Considerado por muchos como el mayor genio musical de todos los tiempos, Mozart compuso una obra original y poderosa que abarca géneros tan diferentes como la ópera bufa, la música sacra y las sinfonías. Personaje rebelde e impredecible, prefiguró la sensibilidad romántica y fue uno de los primeros compositores que intentaron vivir al margen del mecenazgo de nobles y religiosos. Su carácter anárquico y ajeno a las convenciones le granjeó la enemistad de sus competidores y le creó dificultades con sus patrones.
Wolfgang Amadeus Mozart nació el 27 de enero de 1756, fruto del matrimonio entre Leopold Mozart y Anna Maria Perti. Era el séptimo hijo del matrimonio, pero del resto de sus hermanos solo sobrevivió Maria Anna, cinco años mayor que él. Los dos hermanos crecieron en un ambiente en el que la música ocupaba todo el día, ya que su padre era un excelente violinista que ocupaba en la corte del príncipe-arzobispo Segismundo de Salzburgo el puesto de compositor y vicemaestro de capilla.
Leopold educó a sus hijos desde una tempranísima edad como a músicos capaces de contribuir al sustento de la familia y de convertirse lo antes posible en servidores a sueldo del príncipe de Salzburgo. Nannerl (como se le llamaba en casa a Maria Anna), ya daba clases de piano a los diez años, y uno de sus alumnos era Wolferl (así le llamaban a Wolfgang), que a los tres años se ejercitaba con el teclado del clavecín, asistía sin moverse y con los ojos como platos a las clases de su hermana y se escondía debajo del instrumento para escuchar a su padre componer nuevas piezas.
Pocos meses después, Leopold tuvo que dar lecciones a los dos y se quedó pasmado al ver que su hijo de cuatro años era capaz de leer las notas sin dificultad y tocar minués sin problemas. Un año después descubrió en el cuaderno de su hija las primeras composiciones de Wolfgang. Era un niño de espíritu burlón, pero al interpretar, su rostro adoptaba una expresión de severidad, un gesto de firmeza casi adulto. Así fue como Leopold, renunciando a toda ambición personal, se dedicó exclusivamente a la misión de conducir a sus hijos hasta la plena madurez musical. Y aquí empezaron los viajes.
Entre 1762 y 1766 realizaron viajes por Alemania, Francia, Gran Bretaña y los Países Bajos. Los hermanos dieron conciertos en Munich, Viena, Frankfurt, Lieja, Bruselas, París y Londres. De 1767 a 1769 dieron conciertos por Austria, y después por Italia hasta 1771. Mientras, Wolfgang se familiarizó con el violín y el órgano yempezó a componer en serio, primero minués y sonatas, luego sinfonías y más tarde óperas. Mientras, su padre se sentía cada vez más deprimido. ¿Por qué no había conseguido todavía la gloria máxima su hijo? Sólo en 1770 considerará que su hijo al fin goza del éxito merecido, cuando el Papa Clemente XIV le otorga la Orden de la Espuela de Oro con el título de caballero, la Academia de Bolonia le distingue con el título de compositore y los milaneses acompañan su primera ópera seria «Mitrídates, rey del Ponto» con frenéticos aplausos y con gritos de ¡Viva il maestrino!
A los quince años regresan a Salzburgo. El arzobispo había fallecido y el carácter del nuevo mitrado, con la rigidez de un déspota, el conde Gerónimo Collaredo, alteró el rumbo de la vida de Mozart. Ansiaba irse de Salzburgo a Viena, pero antes hizo un nuevo viaje a París, esta vez con su madre. Ya no era el niño y el rechazo de los salones parisinos les llevaron a una situación de extrema precariedad, falleciendo su madre Anna Maria el 3 de julio de 1778. Antes de regresar a Salzburgo recibió refugio de la familia Weber, y se enamoró de su hija Aloysia, que le rechazó. Pasó dos años en Salzburgo, hasta que estando en Viena conoció a la otra hija de los Weber, Constance. Fue reclamado por el arzobispo, y tras fuertes discusiones presentó su carta de dimisión, aceptada por Collaredo, y al fin Mozart se fue a Viena, donde residiría el resto de su vida. Comenzó a dar lecciones de piano y a componer sin descanso. Ante la visita del gran duque de Rusia a Viena, se le encargó escribir una ópera, y como los temas turcos, exponentes del exotismo oriental con ciertos toques levemente eróticos estaban de moda, abordó la composición de El rapto del Serrallo, que estrenada un año después, se convirtió en su primer gran éxito, no solo en Austria, sino también en Alemania y en otras ciudades europeas como Praga. Poco después se casó con Constance y le dedicó la serenata Nachmusik.
Constance tenía menos sentido práctico que él, pero su vitalismo fascinaba a Mozart, que se consideró el hombre más afortunado del mundo los nueve años que duró su matrimonio. El matrimonio se instaló en el centro de Viena. Era un ambiente enloquecido, anárquico y despreocupado, y en medio de aquel caos, Mozart pudo desarrollar su enorme impulso creador. En nueve años tuvieron siete hijos de los que sobrevivieron dos (igual que sus padres).
Todo era pues en Wolfgang derroche. No se acercó a la francmasonería en 1784 en busca de ayuda económica, que nunca solicitó a sus amigos, sino por saciar un ansia de universal fraternidad y espiritualidad que, como muchos católicos austriacos, sacerdotes incluidos, encontró en los símbolos y los ritos masones antes que en la pompa clerical de la Iglesia. Una simbología que más adelante sabría plasmar en La flauta mágica.
Los nueve años que separan su matrimonio de su muerte se dividen en dos periodos. Hasta 1787 Mozart disfruta de unos años felices; su producción fue ingente: conciertos para piano, tríos, cuartetos, quintetos. De 1783 es la Misa en do menor; de 1784 sus Conciertos para piano; de 1785 sus Seis cuartetos dedicados a Haydn. Todas ellas son obras magistrales, pero el público seguía mostrándose consternado ante una música que no acababa de entender y que por lo tanto le ofendía. De 1786 data la ópera Las bodas del Fígaro. Su estreno fue un fracaso, y Viena le cerró las puertas. Para sobrevivir Mozart tuvo que dar clases de piano. Constance tuvo que ir a un sanatorio. Las composiciones nos hablan de un Mozart tierno, ligero, aunque con toques de melancolía. La Pequeña música nocturna y su célebre Sinfonía Júpiter son buena muestra de ello.
Sin embargo, Mozart recibe desde Praga el encargo de una ópera. El resultado será Don Giovanni, estrenada apoteósicamente el 29 de octubre de 1787. Praga le suplica que se quede allí, pero su amor por Viena le hace volver. En 1790 estrena en la capital austriaca su ópera Cosi fan tutte y al año siguiente La flauta mágica. Ambas son recibidas con entusiasmo, pero su salud se quiebra.
Esperando a la muerte compone el Requiem del que hablo más abajo, y muere en la madrugada del 5 de diciembre de 1791.
Cuando era joven, yo lloraba oyendo el Requiem. Ahora, me sigue apretando el pecho algo, no sé, quizás un ánima, ese Mozart que permanece entre nosotros.
Nota: la mayoría de los comentarios musicales de esta página han sido recogidos de documentación de especialistas: Riza, T., Fernández, T., Tamaro, E., Ayala, I., López, I., etc.
Anna Tomova-Sintow, Soprano
Helga Müller Molinari, Alt/contralto
Vinson Cole, Tenor
Paata Burchuladze, Bajo
Asociación de Cantantes Vieneses (Wiener Singverein)
Orquesta Filarmónica de Viena (Wiener Philharmoniker)
HERBERT VON KARAJAN – 1.986
Requiem für Soli, Chor und Orchester d-moll, KV.626
(Réquiem para solistas, coro y orquesta en re menor)
Está compuesto para cuatro cantantes solistas: soprano, contralto, tenor y bajo; coro; vientos: 2 cornos di bassetto, 2 fagotes, 2 trompetas y 3 trombones; dos timbales; cuerdas: violines primeros y segundos, violonchelos y contrabajos; y órgano.
Está escrito en re menor, al igual que Don Giovanni, tocando temas similares. Ya en 1769 escribió una misa en esta misma tonalidad. Es la música negra de Amadeus, tiene también un toque arcaizante.
Las razones por las que Mozart compuso esta obra no están claras. En los últimos meses de vida tenía un delicado estado de salud y como francmasón que era, estaba obsesionado con la muerte y lo sobrenatural. La idea más extendida es que recibió una visita de un personaje vestido de negro que le propuso la composición de una obra de Réquiem a cambio de una considerable cantidad de dinero, y el compositor, que cargaba con fuertes deudas, aceptó. Quedaron en verse un mes después, pero este segundo encuentro no se pudo celebrar al partir poco después Mozart hacia Praga para componer la Clemenza di Tito. En el momento de partir, el personaje se acercó al carruaje y le preguntó por la obra, que no estaba terminada.
Este personaje era Franz Anton Leitgeb, enviado del conde Franz von Walsegg, músico aficionado cuya esposa había fallecido. Deseaba que Mozart compusiera la misa de réquiem para los funerales de su mujer, haciendo creer a los demás que la obra era suya, de ahí el anonimato.
Es importante saber que esta obra parece que fue compuesta por Mozart hasta el compás 8 del Lacrymosa y el resto por su discípulo Frank Xaver Sussmäyr, basándose en los bocetos del maestro. Aunque aparecen por ahí otros dos discípulos que son Joseph Eybler y Maximiliam Stadler. Además, recordemos que una misa de réquiem es un oficio religioso de la iglesia romana dedicado a una persona fallecida.
Parece ser que en una misa en memoria de Mozart celebrada el 10 de diciembre de 1791 (cinco días después de su fallecimiento) se interpretaron extractos, y que el estreno de la obra completa se produjo en Viena el 2 de enero de 1793, en un concierto en beneficio de Constanze Weber, su viuda. Se interpretó de nuevo el 14 de diciembre de 1793, durante la misa que conmemoraba la muerte de la esposa del conde Walsegg y bajo la dirección del propio conde.
La obra se distribuye en 14 movimientos de 8 secciones litúrgicas. El texto del Réquiem, original en latín, se atribuye al franciscano italiano Tomás de Celano y fue levemente modificado por Mozart.
El Réquiem es una forma de celebración litúrgica de la misa católica que se realiza por un difunto y en cuestiones musicales tiene sus propios cantos con temáticas propias. Con el paso del tiempo ocuparán su espacio en la música clásica. En el caso de Mozart la muerte ocupa un lugar muy importante, y le escribió así a su padre:
«Nunca me voy a la cama sin pensar que, aunque soy joven, puedo no llegar a conocer la aurora. Durante los últimos años he trabajado por familiarizarme con la muerte, ya que es el verdadero fin y meta de nuestras vidas, así como la amiga más fiel y sincera de la humanidad, de suerte que no me horroriza, sino me produce tranquilidad y consuelo.»
En la Introducción la partitura nos marca el carácter con el que ha de ser interpretado: adagio; esto es, lento y majestuoso. La melodía entra a cargo de un fagot y un corno, preparándonos para ese ambiente al que nos adentramos, la melancolía. El ritmo que lo marcan las cuerdas es pesado, con pasos lentos y sombríos que nos acercan lentamente hasta que son violentamente sacudidos por los metales, las trompetas y los trombones. Los timbales y los violines, en notas agudas abren las puertas a esa plegaria que recita (Requiem aeternam dona eis, Domine). Comenzando la plegaria por parte del bajo, las voces restantes van entrando paulatinamente imitándose una a la otra de una manera muy peculiar. La melodía del bajo es imitada por la contralto (voces de hombre y de mujer); la melodía propuesta por el tenor es imitada por la soprano. Así empiezan las voces a jugar entrando en diferentes tiempos y sin coincidir en lo que dicen hasta que todas terminan en la palabra domine que quiere decir señor, y que es la parte más importante del texto para el autor. El ejercicio contrapuntístico en el que se desenvuelve es sumamente complicado hasta que la soprano rompe con el coral diciendo «Te decet hymnus, Deus, in Sion et tibi reddetur votum in Ierusalem.»
Después de la parte coral del «exaudi» retoma de nuevo el inicio del requiem, pero esta vez la contralto inicia una melodía muy rápida y complicada y así nos da un pequeño adelanto de lo que será el Kyrie, Señor ten piedad, movido e impetuoso. Después, la soprano imita la melodía en diferente altura, luego el tenor y al final el bajo. Esto será el fundamento de las demás voces, ya que el kyrie son reiteraciones melódicas con distintas alturas, eso que en contrapunto se llama fuga.
El Dies irae arranca con un texto del día de la ira. Es una parte en la que Mozart desgaja la secuencia, actualmente en desuso en la liturgia. La violencia de esta parte hace que se pueda palpar el terror. La descripción instrumental se puede resumir en una ola de violencia descomunal, que no sabe moverse con rapidez de principio a fin. Mozart sabía que era capaz de hacer una de las composiciones más cercanas a la perfección de la historia sin dejar de hacer notar la importancia del texto; es decir, es muy probable que a la mayoría de los que están viendo esto les haya parecido una pieza espectacular sin saber siquiera qué decía. Las voces del tenor y bajo se encuentran durante toda la pieza en sus registros más altos, produciendo un efecto de viento. Tras repetir la entrada, los bajos se quedan solos con un efecto en la voz que pareciera que les tiembla al hablar, subiendo y bajando en semitonos. Mozart les pide que vibren su voz entre dos notas cercanas para simular una vibración de temor cuando dice «quantus tremor est futurus» a lo que el resto les responden con «dies irae, dies illa» con cambios bruscos de volumen que inspiran angustia. Finalmente, todos juntos emulan el efecto de los bajos, haciendo temblar todas las voces simultáneamente, sintiéndose aterradas y desesperadas de manera que parecieran gritar su terror. Al final, la orquesta es obligada a callar, como si alguien cerrara la puerta al viento.
El inicio del Tuba mirum es espectacular. Habla de aquella trompeta que abre el juicio final y reúne a todos ante el trono de Dios. Inicia con una melodía pausada del trombón como una llamada a la libertad, y después de que entre el bajo, el sonido del trombón hace una melodía sin pausas, muy corrida, como esparciendo su sonido que dice el texto. A continuación, el tenor, con gran fuerza, rompe la solemnidad de lo anterior, y crea la angustia, agregándose las cuerdas, los violines, creando un ambiente de suspense, la muerte y la naturaleza se asombrarán cuando resucite la criatura para que responda ante su juez. Aparecerá el libro escrito en el que se contiene todo y con el que se juzgará al mundo. Luego, la contralto, con el mismo dolor que el tenor sigue la descripción de aquel día, y con notas muy agudas de su melodía, cual pregunta, dice: «¿Qué podré decir yo, desdichado?»
El Rex tremedae es infinitamente grandioso. Está pensado como la entrada a una corte real, es una marcha solemne y majestuosa. La indicación en la partitura para las voces es de tutti y forte para todo el coro. Comienza todo en acordes; las sopranos en una de las notas más agudas que pueden cantar confirman que dicha entrada es de un rey, pues lo repiten tres veces. Luego, los timbales apoyan el despliegue de la frase completa con su rugido, hacen sentir la frase acompañada de truenos: Rey de tremenda majestad. Ahora llega ese juego de voces en el que un hombre imita a otro y una mujer a otra, resultando más evidente si se atienden las voces del tenor y el bajo. Después, la tempestad se apaga, los volúmenes bajan y el ambiente se vuelve piadoso con una plegaria: «¡sálvame, fuente de piedad!». Primero las mujeres «sálvame», luego los hombres «sálvame», y al final todos juntos como al oído «sálvame, fuente de piedad».
El Recordare es un espacio contrapuntístico delicioso, ejecutado por las voces solistas: soprano, contralto, barítono y tenor, acompañados de la orquesta. Los solistas imploran en orden, el perdón de Dios, a veces solos, a veces en duetos, y en texturas escalonadas de los diferentes cantores, apelando como último recurso a la misericordia del Señor: recordare Iesu pie, supplicanti parce, Deus. En el Confutatis los violines entran con un aire bélico, con un constante sube y baja, como el golpear de martillos a intervalos regulares de tiempo. Las voces masculinas se hacen cargo de esa parte aterradora: tras confundir a los malditos, arrojados a las llamas voraces; luego se rompe el giro violento de los instrumentos dejando solamente a los violines y a las voces blancas la parte dulce del texto: hazme llamar entre los benditos, haciendo contrastar dichas partes por medio de varios elementos. En la sección masculina se indica que se haga fuerte el volumen; suenan los violines, chelos, violas, trompetas, trombones, cornos, etcétera, pero en la parte de las mujeres solo quedan ellas con su dulce voz , indicando en la partitura sotto voce (a media voz). Después de repetir esta parte, y tras unos violines que suenan a corazón temeroso, se entra muy bajito en la última parte de la frase humilde y respetuosa, cayendo poco a poco el ritmo, hasta culminar en la palabra finis.
Mozart compuso hasta el octavo compás del Lacrimosa. Las voces se vuelven un sollozo con un par de intervalos graves y agudos que se escuchan cuando alguien llora inconsolable.
Esta pieza es significativa ya que es el último suspiro de un genio acechado por la muerte. Es, sin duda, una de las páginas más dolorosas que se pueda escuchar. Desde el comienzo tanto auditiva como gráficamente, los instrumentos parecen gotas de agua, unas grandes, otras pequeñas: «día de lágrimas será aquel renombrado». En la siguiente frase se oye el caer de las lágrimas y subiendo poco a poco la altura y el volumen en las voces, haciendo resurgir la fuerza de la música como nos lo indica el texto «para ser juzgado el hombre culpable». En la repetición se oye los graves de la cuerda marcar el paso. Cada vez que se menciona la palabra reus entran los timbales señalando con su fuerza como si juzgaran con un rugido al culpable y con su sonido prestan temor. Aquí termina la parte de Mozart del Requiem. A continuación hay una subida de notas que es como la luz que hay después de la muerte en la tierra (Mozart creía en la muerte como objetivo de la vida y que justamente después reencarnaba). La secuencia termina con el dales el descanso y con el amén largo y fuerte, sin ostentaciones ni giros ni nada, sobrio pero solemne a manera de cierre definitivo de la serie de piezas que componen la secuencia. También pareciera cerrar definitivamente el grandioso trabajo de un genio.
El Requiem es un Frankenstein, seguramente acabado por Sussmäyr. Pero hay varios peros. Por un lado, no se descarta la intervención de otros autores. Lo que sí parece seguro es que Mozart había dejado partes escritas de las piezas finales y detalles escritos. Pero seguramente el mayor pero que encontramos es que nunca se ha pintado tan bien en una sola obra el lamento, la ira y el miedo como en el Requiem de Mozart.
A partir del Domine Iesu se empieza a utilizar más la fuga. Ya estamos fuera del dolor. Ya ha pasado la muerte. Ahora la música no es de dolor sino de lucha, más agitada. Parece que se exige: «libera a las almas de todos los fieles». Esta pieza se divide en varias partes. Se dice algo y se responde hasta convertirlo en una fuga. En un momento dado, la fuga se presenta como si fueran las almas rescatadas por San Miguel.
Y aquí, en Lux aeternam es donde aparece la reencarnación. Ahora que las almas tienen el descanso eterno junto al Señor, Mozart retoma los motivos del inicio del Requiem, simbolizando la transmigración de las almas. Descanso eterno y Luz eterna en un ciclo. También trae la fuga del Kyrie. Esta pieza se divide también en tres partes: «Lux aeternam … quia pius es», «Requiem aeternam … luceat eis» y «cum sanctis … quia pius es». Comienza con los violines. Hay algo de pesar, pero sobre todo hay solemnidad y hablar a Dios. En la segunda parte aparecen las voces arcaicas del Requiem aeternam en una minifuga. El grito es cada vez más agudo y llega a perforar el cielo. Acaba con la fuga del Kyrie.
I. INTROITUS
II. KYRIE
III. SEQUENTIA
IV. OFFERTORIUM
V. SANCTUS
VI. BENEDICTUS
VII. AGNUS DEI
VIII. COMMUNIO
I. INTRODUCCIÓN
II. SEÑOR MÍO
III. SECUENCIA
IV. OFERTORIO
V. SANTO
VI. BENDITO
VII. CORDERO DE DIOS
VIII. COMUNIÓN
Compuesta en 1774, cuando Mozart tenía 18 años, esta sinfonía tiene un impulso compositivo provocado por un viaje a Viena, donde escucho las últimas obras del estilo vienés en el que destacaba Haydn.
Orquestada para dos oboes, dos trompas y cuerda, muestra mixturas estilísticas muy propias de Mozart, que asumió todas las influencias posibles en sus viajes por Europa. Así, hay una búsqueda de la textura limpia y refinada de la época clásica, donde la melodía es el elemento esencial del nuevo estilo, además del uso de pasajes contrapuntísticos presente en toda la obra, especialmente en el primer movimiento, donde se observa la atracción barroca. La obra esta estructurada en cuatro movimientos, adelantando la nueva estructuración de la sinfonía como forma compositiva.
El primer movimiento, Allegro moderato, compuesto con clara forma sonata más coda expone los dos temas de una ligereza melódica que le confieren al movimiento un fluir melódico muy destacado. El uso de los vientos es muy mozartiano. El sustento armónico de pasajes completos reforzando la textura, ayudando a la cuadratura fraseológica es especialmente con el uso de las trompas.
El segundo movimiento, Andante, es de una elegancia rítmica y melódica mayor, a través del ritmo punteado. El protagonismo es del violín primero que realiza la exposición de los temas. Los vientos, especialmente el oboe, toman importancia melódica en la repetición de las frases. Acaba, como el primer movimiento con una coda resolutiva.
El tercer movimiento, Minuetto, es un tempo ligero con ritmos punteados y líneas melódicas que nos llevan a los palacios del siglo XVIII. Destaca la sobriedad de medios. El minuetto podría estar destinado a alguno de los eventos lúdico-artísticos del arzobispo de Salzburgo.
El cuarto movimiento, Allegro con spirito, construido como una estructura temática, es el movimiento con más fuerza de la obra. Aparecen polirritmias que se crean en la repartición del ritmo entre instrumentos. Esto nos lleva a diferentes recursos espaciales dentro del movimiento por la alternancia entre dos instrumentos de un grupo rítmico o por el desplazamiento de un motivo entre toda la orquesta. Los recursos contrapuntísticos nos trasladan a los grandes maestros barrocos.
Las sinfonías mozartianas que más expectación han levantado son las tres últimas, compuestas en un plazo de dos meses: la «nº 39, en mi bemol mayor» relacionada con la logia masónica data del 26 de junio de 1788; la «nº 40, en sol menor» del 25 de julio, y la «nº 41, en do mayor», «Júpiter», concluida quince días después. No existen pruebas de que Mozart las escuchase o las dirigiese en vida, acrecentando la curiosidad por ellas y elevándolas a la categoría de míticas. Las tres tienden hacia la síntesis del trabajo temático y motívico de la escritura polifónica de tal forma que han sido consideradas como complementarias desde la perspectiva estética. La nº 39 es la más terrena, la nº 41 la más divina, y la que hoy analizamos, la nº 40 la más inquebrantable y humana de las tres.
La Sinfonía Nº 40, «La Grande» es una de las más bellas del maestro. Su intensidad dramática, su cromatismo, trabajo temático y abundancia de ideas atrajeron a los corazones de los amantes de la música a principios del siglo XIX, que la llamaban «la romántica». Esta sinfonía se ha convertido en una de las obras claves del repertorio estándar de directores y orquestas y está considerado como el eslabón musical entre los siglos XVIII y XIX.
La orquesta e instrumentación son clásicas: cuerda (tres cuartas partes de la orquesta), dos oboes, dos fagotes y dos trompas, incorporándose después dos clarinetes y reescribiéndose las partes de los oboes. No hay trompetas ni percusión, que eran demasiado estridentes para una obra tan íntima, triste y patética. Lo más sorprendente es la elección de una tonalidad menor (sol menor), aunque todas sus sinfonías escritas en menor son las más personales.
El primer movimiento, Molto Allegro (compás de 2/2), con forma de sonata prescinde de la normal introducción lenta. Sobre la base rítmica de las violas en divisi, se inicia con un delicado piano la exposición del primer tema cantabile por los violines. Se produce una indefinible inestabilidad entre el ritmo regular del acompañamiento y los acentos dela melodía, que comienza en una anacrusa disonante y expresiva, a modo de sístole y diástole. La segunda aparición está reforzada con el viento, conduciendo al Si bemol mayor. La tensión cesa con la entrada del segundo tema por las cuerdas a las que responden los oboes y los clarinetes. Con las modulaciones intrépidas, intercambios agitados de los diversos motivos entre los instrumentos, el creciente cromatismo y la explotación de los procedimientos contrapuntísticos se crea una situación que a los contemporáneos de Mozart debió parecerles insólita. Los instrumentos de viento conducen a la reexposición. La segunda parte del primer tema es inédita y se convierte en escenario de una nueva confrontación. Tras el segundo tema en la tonalidad principal más desarrollado, se concluye el movimiento con una coda sobre el obsesivo motivo inicial que nos deja sin respiro.
El Andante, en Mi bemol mayor, nos guía hacia la luz. El tema principal en compás de 6/8 se presenta con reminiscencias barrocas. Es murmurado por las violas y luego enriquecido con un canto de violines. Tras el pasaje melancólico confiado a las maderas, se alza de repente en forte el nuevo tema en tonalidad de la dominante Si bemol mayor, seguido de motivos rápidos con fusas, hasta llegar a la cadencia con las llamadas evocadoras de los vientos. Este movimiento sirvió de inspiración a Haydn en el nº 38 de «Las estaciones».
También el Minueto (3/4) fue utilizado por Schubert en su «Quinta Sinfonía». Está presente un contraste entre el pomposo minueto que abre el movimiento y el trío más alegre. La melodía inicial coge ritmo gracias a las marcadas síncopas, utlizando al máximo el contrapunto. La ferocidad no se pierde cuando el tema es repetido por los vientos. Las trompas aparecen con sonoridades calurosas, y la calma se vuelve otra vez intranquila con el retorno del principio.
El Finale, Allegro assai, (2/2) es de lo más ortodoxo que escribió Mozart. La línea ascendente del arpegio inicial en piano se interrumpe con una respuesta de rasgo descendente. El segundo tema es expuesto por un cuarteto de cuerdas con la incorporación de los vientos. Es el pasaje más bello del movimiento, llegando al paroxismo en el fugatto.