexacta y no fidedigna, sobre todo respecto a las supuestas reuniones con Hitler y Goebbels en Berlín la tarde del 10 de noviembre. Göring aseguraba que había reprendido al Führer en cuanto este había vuelto a Berlín, al final de la mañana del 11 de noviembre, por la irresponsabilidad de Goebbels. Göring recuerda que Hitler adoptó una actitud equívoca. ‘Formuló algunas excusas, pero se mostró de acuerdo conmigo en la idea general de que esas cosas no debían, no podían suceder‘. Esto se correspondía con los intentos de Hitler de distanciarse de los acontecimientos de la noche anterior. Sin embargo, si las discusiones entre Göring y Hitler del 11 de noviembre se produjeron de verdad, debieron ser por teléfono, porque Hitler se quedó esa mañana en Munich y comió con Goebbels.

   Durante las 24 horas que duró el pogromo se calcula que unas 7.500 tiendas y 29 almacenes fueron destrozados o incendiados. Fueron arrasadas por el fuego 200 sinagogas. 30.000 judíos fueron arrestados y confinados en campos de concentración, como el de Dachau o Sachsenhausen. Algunos estudios elevan el número de muertos a 230 que sería 2.500 en los meses posteriores. Para resolver el problema económico derivado, Göring concertó una reunión de ministros el día 12. Acudieron unas cien personas.

   Aunque el principal objetivo del pogromo era conseguir una solución que obligara a los judíos a abandonar Alemania, se determinó que estos debían emigrar sin sus riquezas y propiedades, que pasarían a manos del Estado o de particulares. Así Göring dijo: ‘No hemos venido simplemente a hablar, sino a tomar decisiones, e imploro a las instancias competentes que tomen las medidas oportunas para eliminar a los judíos de la economía alemana‘.

   Para poner en práctica lo acordado durante la reunión, Göring aprobó una serie de decretos en los que atribuía a los judíos la responsabilidad en el atentado contra vom Rath y en consecuencia por los destrozos ocasionados por la respuesta  popular.  El decreto publicado como Jewish Atonement Fine cargaba a la comunidad judía una multa de 1 billón de marcos, que tenía como finalidad evitar que las compañías aseguradoras alemanas abonasen el gasto.

   Estas medidas que empezaron en 1.933, buscaban la emigración de la población judía alemana. Estas medidas que privaban a los judíos de ocupar puestos gubernamentales, mantener relaciones sentimentales con la población alemana, la imposibilidad de desarrollar actividades económicas, etc., no surtieron el efecto deseado, y se aprovechó el incidente de París  como excusa para iniciar un pogromo a gran escala. La Kristallnacht, orquestada por las autoridades nazis, fue mostrada fuera y dentro de Alemania como una respuesta espontánea de la población alemana al atentado de vom Rath.

   Ya sé que este capítulo está siendo bastante extenso, pero como la Segunda Guerra Sino-Japonesa acaba siendo importante en el desarrollo de la Guerra en el Pacífico quiero ahora, por respetar un poco la cronología de los hechos, comentar brevemente este conflicto. Para los interesados en el tema les envío a la Primera Guerra Sino-Japonesa. Aquí empezaremos con un resumen de los hechos desde 1937 de manera cronológica.

   El 4 de julio de 1.937 Japón anunció su plan para la unificación económica de Corea, Manchukuo, el norte de China y Japón. En un ambiente tenso, iniciaron maniobras al sur de Pekín. El 7 de julio unidades japonesas atacaron el Puente de Marco Polo cerca de Pekín. El ataque se justificó como represalia a una agresión china con un soldado japonés muerto. Tras negociar hay una tregua, pero el día 9 todo cambia. El fallecido Teniente General Tashiro es sustituido por Katsuki y a lo largo del mes los combates son sangrientos. El 29 cae Pekín. Al día siguiente Tianjin.

   La gran batalla del año se produce tras un incidente en Shanghai el 9 de agosto. El Teniente Oyama de la 1ª Compañía de la Fuerza Naval Especial de Desembarco de la Marina Imperial japonesa y el Marinero de Primera Saito fueron asesinados mientras circulaban por Monument Road. Los motivos siguen sin estar claros, aunque parece ser que el General Zhang Zizhong, Comandante del ala izquierda china, simpatizante del Partido Comunista organizó el incidente a instancias de Mao. La relación entre la Fuerza Naval japonesa (unos 4.000 hombres) y el ejército chino (unos 50.000 hombres) se hizo más tensa día a día, hasta que todo explotó el 13 de agosto. Tras intercambio de fuego en distintos distritos de la ciudad, por la tarde la Tercera Flota japonesa desplegada en el Yangtze y el río Whangpoo abrieron fuego contra las posiciones chinas en la ciudad. El plan inicial de Zhang Zizhong era que las fuerzas chinas muy superiores en número a los japoneses atacaran a estos por sorpresa y los empujaran al río Whangpoo, pero llegaron a un punto muerto en las afueras del Asentamiento Internacional. El día 16 los chinos  tomaron las calles que rodeaban los puntos fuertes japoneses. Despejaban una calle y bloqueaban con sacos de arena, cerrando las vías de escape a los japoneses. Tras el éxito inicial los japoneses desplegaron los tanques por la ciudad, repelieron los ataques chinos y derrotaron su estrategia de cerco. El 18 de agosto el ataque chino fue suspendido.

Mao Tse-Tung
Mao Tse-Tung

   En este estado, se produjo el denominado «sábado negro», en el que bombarderos Nortthrop chinos despegaron de Guangde, a 120 millas al oeste de Shanghai. Sus cuatro bombas estaban destinadas al crucero japonés Izumo, que estaba en el río Whangpoo, pero como la ciudad estaba cubierta por un manto de nubes, cayeron en zona de civiles matando a unas 1740 personas e hiriendo a más de 1800.

   La segunda fase comenzó el 23 de agosto, cuando los japoneses empezaron a desembarcar por olas, aniquilando al enemigo desplegado allí. A finales de agosto, Chiang Kai-shek ordenó a las tropas de la 98º División china marchar a defender Baoshan, ciudad costera de vital importancia. Un batallón dirigido por Yao Ziqing recibió esa tarea. La ciudad estaba rodeada por los japoneses el 5 de septiembre. Yao ordenó a sus hombres defenderla hasta la muerte. Los ataques de artillería japoneses redujeron a escombros la ciudad, y Yao murió en los combates. El 6, Baoshan cayó y solo sobrevivió un soldado chino.

   El ejército chino se concentró en la ciudad de Dachang, punto de conexión de Shanghai. Tras días de luchas encarnizadas, la artillería japonesa acabó imponiéndose y la ciudad cayó el 25 de octubre. La última fase de la guerra en Shanghai acabó cuando 30.000 soldados japoneses llegaron al sur de Shanghai y los chinos fueron rodeados en el centro de la ciudad. Sin apoyo de fuerzas internacionales, los chinos se retiraron hacia Nanjing. Japón sufrió 92.000 bajas y China 333.000.

   Nanjing, capital de la China nacionalista, fue rodeada por tres lados, dejando al norte el Yangtze. Era imposible que el ejército derrotado en Shanghai mantuviera la ciudad durante mucho tiempo. El 7 de diciembre fue sitiada, el 9 los japoneses emitieron un ultimátum, el 10 el General Matsui Iwane ordenó conquistarla y el 13 Nanjing había caído. Los soldados imperiales perpetraron saqueos, violaciones, destrucción y muerte, dejando un saldo de entre 200 y 300000 muertos.

   La primera victoria china fue en abril de 1.938 en Taierchwang. El 6 de abril, el cerco chino precedió a una importante derrota y retirada japonesa. Exagerada por las autoridades chinas, esta victoria supuso un rearme moral de la tropa china. Cuando abandonaron la ciudad, los japoneses dejaron unos pocos tanques empantanados, mientras que los chinos dijeron que eran cuarenta.

Inundación del río Amarillo

   En mayo la guerra se trasladó a Hsuchou donde el despliegue de tanques japoneses logró la victoria tras una feroz batalla. Sin embargo, la mayoría de la tropa china logró escapar al cerco. Atacaron desde el este por las orillas del Yang-tze kiang hasta Hankow, la cual cayó el 25 de octubre tras una larga lucha de cinco meses. Las bajas en ambos bandos fueron enormes, pero los japoneses contaban con la ventaja de los estragos que su aviación ocasionaba. Chiang trasladó su capital hacia Chung-King y aplicó la misma táctica que Stalin años más tarde: «tierra quemada». En octubre de 1938 los japoneses realizaron otro desembarco en la costa sur de China que logró tomar la ciudad de Cantón, el principal puerto de ayuda militar para el país después de la caída de Shanghai.

   Acabaremos este resumen de la guerra sino-japonesa con un hecho calificado como «el mayor acto bélico medioambiental de la historia»: la inundación del río Amarillo los días 5 al 7 de junio de 1.938. Chiang Kai-shek, a sugerencia de Chen Guofu, determinó abrir los diques cerca de Zhengzhou. Quería destruir el dique de Zhaokou pero destruyo al sur el de Huayuankou. Miles de kilómetros cuadrados de tierra cultivable fueron inundados y las inundaciones trasladaron la boca del río cientos de kilómetros al sur. Varios millones de habitantes fueron desplazados y unos 800.000,  al menos, murieron ahogados.

   Los diques fueron reconstruidos en 1.946 y 1.947 y el Río Amarillo retomó su curso natural.