25/10/2026

Prólogo. El origen.

   

 «Vivo en un país libre, cual solamente puede ser libre…»  (Silvio Rodríguez)

   Después de cinco décadas deja de dolerme. Euzkadi ya no puede. Euskadi menos. Muchos agurras manchados y abuelas criadas en el resentimiento, bastardos de la herriko y gudaris venezolanos que no pisan batzoki, sanmarciales estalinistas e ikurriñas sangrientas, han acabado, al fin, con mi pasotismo, y que Dios les pille confesados. Se acabaron cuarenta años con el vómito en la garganta. Ahora os pringo vuestros kaikus y txapelas con bocanadas de odio y desprecio, seguro de que los dioses justos de Platón impedirán que podáis quitaros el olor de los muertos. Con toda mi mala leche hacia tanto asesino de nueve milímetros y miles de fariseos sin escrúpulos que nunca conseguirán lavar en la pila su conciencia, quiero dedicar estos apuntes a aquellos a los que les robaron su vida por ser libres. La libertad es…

   Mi hermana es cinco años y pico mayor que yo, y este hecho resulta determinante en mi vida. No sé si alguna vez se lo he dicho, pero gracias Lourdes por ayudarme de aquella manera a ser lo que siempre he sido. A los seis (me encanta la magia de los números) me empezó a enseñar taquigrafía, francés, ecuaciones,… y, de una forma natural, toda mi vida ha seguido el camino del aprendizaje. Mis padres compraron un piso en otro pueblo y nos instalamos en agosto, por lo que les resultó imposible matricularme en la ikastola y en La Salle. Sólo quedaba el colegio público y este segundo hecho también fue decisivo.

   Estaba en tercero cuando a mitad de curso me trasladaron de unas aulas en los bajos de una casa a la central del Colegio Ondarreta, y allí tuve la fortuna de encontrarme con algunos profesores que definieron mi camino. Don Trifino era, además de profesor de Lengua, el bibliotecario municipal, y a los nueve años ya me llevó a la generación del 98. El viaje me cautivó. Luego vinieron los franceses, los alemanes, los rusos, y de repente, estaba con Shakespeare, Fitzgerald y Poe. Don Juan era el rey de la tabla periódica y en sus experimentos en el laboratorio había magia. Don Félix nos enseñó a rumiar la Historia, la nuestra y la de otros. Era un navarrico de verbo fácil. Con Don José Antonio aprendí sintaxis y Don Tomás me animó a escribir. Mi amor por las matemáticas apareció de manera definitiva con la Señorita Pilar en primero de bachillerato. A estas seis personas, gracias.

   En el paso de estos años iniciales surgió de forma casual Don José Ángel con sus dos hermanas. Con ellos entre en la música. Yo cantaba en el coro de la parroquia y me enseñaban solfeo en su casa. Y así fue como con trece años ingresé en el grupo de danzas tocando el txistu.