Prólogo – El mundo antes de la Segunda Guerra Mundial.
¿Qué pasó en el mundo entre el final de la Primera Guerra Mundial y el inicio de la Segunda Guerra Mundial?
La Gran Guerra (1.914 – 18), conocida después como la Primera Guerra Mundial, dejó entre las potencias centrales a los imperios austro-húngaro y otomano desaparecidos, y a Alemania convertida en una República.

En el momento de firmar el armisticio, las tropas alemanas seguían en Bélgica, Francia y en el antiguo imperio de los zares. Ni un palmo de su tierra había sido pisado por las botas enemigas; sin embargo, aceptó el armisticio confiando en los ‘Catorce Puntos’ del presidente de Estados Unidos Wilson, que hablaban de paz negociada, sin imposiciones unilaterales.
La realidad es que en 1.919, la Entente (Francia, Inglaterra y Rusia) obligó a las potencias derrotadas a unos tratados de paz de tremenda dureza. El Tratado de Versalles aplicado a los alemanes no fue sino una imposición unilateral (un Diktat).
Este mismo año nació el Partido Obrero Alemán (DAP) que en 1.921 se llamó Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP). Entre 1.919 y 1.923, la nueva república alemana no pudo tener una vida más turbulenta. Asfixiada económicamente por los pagos de las reparaciones monetarias impuestas por los vencedores, en enero de 1.923 Alemania no pudo hacer frente a las mismas y Francia ocupó la región del Ruhr, corazón económico del país. El gobierno germano instauró la resistencia pasiva y la huelga general, imprimió billetes para pagar los sueldos y la inflación llegó a niveles insospechados. Ya es Adolf Hitler el jefe del NSDAP, conocido como NAtionalsoZIalistiche, nacionalsocialista, y popularmente como ‘nazi‘.

En noviembre, emulando a Mussolini con su ‘Marcha sobre Roma‘, intentó un golpe de estado que fracasó. Encarcelado durante catorce meses, escribió Mein Kampf (Mi lucha). La república, para la mayoría del pueblo, nació con dos pecados: era el fruto de la revolución que había destronado al Kaiser y asestado una puñalada al ejército que se batía triunfador en el frente, y haber firmado el abominable Tratado de Versalles.
Sin embargo, cuando Hitler sale de prisión amnistiado a finales de 1924, la República de Weimar presidida por Friedrich Ebert y Gustav Stresemann de Canciller empieza a estabilizarse gracias a la inyección de capital norteamericano. En este momento, Hitler decide llegar al poder por ‘vías democráticas’.
Volvamos unos años atrás, procurando no dejar en el camino hechos de vital importancia en el futuro. Dejamos a Adolf saliendo de la cárcel con su libro bajo el brazo y volveremos a este momento más tarde.
John Maynard Keynes, al conocer las cláusulas del tratado de Versalles, dimitió de su cargo de asesor económico británico y afirmó que tales condiciones provocarían una nueva guerra en veinte años. La Guerra del 14 era una lucha entre dos potencias dueñas de grandes imperios (Gran Bretaña y Francia) y una que aspiraba a tener su imperio (Alemania).
Las potencias centrales no fueron las únicas derrotadas en la Primera Guerra Mundial. También lo fue Rusia, que en 1.918 había tenido que claudicar ante estas potencias. Pero no lo fue el imperio zarista, ya que como consecuencia de las revoluciones que sufrió el país en febrero y octubre de 1.917, quienes mandaban en Rusia eran los ‘bolcheviques‘.

En 1.919, Alemania bastante tendría con pagar sus enormes reparaciones económicas impuestas en Versalles y Rusia parecía condenada a hundirse cada vez más bajo los sectarios extremistas. Ambos países no pudieron ingresar en la reciente Sociedad de Naciones y el nuevo mapa de Europa lo dibujaron los vencedores. Desaparecieron los imperios ruso, alemán, austro-húngaro y turco, surgiendo nuevos estados con un rasgo en común: no eran étnicamente uniformes y no estaban de acuerdo con los límites trazados. En estos estados nuevos, la modernización socioeconómica, con la lucha por las reformas agrarias, los movimientos revolucionarios obreros y de las clases medias, produjeron un resultado insospechado: en el período 1.919-1.939 se produce la mayor crisis del sistema liberal. Europa Oriental, Central y Mediterránea caen bajo formas de gobierno dictatoriales.
Para rematar la ‘paz’ después de la Gran Guerra, Italia y Japón, que formaron parte de la Entente, nunca aceptaron las consecuencias geopolíticas. El Reino Unido y Francia se repartieron los restos del imperio turco (Cercano Oriente) y el imperio alemán (en África) sin atender a las demandas de sus aliados. En Italia, el fascismo surge como reacción al comunismo y su meteórico ascenso al poder va ligado a la sensación del pueblo de que la suya había sido una victoria cercenada. Japón pidió a la Sociedad de Naciones que incluyera una cláusula sobre la igualdad racial, pero los ‘humanistas y liberales’ de Estados Unidos, Reino Unido y Francia no equipararon a los blancos con los amarillos. Ambos países, Italia y Japón, tomaron buena cuenta de estos hechos comunes y empezaron el camino que les llevaría a aliarse con Alemania en 1.939.
El Reino Unido había protegido y aumentado su imperio, pero nada más acabar la Gran Guerra vio como el nacionalismo irlandés declaraba la independencia de Eire. A Francia, la victoria le costó tantas vidas que desapareció la idea de defender con las armas lo obtenido en la conferencia de paz. El orden de Versalles desapareció en meses. Como remate, estos dos países se habían convertido en deudores de Estados Unidos, que emergió como líder económico mundial.
En 1.926, Alemania ingresa en la Sociedad de Naciones.
Y llega 1.929 con la crisis económica. Y pasa de ser económica a general. Y pasa de ser estadounidense a mundial.

Mientras la sociedad está en pleno cambio (revolución de obreros y la nueva clase media), las naciones grandes (Estados Unidos y la Unión Soviética) y las dueñas de grandes imperios (Gran Bretaña y Francia) defienden su independencia económica plena con el ‘proteccionismo’. Los ingleses abanderados del librecambismo durante décadas establecen la ‘preferencia imperial’ sumando así al mercado británico un vasto mercado cautivo, cuyo acceso era imposible para otras naciones. Por otra parte, Alemania, Japón e Italia no disponían de mercados cautivos, la recesión era implacable y reforzaron su tendencia a redefinir el orden internacional.
En la Gran Guerra los hombres se matan entre sí con una ferocidad insospechada, y la fe en el progreso entró en crisis. El capitalismo liberal es cuestionado y surgen dos dictaduras de signo contrario en Europa: el comunismo, encarnado en la URSS y el fascismo en Italia. Ninguna parecía prosperar hasta que llego el crack del 29. La URSS llevaba adelante sus planes quinquenales, multiplicando la producción industrial soviética, haciendo que este éxito frente al desplome estadounidense obviase la espantosa situación de los trabajadores rusos. Por su parte, Mussolini con una política autárquica escapaba de la crisis mejor que otros países.
La situación en Alemania es desastrosa. Estados Unidos ha repatriado en masa su capital. El desempleo asola el país; en la desesperación, conforme aumenta el número de desocupados aumenta el de afiliados y simpatizantes de los dos principales partidos extremistas: el comunista y el nazi. Antes de la crisis económica, el NSDAP consiguió 800.000 votos y 12 escaños. En las elecciones parlamentarias de 1930 obtuvieron 6.500.000 votos y 107 diputados en el Reichstag. En las presidenciales de abril de 1.932, Hitler cosecha 13.420.000 votos, y en las parlamentarias de ese año se aseguró 230 escaños, cien más que el SPD (Partido Socialdemócrata).
El enfrentamiento en las calles era habitual. Todos los partidos tenían sus milicias: el Partido Socialdemócrata su Reichsbanner, los nacionalista conservadores la Stahlhelm, el Partido Comunista a la Rotkämpferbund y el Partido Nazi a la Sturmabteilung (SA, Sección de Asalto) y la Schutzstaffel (SS, Escuadrón de Defensa).
En estos años los comunistas no quisieron pactar con los socialistas. Para la Internacional Comunista, los socialdemócratas eran unos traidores a la clase obrera. La Komintern suponía que al poco tiempo de llegar al poder Hitler, los obreros alemanes abrazarían al Partido Comunista y la revolución proletaria se produciría en breve plazo. Para la derecha convencional era imposible llegar a un pacto de coalición con Hitler, que reivindicaba para sí mismo la cancillería, la jefatura del gobierno. Así, desde julio de 1.932 se produjeron diferentes maniobras para evitar que Hitler llegara a la cancillería. Finalmente, el 30 de enero de 1.933, Hitler era investido canciller por el presidente de la República, formando un gobierno con los nacionalistas conservadores alemanes.
Una vez en el poder, Adolf desmontó la estructura democrática, suprimiendo la autonomía de los Länder, ordenando la disolución de los demás partidos políticos, prohibiendo los sindicatos libres…
Tras anular toda la oposición democrática, el 30 de junio de 1.934, en ″La noche de los Cuchillos Largos″, Hitler acabó con los enemigos potenciales dentro de sus propias filas. Al amanecer, los milicianos SS detuvieron a los altos cargos de la SA, incluyendo a su líder Ernst Röhm. En las ejecuciones inmediatas fueron asesinados Röhm y el general Von Schleicher, vinculados al vicecanciller Von Papen. Al acabar la purga, el 2 de julio, las víctimas eran centenares. Los mandos del Ejército hicieron que, tras la muerte en agosto del presidente de la República Von Hindeburg, los soldados alemanes jurasen fidelidad a Hitler. En el III Reich la voluntad de Hitler se había convertido en ley.

El Tratado de Versalles limitaba el tamaño del ejército alemán a una fuerza armada de 100.000 hombres, la Reichswehr (defensa del Imperio), que no podía contar con tanques de combate, aviones, artillería pesada, etc. Estaba prohibido el reclutamiento obligatorio, impidiendo tener una masa de reservistas. El ingenio de los militares transformó la antigua tradición de rigidez ordenancista del ejército prusiano en un espíritu de profunda camaradería entre mandos y tropa. Una doctrina táctica basada en conceder a los mandos inferiores el máximo de iniciativa y autonomía operativa, la Auftragtaktik («táctica de misiones») permitiría a los alemanes alcanzar sus mayores éxitos en la Segunda Guerra Mundial. Violando las cláusulas del Tratado de Versalles, la Reichswehr empezó a sobrepasar los límites de efectivos autorizados y a pasar importantes pedidos de armas a la industria. Se inició ya en febrero de 1.933 y no fue abortada por una acción concertada internacional (podemos encontrar críticas muy documentadas por parte de Churchill en sus memorias). En marzo de 1.935 Hitler decreta abiertamente la restauración del servicio militar. La Reichswehr es sustituida por la Wehrmacht («fuerza de defensa»), nombre con el que pasa a la historia la poderosa y eficaz máquina militar del III Reich. Se compone de tres ramas: el ejército de tierra (Heer), la armada (Kriegsmarine) y el arma aérea (Luftwaffe).
Versalles obligaba a Alemania a tolerar la ocupación de Renania por parte de las tropas de la Entente, durante al menos 15 años. En 1.930, las últimas tropas extranjeras habían abandonado la región; sin embargo, la región debía permanecer desmilitarizada. A principios de 1.936 había en la metrópoli 20 divisiones de infantería y cinco de caballería francesas, con otras cinco divisiones reclutadas en las colonias (unos 425.000 hombres). La tensión política paralizaba Francia, llevando al Frente Popular de izquierdas al poder en mayo de 1.936. El alarmismo dirigía a la jerarquía del ejército francés, y tan sólo 22.000 hombres llevaron a cabo el asalto a Renania por parte del joven e inexperto ejército alemán. En Alemania, todo el mundo pensaba que la acción iba a ser precipitada. Hitler se apuntó una victoria total. Los soldados alemanes fueron acogidos con entusiasmo, cubiertos de flores y rodeados por masas que los aclamaban. Francia no supo esbozar la menor respuesta, y la Europa del este empezó a desconfiar de su capacidad.
Para acabar de perfilar el clima político-militar y el social en la Europa pre-Segunda Guerra Mundial, haremos un breve esbozo de la situación en Austria.
Los países vencedores de la Primera Guerra Mundial decían que Europa se reorganizaría de acuerdo con el principio de autodeterminación de los pueblos.

La nueva Austria era inviable políticamente, y todo apuntaba a la unión entre Alemania y Austria. Pero los vencedores la vetaron. Austria fue un país machacado por la crisis económica, y en 1.933, los socialcristianos estaban en el poder con Engelbert Dollfuss. Empezó a gobernar por decreto, disolvió las milicias del Partido Socialista y prohibió la rama austríaca del nazismo. Creó campos de concentración y en febrero de 1.934 asaltó los barrios de Viena y en una mini guerra en cinco días hubo centenares de muertos. En julio los nazis austríacos se levantan, fracasan, pero Dollfuss es asesinado.

Su sucesor, Kurt Schuschnigg reforzó la dictadura. En julio de 1.936, en los «Acuerdos de Julio» se comprometía a aliviar la represión sobre los nazis austríacos. Durante dos años, Austria se fue germanizando, hasta que en marzo de 1.938 Schuschnigg convocaba un referéndum muy poco libre. En la papeleta se debía escribir el nombre y la dirección del votante, y las papeletas eran recogidas por funcionarios del Frente Patriótico, el partido gubernamental. La pregunta era: «¿Está usted a favor de una Austria libre y alemana, independiente y social, cristiana y unida?» Sólo se imprimieron papeletas con el «Sí». Se iba a celebrar el día 13 de marzo.
A las diez de la mañana del 10 de marzo, Hitler ordena a sus comandantes invadir Austria el día 12 de madrugada. En la improvisación, se confiscaron las guías turísticas de las librerías y los camiones de las compañías de mudanzas. En 24 horas, la 2ª División Panzer estaba junto a la frontera austríaca. El día 11, Schuschnigg llama a los reservistas, y a última hora del día presenta su dimisión. Un líder nazi austríaco, Seyss-Inquart, es nombrado canciller. El cargo no le duró un día.

A las 3.00 del día 12 los primeros destacamentos alemanes cruzan la frontera.
Los aduaneros austríacos levantan las barreras. Al anochecer, entran en Viena siendo aclamados por masas enloquecidas. Hitler convoca en plebiscito a los alemanes, y la unión con Austria (el Anschluss) consiguió un éxito absoluto. Hitler había logrado lo que ni el mismo Bismarck había hecho: integrar Austria en el Reich.