Hitler en París
A la ofensiva que permitió a las fuerzas acorazadas alemanas superar las Ardenas y llegar hasta las costas del canal de la Mancha, siguió lo que muchos franceses consideraron una deserción de su aliado británico a través de Dunkerque. No hay que sorprenderse, pues, de que el invasor encontrará una resistencia esporádica e ineficaz cuando inició su penetración en las regiones meridionales. Fueron muchas las explicaciones y las excusas que se dieron para justificar la derrota, pero el análisis objetivo nos lleva a una irrefutable conclusión: las causas del derrumbamiento estaban en el mismo país y tuvieron un peso igual a la valía del adversario. Veamos en la pluma del Coronel Adolph Goutard los hechos que sucedieron entre el 20 de mayo y el 25 de junio de 1.940.
«Después de la batalla de Dunkerque, el general Weygand asumió, el día 19 de mayo, el mando de las fuerzas aliadas, haciendo entonces el primer balance de la situación. El Ejército francés había quedado terriblemente quebrantado, no sólo por las pérdidas sufridas en los combates, sino también por la captura de centenares de miles de prisioneros en los sectores del Mosa y del Norte, por la rendición del Ejército 1 en Lille y por la evacuación de más de 100.000 hombres en la zona de Dunkerque.
Las pérdidas ascendían a 24 divisiones de infantería, además de las tres divisiones mecanizadas ligeras, dos divisiones de caballería ligera y una división acorazada. De la misma manera habíamos perdido el valioso apoyo de las divisiones inglesas.
Para la defensa del frente, que se extendía a lo largo de unos 362 km., desde la costa a la línea Maginot, disponíamos de 43 divisiones de infantería, constituidas en tiempos de paz y llamadas «tipo A», algunas de las cuales habían sufrido ya graves pérdidas; tres divisiones de caballería ligera, con sólo 36 autoblindados de los 112 que constituían su plantilla, y tres divisiones acorazadas de las que, en total, no quedaban más de 40 carros de combate de los 200 con que contaban al principio. Para defender la línea Maginot, desde el Mosa hasta las montañas del Jura, disponíamos únicamente de 17 divisiones y de las tropas que guarnecían los fuertes. Mientras tanto, en la retaguardia, se estaban reorganizando los restos de los Ejércitos belga y del Mosa, articulados en siete divisiones de infantería ligera que debían estar dispuestas, según los planes, el día 15 de junio. El general Weygand calculaba que para esta fecha nuestras fuerzas ascenderían a 60 divisiones contra las 130 alemanas, diez de las cuales eran acorazadas. Pero, ¿nos concedería el enemigo el tiempo necesario para ponerlas en dispositivo de guerra para el 15 de junio?
Fuera como fuera, considerando la enorme inferioridad numérica, y las deficiencias de nuestro armamento y equipo, la batalla estaba perdida de antemano.
«Después de Dunkerque -escribió, con razón, el general Gamelin-, ya no estábamos en situación de defender el frente desde el Somme al Aisne con las pocas fuerzas que nos quedaban. No cabían más que dos soluciones: pedir el armisticio o retirarnos a los territorios de Ultramar. Solamente la segunda era honrosa para Francia, pero no se podía perder tiempo; sería necesario constituir cabezas de puente para cubrir nuestros puertos y comenzar inmediatamente la evacuación… La supervivencia de Francia dependía de su imperio colonial y de Inglaterra».
Para llevar a cabo este plan se imponía entablar una batalla defensiva en el frente Somme-Aisne; esta batalla, seguida del repliegue de las fuerzas concedería el mes de tiempo que necesitábamos para transportar nuestras tropas a África del Norte, al otro lado de la gran trinchera del Mediterráneo.
Pero el general Weygand no tomó en consideración esta posibilidad. El 24 de mayo dijo a Baudouin, ministro de la Guerra: «Las 50 divisiones que nos quedan constituirían tan sólo un dique de arena que, una vez roto, impediría tanto una retirada ordenada como la constitución de una línea defensiva, aunque ésta se hubiese preparado de antemano». Y concluyó con estas palabras: «El Ejército debe resistir en las posiciones Somme-Aisne, y si esta resistencia se rompe, habrá que luchar hasta el final únicamente para defender el honor».
El 25 de mayo, en el curso de una reunión del Consejo de Guerra, inició el dialogo presentando un plan que no ofrecía ninguna perspectiva de éxito: «Reducir el frente estableciendo una línea que vaya de la costa al Loira, dejando así descubierta el ala derecha y abandonando la línea Maginot, o también constituir un nuevo frente que comprenda la línea Maginot y deje fuera París». Esto significa tratar de contener la inundación erigiendo un dique a la derecha o a la izquierda.
«Resistir hasta la muerte»
El general Weygand, después de abandonar por su propia iniciativa esta solución, rechazó también la de un pliegue del frente desde la línea Somme-Aisne a la línea Sena-Marne, «porque la falta de reservas impediría una retirada ordenada», y volvió a adoptar la primitiva fórmula al día siguiente: «Hay que mantener la línea defensiva actual. Podría resquebrajarse… En tal caso, sus restos actuarán de diques. Todas las unidades del Ejército deberán combatir hasta el final para defender el honor».
Pero, ¿qué ocurriría si llegaba a producirse una rendición parcial, considerando la eventualidad de que no todos combatieron hasta morir? El 26 de mayo el general dijo a Baudouin: «Si somos derrotados, me tocará a mí la terrible misión de enfrentarme con los alemanes, como sucedió en Rethondes hace veintidós años, pero esta vez los papeles habrán cambiado». (En efecto, en 1918, al firmarse el armisticio de Rethondes, en un vagón de ferrocarril, había estado presente Weygand).
A todo eso, cuáles eran los planes de Hitler. Después de Dunkerque, ¿atacarían los alemanes Inglaterra, protegidos por un «corredor de seguridad» formado por la Luftwaffe, las minas y los submarinos, o concentrarían sus esfuerzos para aniquilar el Ejército francés? Sin duda alguna, Hitler, que deseaba un acuerdo con Inglaterra, preferiría destruir ante todo a Francia, que constituía la «cabeza de puente» continental de Gran Bretaña, para inducir después a Inglaterra a aliarse con él. En efecto, el 29 de mayo informó a los mandos de los Grupos de Ejércitos de su decisión de «reunir inmediatamente las fuerzas acorazadas para una acción en el Sur, a fin de ajustar cuentas con el Ejército francés».
Siguiendo estas instrucciones, las Panzerdivisionen se retiraron de Flandes, y Bock, tras haber confiado a su Ejército 18 la misión de concluir el asunto de Dunkerque, trasladó los Ejércitos 4, 6 y 9 al Somme, para extender el frente del Grupo de Ejércitos de Rundstedt (Ejércitos 2, 12 y 16) ya situado en el Aisne y el Ailette. Las diez Panzerdivisionen fueron reorganizadas en cinco Panzerkorps, tres de las cuales se asignaron a Bock y dos a Rundstedt.
Bajo el mando de Bock, el XV Panzerkorps de Hoth tomó posiciones en el Somme inferior, entre la costa y Amiens, hacia el bajo Sena. Los otros dos Panzerkorps, el XIV y el XVI, ocuparon el curso medio del Somme y se pusieron en marcha, desde las cabezas de puente de Amiens y Péronne, en dirección a París. En una segunda fase, el Panzergruppe de Guderian (XXXIX y XLI Panzerkorps) cruzó el Aisne y avanzó en dirección a Châlons y Langres, hacia la frontera suiza, para llegar a la retaguardia de la línea Maginot y de los Ejércitos situados al Este.
Por su parte, Weygand había tomado las siguientes medidas:
♠ A la izquierda, el Grupo de Ejércitos III (Besson) debía bloquear los caminos que llevaban hacia el bajo Sena y París, con el Ejército 10 (Altmayer) en el sector del bajo Somme; la zona de Amiens-Péronne-Somme con el Ejército 7 (Frére), y la región del Ailette y del Aisne, hasta Neufchâtel, con el Ejército 6 (Touchon).
♠ En el centro, el Ejército 4 (Requin), del grupo de Ejércitos IV (Huntziger), situado en el Aisne, bloquearía la ruta que conducía a Langres, mientras el Ejército 2 (Freydenberg) permanecería al sur de Sedán.
♠ A la derecha, el Grupo de Ejércitos II (Prételat) tenía la misión de defender la línea Maginot y el Rhin con sus tres Ejércitos: el 3 (Condé), el 5 (Bourret) y el 8 (Laure).
La línea Maginot estaba bien defendida, pero nuestro frente en dirección Norte, entre el Mosa y el mar, era bastante débil. Esta debilidad se acentuaba gradualmente hacia el Oeste. En el frente del Aisne habíamos tenido tiempo de reorganizarnos, lo que no se consiguió en el Somme. Nuestras fuerzas no podían sostener el ímpetu de los alemanes porque éstos tenían dos grandes e inexpugnables cabezas de puente en la orilla meridional del río, una en Amiens y otra en Péronne, desde las cuales estaban en situación de efectuar un ataque en cualquier momento. Por otra parte, la densidad de las tropas francesas había quedado bastante reducida: la distribución era de una división para una longitud aproximada de 11-15 kms. de frente.
El último recurso: los «erizos»
Pero las reservas francesas capaces de efectuar una contraofensiva general eran todavía más débiles. Por ello, y también para intentar compensar la escasez de efectivos y oponer cierta resistencia a los carros de combate, el general Weygand dio instrucciones para que se erigiese un conjunto de organizaciones defensivas, denominadas «erizos», diseminadas por pueblos y bosques y dotadas de cañones de 75 mms., emplazados como contracarros; los «erizos» podrían defenderse durante cierto tiempo, aunque se los cercara o rebasara. «Este sistema -escribió el general Requin- representó tan sólo el último recurso para dar a unas exiguas pero valerosas unidades la posibilidad de defenderse con honor antes de ser arrolladas».
«Por esta razón -escribió también más tarde el general De Gaulle- no era suficiente que nos empeñáramos una vez más en una batalla puramente defensiva, análoga a la de 1918. Era necesario renunciar a la idea de un frente continuo y maniobrar sin descanso…» En efecto, como disponíamos todavía de 1200 carros de combate muy modernos y de muchas divisiones de infantería, De Gaulle había propuesto al general Weygand formar con estas fuerzas dos grupos de contraataque, situados uno al norte de París y el otro al sur de Reims, «para atacar los flancos de las unidades acorazadas alemanas que avanzaban, interrumpiendo en parte los enlaces y entorpeciendo sus movimientos».
Pero en la madrugada del 5 de junio, la Luftwaffe descargó un violento ataque en el frente y retaguardia del Grupo de Ejércitos III francés. Al mismo tiempo, de las cabezas de puente de Péronne y de Amiens salieron los carros de combate, avanzando sobre los puentes que todavía estaban intactos al oeste de esta última ciudad. Mientras tanto, Hitler anunciaba por radio a todo el mundo: «¡Hoy comienza la segunda gran ofensiva, apoyada por medios nuevos y excepcionales!» Por su parte, el general Weygand dirigió una patética llamada al Ejército francés: «Ojalá la idea de los sufrimientos de nuestro país infunda en vosotros la firme resolución de resistir. El destino de la nación y el futuro de nuestros hijos dependen de vuestra determinación».
Muy pronto los alemanes se dieron cuenta de que algo había cambiado en el frente contrario. Acostumbrados ya al combate y encerrados en sus «erizos», nuestros soldados resistían valerosamente, y sus cañones de 75 mms. causaban estragos en los carros de combate alemanes. «Los franceses están oponiendo una tenaz resistencia -escribía el general List-. No se advierte ningún indicio de abatimiento. Estamos asistiendo a una nueva táctica de combate por parte del enemigo».
A las 13.00 horas el general Besson envió al general Georges un informe optimista, ya que, aunque los alemanes habían conseguido abrir una brecha en nuestro frente, los «erizos» continuaban resistiendo.
Por el Oeste (donde se encontraba el Ejército 10 francés), el XV Panzerkorps, obligado al principio a detenerse ante el obstáculo formado por Hangest y Quesnoy, logró alcanzar finalmente la segunda línea (Molliens-Vidame), a poco más de 11 kms. al sur del Somme. En cambio, por el centro (Ejército 7), los Panzerkorps procedentes de las cabezas de puente de Amiens y Péronne no conseguían avanzar. Por el Este (Ejército 6), la infantería del Ejército 9 alemán pudo penetrar a través del Ailette, pero fue rechazada ante el Chemin des Dames. «Nuestras posiciones resistían -escribió el general Weygand- pero sentía una duda atroz: ¿la intervención de las reservas sería una ayuda eficaz para destruir las fuerzas acorazadas que habían penetrado en nuestras líneas? Éste era el punto crucial de toda la batalla».
Se trataba, efectivamente, de un problema vital. El día 6 de junio, el Ejército 7 consiguió rechazar aún los ataques del XIV y el XVI Panzerkorps, pero la resistencia se debilitó en los flancos. Por el Oeste, el XV Panzerkorps de Hoth había roto las defensas de los «erizos» del Ejército 10, y por la noche llegó a Hornoy y a Orival, desbordando y aislando a las dos divisiones del ala izquierda -incluida la División 51 británica-, que tuvieron que abandonar Abbeville para retirarse a Bresle.
Hacia el Este, entre el Ailette y el Aisne, el Ejército 9 alemán ocupó el Chemin des Dames, obligando al Ejército 6 francés a retirarse a la orilla meridional del último río. «A las 18.00 horas -escribió el general Weygand- los éxitos que alcanzó el enemigo en los flancos me obligaron a un repliegue a la línea Brele-Avre-Aisne. Con nuestra táctica de resistencia a todo trance, mediante elementos defensivos cerrados, era indispensable evitar infiltraciones enemigas en nuestro despliegue. Pero las reservas de que disponíamos eran demasiado débiles para impedirlo».
En la mañana del 7 de junio, Rommel, que mandaba la 7.ª Panzerdivision, asimilando las experiencias de los dos días anteriores, decidió evitar los «erizos» y avanzó en terreno abierto. Así logró alcanzar, al terminar el día, Forges-les-Eaux, a unos 60 kms. al sur del Somme. ¡Se encontraba así a unos 40 kms. de Ruán, junto al Sena!
Un contraataque efectuado por una fuerza reunida apresuradamente y compuesta por los restos de una división acorazada, tres divisiones de caballería ligera y una división de infantería, al mando del general Petiet, no obtuvo ningún resultado; mientras que al oeste de Forges-les-Eaux la División de Infantería 51 británica y el Cuerpo de Ejército IX quedaron aislados del resto del Ejército 10. A las 22.00 horas, el coronel Bourget, del Mando Supremo, comunicó a Baudouin por teléfono que se había producido un «incidente táctico» en las primeras horas de la tarde, y que los carros de combate alemanes habían llegado a Forges-les-Eaux. «Dejé el receptor con mano temblorosa -escribiría más tarde Baudouin- y avisé a Reynaud». «Entonces, ¿no nos queda ninguna esperanza? -exclamó con voz alterada- ¡No, no puede ser! Y, sin embargo, sé que la batalla se ha perdido». Efectivamente, se había perdido la batalla del Somme. El 8 de junio, después de haberse abierto paso a través de la barrera formada por las fuerzas inglesas, más allá de Béthune y Andelle, Rommel avanzó hacia Elbeuf, y nuestro Ejército 10 le permitió ensanchar la brecha porque las tropas aisladas a la izquierda se retiraron hacia El Havre, mientras el grueso de las fuerzas se replegaba a Pontoine. El Sena inferior había quedado completamente descubierto, y entonces Weygand ordenó al general Duttour, comandante de la 3.ª Región Militar de Ruán, que improvisara una línea defensiva en el río con sus unidades territoriales. Además, cursó órdenes para que el «Gobierno Militar de Paris» se transformara en el «Ejército de París», a las órdenes del general Hering, que debía defender el Sena entre Vernon y Pontoise, así como el sector Este sería defendido por el Ejército 7.
Por el Este, después que los alemanes hubieron atravesado el Aisne y constituido una cabeza de puente en Soissons, nuestro Ejército 6 se retiró al Marne, al este de La Ferté. Entonces se reconstituyó el Grupo de Ejércitos III en el sector del Sena inferior, en la posición avanzada de París y en el Marne. «Si el enemigo atravesaba esta línea -declaró el comandante en jefe-, ya no se podría llevar a cabo una defensa coordinada del país».
El 8 de junio Rommel quiso realizar una incursión contra los puentes de Elbeuf. Tras un avance nocturno, sus carros de combate llegaron en la madrugada del 9 de junio a las puertas de la ciudad, pero lo franceses acababan de volar los puentes. No obstante, Rommel había conseguido llegar al Sena.
Completamente aislada, el ala occidental del Ejército 10 francés se replegó a Saint-Valéry-en-Caux, en la costa, para intentar una retirada por mar; pero el 12 de junio, ante los ataques de la 7.ª Panzerdivision, tuvo que rendirse después de una heroica resistencia, en la que se distinguió principalmente la División 51 británica Highland, al mando del general Fortune.
Desde aquel momento, nuestro despliegue fue el siguiente: el Ejército 10 cubría la línea desde el mar hasta Vernon; en la posición avanzada de la capital se hallaban el Ejército de París y el Ejército 7, y en el Marne, al este de La Ferté-sous-Jouarre, el Ejército 6. Desde la mañana del 9 de junio, los combates se habían extendido en dirección Este, hacia el Aisne. Ahora le correspondía al Grupo de Ejércitos comandado por Rundstedt conducir el ataque.
El general Weygand dio entonces la siguiente orden del día: «La ofensiva enemiga es general en todo el frente… La orden de combatir hasta el final y de no retirarse conserva toda su validez. El enemigo ha sufrido considerables pérdidas. Sus fuerzas se están agotando. Ésta es nuestra hora suprema. ¡Resistid!»
La batalla del Aisne
En el Somme, gracias a sus cabezas de puente, los alemanes pudieron lanzar directamente al ataque sus carros de combate. En cambio, en el Aisne, la infantería alemana tuvo que abrir brecha a fin de permitir un paso; por ello, el 9 de junio, a las 5 de la mañana, la infantería del Ejército 12 alemán atacó las posiciones del Ejército 4 francés, entre Neufchâtel y Attigny.
Por la derecha, la División de Infantería 14 de De Lattre de Tassigny rechazó las unidades alemanas que habían empezado a cruzar el río. También por el centro, en diversos puntos próximos a Rethel, la División de Infantería 2 rechazó los ataques. Precisamente en este sector, el XXXIX y el XLI Panzerkorps de Guderian tenían que atravesar el Aisne para efectuar la ofensiva de la Champagne.
Durante toda la mañana, el general Guderian estuvo observando, desde lo alto de una colina, el infructuoso ataque de la infantería alemana. Según sus propias palabras, abrigaba «el temor de no calcular exactamente el momento oportuno para intervenir». Por la tarde el paso estaba aún interceptado y Guderian se consumía de impaciencia. Como si esto no fuera suficiente, el general List, comandante del Ejército, le dirigió una crítica más bien mordaz sobre la falta de actividad de sus carros de combate en la parte norte del río. Pero al oscurecer, cuando se le comunicó que más al Oeste, en Château-Porcien, se había establecido una pequeña cabeza de puente, Guderian decidió trasladar a aquel punto, durante la noche, la 1.ª Panzerdivision. Desde allí intentaría la rotura del frente aliado.
A las 6 de la mañana del 10 de junio, la 1.ª Panzerdivision abandonó la cabeza de puente y, seguida de la infantería avanzó hacia el Retourne, que constituía la segunda línea del Ejército 4 francés. A las 16.00, los «erizos» franceses habían sido rebasados y las unidades acorazadas alemanas atravesaban el Retourne. Aproximadamente una hora más tarde, el grupo acorazado de Buisson inició un contraataque por el flanco. Pero los carros de combate franceses llegaron demasiado tarde, y como los reconocimientos enemigos no tardaron en descubrirlos no se consiguió la sorpresa. Se produjo un duro encuentro de fuerzas acorazadas, en el que nuestros carros de combate «B» -los más potentes que existían entonces- infligieron graves pérdidas a los alemanes. No obstante, el contraataque fue ineficaz.
Mientras tanto, la 2.ª Panzerdivision dejó también la cabeza de puente en Château-Porcien y, por la tarde, apareció en los suburbios de Reims, rechazando al Ejército 6 francés hacia el Marne. Desbordado por el flanco izquierdo, nuestro Ejército 4 tuvo que abandonar a su vez la línea Rethel-Aisne y retirarse más al Sur, a la Montagne de Reims. Desgraciadamente, las unidades que lograron alcanzar el nuevo frente Marne-Montagne de Reims-Argonne estaban exhaustas y muy reducidas numéricamente. Esto señaló el fin de la resistencia organizada.
El mismo día -10 de junio-, los alemanes atravesaban el Sena inferior al oeste de París, mientras que desde Ourcq avanzaban en dirección al Marne. Así, pues, París estaba amenazado por una maniobra de cerco con tenaza. Por la tarde, el Gobierno decidió abandonar la capital para trasladarse a Tours, y el general Weygand, por su parte, dispuso que el Mando Supremo pasara a Briare. Más tarde, a las 17.00 horas, llegó la noticia de que Italia entraría en la guerra a medianoche. Mussolini había decidido apuñalar por la espalda a la «hermana latina».
Al día siguiente por la mañana, los alemanes ya habían constituido tres cabezas de puente en el bajo Sena, y por el Este cruzaron el Marne a la altura de Château-Thierry. La doble maniobra de cerco estaba progresando. Más al Este, el Panzergruppe de Kleist atravesó el Aisne en Berry-au-Bac, encontrándose entonces en la Champagne ocho divisiones acorazadas.
Ya no quedaba ninguna esperanza de poder defender París. A las 11, de acuerdo con el Presidente del Consejo de Guerra, el comandante en jefe declaró la capital «ciudad abierta», y extendió la siguiente orden: «El general Hering asumirá el mando del Ejército de París y vigilará su destino, mientras el general Dentz, en quien aquél delegará las funciones de gobernador, ejercerá su cargo hasta el momento en que los alemanes entren en la ciudad».
Se abandonó la capital a su suerte, y el Ejército francés recibió la orden de retirarse sin un fin estratégico preciso: ni para preparar una nueva resistencia, ya que resultaba imposible emprender iniciativa alguna en e territorio metropolitano, ni para salvar nada, porque el comandante en jefe no pensaba efectuar una retirada a la otra orilla del Mediterráneo. Los caminos que utilizarían nuestras tropas en retirada -caminos atestados de fugitivos – conducían inevitablemente a la rendición más completa, fuese cual fuese el nombre que se le diera.
En el Mando Supremo, la mañana del 11 de junio, el general Weygand hizo el balance de las pérdidas: sobre el papel constaban todavía 52 divisiones, pero en realidad, equivalían solamente a treinta, once de las cuales sólo disponían del 50% de sus efectivos, trece habían quedado reducidas al 25% y otras eran solamente restos de divisiones. Y el Mando disponía únicamente de una división de reserva.
El Mando Supremo francés tan sólo concebía dos soluciones posibles: defender la línea Maginot y retirar al Sur los Ejércitos del centro y del ala izquierda, lo que ocasionaría el cerco completo de nuestras fuerzas, o disponer la retirada de todo el Ejército. Y esta última fue la solución que adoptó el general Weygand. Envió al general Georges «instrucciones personales y secretas» referentes a la organización de un plan para la retirada, pero sin cursar todavía la orden de su ejecución. La finalidad se hacía evidente en la introducción: lograr que la parte central del país estuviera protegida el mayor tiempo posible, lo cual no era más que aplazar la ejecución de la sentencia.
A las 19.00 horas del 11 de junio se celebró, en el castillo de Muguet, una reunión del Consejo Supremo de Briare. Esta reunión se hizo famosa. En ella participaron el mariscal Pétain y los generales Weygand y De Gaulle por parte de Francia, y Churchill, Eden y los generales Ismay y Spears por Inglaterra. Weygand describió la situación en tonos más bien sombríos y declaró: «La última línea defensiva ha sido quebrantada y se han agotado als reservas. Nos encontramos en el filo de la navaja y no sabemos de qué forma sucumbiremos de un momento a otro». Cuando Weygand acabó de hablar, llegó Georges, quien dijo que si el enemigo renovaba sus ataques «con fuerzas acorazadas y bombardeos aéreos», se corría el riesgo de ver «transformado todo nuestro orden de batalla». Finalmente, el general Weygand advirtió: «Una vez que nuestro frente haya sucumbido, lo que no tardará mucho en suceder, no hay esperanza de reconstituirlo, porque ya no nos quedan reservas. En este caso, nada podrá evitar la invasión de toda Francia».
«Las tres horas de discusión no condujeron a nada -escribió el general De Gaulle-. Yo pensaba que aquellas charlas eran inútiles, ya que no consideraban la única solución posible: la reorganización de nuestras fuerzas de Ultramar».
El 12 de junio la situación empeoró. Los alemanes no atacaron la posición avanzada de París, pero por el Oeste atravesaron el Sena inferior con numerosas fuerzas. Por el Este alcanzaron Montmirail, mientras que en la Champagne las divisiones acorazadas atacaron con rapidez fulminante. Por la mañana, Guderian atravesó las alturas de la Champagne y lanzó el XXXIX Panzerkorps de Schmidt contra Châlons, cubriendo mientras tanto el flanco Este con el XLI Panzerkorps del general Reinhardt.
El general Weygand escribió al respecto: «Habíamos llegado al límite extremo; nuestra línea defensiva se agrietaba por todas partes. Decididamente, la batalla de Francia estaba perdida. Dentro de pocas horas aconsejaría al Gobierno que pidiera el armisticio».
Pero, mientras tanto, era necesario que el Ejército continuara retirándose.
La caída de París
El 13 de junio, el enemigo, después de cruzar el Sena al este de París, llegó a Evreux y avanzó en dirección a Dreux, haciendo retroceder al Ejército 10 francés, que se retiró a Bretaña. El mismo día, el Ejército de París y el Ejército 7 abandonaron la posición avanzada sin atravesar la capital, pasando al Este y al Oeste, para constituir una improvisada línea defensiva limitada por el bosque de Rambouillet, el valle de Chevreuse y el Sena de Corbeil. «Nuestras tropas -escribió el general Georges en su informe- se retiran bajo los ataques de la aviación enemiga y la constante amenaza de ser cercadas por las fuerzas acorazadas. El dispositivo de defensa no ha funcionado. Extenuadas por cuatro días de combates y marchas nocturnas, ya no parecen unidades organizadas. Hoy, 13 de junio, algunas divisiones sólo cuentan con unos pocos centenares de hombres. Las comunicaciones están interrumpidas. Las órdenes, transmitidas por oficiales que tienen que atravesar las columnas de fugitivos que llenan los caminos, llegan cuando ya es demasiado tarde para ejecutarlas».
De este modo abandonaron París las tropas francesas. El 14 de junio los alemanes entraron en la ciudad… donde permanecieron cuatro años. Y el mismo 14 de junio el Mando Supremo alemán ordenó la persecución de los restos del Ejército francés, que se efectuaría en tres direcciones.
Por parte francesa, aquella misma tarde el Mando Supremo se retiró a Vichy. El Ejército 7 y el Ejército de París se replegaron al Loira, dejando zonas descubiertas al Este y al Oeste. A las 19.00 del 15 de junio, el general Georges comunicó al general Weygand que «los Ejércitos estaban completamente desorganizados». Era imposible establecer líneas defensivas para impedir profundas filtraciones del enemigo; todo lo que cabía hacer era movilizar las fuerzas que se pudieran reunir para intentar «taponar» las brechas abiertas.
Por el Oeste, el enemigo avanzaba hacia el «reducto bretón», mientras que en el Este los carros de combate se dirigían a Dijon y Langres para encerrar en una trampa al Grupo de Ejércitos II, que había comenzado a retirarse de la línea Maginot.
Mientras tanto, el Ejército I alemán, que el día 15, penetrando por la brecha abierta en el Sarre, había ocupado Saarbrücken, estaba avanzando por los Vosgos en dirección Norte-Sur, y el Ejército 7, después de haber atravesado el Rhin en Neu-Brisach, se dirigía también a los Vosgos, de Este a Oeste. Los Ejércitos 3, 5 y 8 franceses, presionados por todas partes y con todas las posibles vías de retirada cerradas, se concentraron asimismo en los Vosgos. El 22 de junio, el general Condé, que había asumido el mando de aquel Grupo de Ejércitos, fue autorizado or el general Weygand para que capitulara con sus 400.000 hombres.
«Del 17 en adelante -escribía el general Roton-, la presión de las fuerzas alemanas fue aplastante. Ya no existía rastro de defensa coordinada, exceptuando el sector del Loira». Desde este momento, sólo se pensó en poner fin a la lucha. La noche anterior, entre 16 y 17 de junio, había caído el Gabinete Reynaud, que fue sustituido por el Gobierno Pétain, cuya primera medida fue pedir el armisticio. El día 17, el mariscal transmitió un mensaje radiofónico al pueblo francés en el que decía: «Con profunda tristeza os anuncio que tenemos que cesar de combatir». «Esta decisión -escribió el general Georges- rompió definitivamente el uro de la resistencia del Ejército francés».
Pero el mismo 17 de junio, Hitler, en una orden especial del día, declaró: «La ocupación de Cherburgo y Brest representaba una cuestión de honor para el Ejército alemán». El general Hoth, comandante del XV Panzerkorps, que precedía al Ejército 4 en dirección al Sena inferior, envió inmediatamente la 7.ª Panzerdivision de Rommel a las inmediaciones de Cherburgo y la 5.ª a Brest. El 18, las tropas acorazadas entraron en Rennes, donde capturaron el puesto de mando del Ejército 10, junto con su comandante, acabando así con la resistencia del «reducto bretón». Al día siguiente, las dos divisiones acorazadas ocuparon sin dificultad Cherburgo y Brest, y avanzaron después hacia el Sur en dirección al Loira inferior y a Rochefort.
El 19, entre Tours y Saumur, los alemanes acabaron con la última resistencia en el río, a pesar de la heroica defensa de los cadetes de la Escuela de Caballería de Saumur, que aquel día escribieron una página gloriosa en la historia de Francia. Por el Este, estaban llegando a Vichy y a Lyon. A pesar de los ocasionales núcleos de resistencia constituidos por unidades de retaguardia que se sacrificaban para proteger la retirada, y a pesar de los grupos aislados que, cansados de retirarse, se habían apostado a lo largo de los caminos para tender emboscadas en las que estaban destinados a sucumbir, los alemanes continuaron su marcha, alcanzando, entre el 21 y 25 de junio, una línea que se extendía desde Royan a Grenoble, pasando por Angulema, Clermont-Ferrand y Saint-Étienne. En este momento, por fin, nos habíamos asegurado el armisticio.
Pero desde el 10 de junio estábamos también en guerra con Italia, y otra batalla, la franco-italiana, se estaba desarrollando en el frente sudoriental, donde el Ejército alpino francés, a pesar de la exigüidad de sus fuerzas, estaba añadiendo un digno capítulo a nuestra historia.
El 10 de junio, en Roma, el Duce había anunciado que Italia entraba en guerra para «liberar» Saboya, Niza, Córcega… y siguió nombrando lugares. Pero sus tropas, concentradas a lo largo de la frontera de los Alpes y que sumaban 32 divisiones, no atacaron hasta que los alemanes alcanzaron el valle del Ródano.
A estas fuerzas el Ejército alpino francés, al mando del general Orly, solamente podía oponer tres divisiones de infantería del tipo B y tres «secciones de fortaleza». Pero la excesiva concentración de las unidades italianas en los estrechos valles de alta montaña, donde no podían desplegar, hizo que sufrieran grandes pérdidas bajo el fuego de la artillería francesa, que había elegido convenientemente las «zonas a batir» y disponía de excelentes observatorios en las cimas. Así, todos los ataques italianos en los pasos fronterizos fueron rechazados.
No obstante, el día 21 los italianos consiguieron algunos éxitos locales, si bien en esa misma fecha su potente fuerte de Chaberton, desde el que disparaban sobre Briançon, había sido reducido al silencio por nuestras baterías. El 22, en la zona de Maures, los italianos rebasaron Lansleburgo y llegaron, en el sector de Briançon -pero sin poder penetrar más allá-, hasta el paso de frontera de Monginevro. El día 23 efectuaron un ataque hacia la Costa Azul para «liberar» Niza; ocuparon Menton, pero no consiguieron apoderarse del Puente de San Luis (que señala la frontera actual), a pesar de estar defendido solamente por una docena de hombres. Cuando el armisticio puso fin a las hostilidades, nuestra línea defensiva desde Suiza hasta el mar, estaba todavía intacta.
Falta de confianza en la victoria
¿Cómo es posible que Francia cayera tan rápidamente? Durante la primera Guerra Mundial, los oficiales y soldados franceses suscitaron la admiración de todo el mundo por su valor y su elevado espíritu de entrega. También en la segunda, los hijos hicieron honor a sus padres: lo demostraron en el Aisne y en otros lugares y en los años siguientes lo demostrarían de nuevo en África, y luego en el desembarco en Italia y en Normandía.
Pero en 1.940, insuficientemente armados, siguiendo la táctica ya superada de 1.918, mal distribuidos estratégicamente y mandados por jefes que no tenían confianza en la victoria, fueron derrotados desde el primer momento. El general Gamelin, comandante en jefe al estallar la guerra, consideró la proximidad de la catástrofe con espíritu fatalista. El comandante en jefe que le sucedió, Weygand, insistía únicamente en «combatir hasta el final por honor», y pedir después el armisticio.
La Francia de 1.940 tenía necesidad de un hombre de la talla de Joffre, el mariscal que a fines de agosto de 1.914, cuando parecía que todo estaba perdido, conservó la esperanza. Y más aún, Francia tenía necesidad de un segundo Clemenceau o de un Churchill a la cabeza del Gobierno. La aceptación fatalista de la derrota por parte de los que ocupaban los puestos más elevados del mando se manifestó inmediatamente después de los primeros reveses.
El 8 de junio, cuando Rommel atacaba Elbeuf, la batalla se consideró perdida, y el general Weygand, durante la reunión de la mañana, habló explícitamente de una «herida» abierta en las filas del Ejército 10. Aquella tarde, el ya general De Gaulle, que pocos días antes había sido nombrado subsecretario de Guerra, le visitó en el Mando Supremo de Montry. He aquí cómo describe este encuentro el general De Gaulle: «Pocos minutos de conversación fueron suficientes para convencerme de que el general Weygand estaba resignado ante la derrota y había determinado pedir el armisticio.
»-Como usted sabe -me dijo-, los alemanes están atravesando el Somme y yo no estoy en condiciones de detenerlos.
»-Es verdad, están atravesando el Somme. ¿Y qué?
»-Después vendrán el Sena y el Marne.
»-De acuerdo. ¿Y después?
»-¿Después? Después todo habrá concluido.
»¿Cómo concluido? ¿Y el resto del mundo? ¿Y el Imperio colonial?
»-¡El Imperio colonial! ¡Pero eso es absurdo! Y en lo referente al mundo, una vez que nosotros dejemos de combatir ¡no pasará una semana antes de que Inglaterra empiece a tratar con el Reich!»
Por su parte, el mariscal Pétain dijo al ministro Louis Marin que él no tenía «miedo de encontrarse con Hitler»; es más, que le complacería «una entrevista de soldado a soldado», porque estaba seguro que de esta manera podría obtener «más que de una discusión entre diplomáticos».
Desde luego, era evidente que si el Gobierno se hubiera trasladado a África para continuar desde allí la lucha al lado de los Aliados -con su Flota intacta, con la Aviación de una potencia casi invariable respecto a la del 20 de mayo (gracias a la producción de nuestras fábricas y a la entrega de aviones por parte de América), y con un Ejército dispuesto para la guerra fuera del territorio metropolitano, Hitler no hubiera estado de acuerdo ni con la constitución como territorio libre «de lo que había quedado de Francia», ni con la organización de un pequeño Ejército para asegurar el orden y permitirnos «reconstruir el país». Por esta razón, desde aquel momento, la misión principal de los mandos militares así como la de Pierre Laval, que actuaba en la sombra, consistió en impedir la partida del Gobierno.
El día 13, durante la reunión del Consejo de Ministros que se celebró por la tarde en Cangey, Weygand hizo la misma petición que el día anterior. «Si queremos mantener la disciplina del Ejército -dijo-, tenemos que llegar inmediatamente al cese de hostilidades.» Y no obstante aún en el transcurso de la tarde del 14 de junio el presidente Reynaud continuaba dando órdenes para trasladar al Norte de África a los nuevos reclutas y los contingentes de depósito. De acuerdo con Campbell, embajador inglés, decidió enviar a Londres al general De Gaulle para que presentara muestra petición oficial de medios de transporte navales, con un desplazamiento total de 500.000 toneladas, que deberían estar dispuestos en unos quince días. Mientras tanto, Pierre Laval, que llegó a Burdeos (a donde se había trasladado el Gobierno) el día 14, establecía ya los preliminares de aquellos acuerdos que pondrían el país bajo la dominación extranjera. «A mi llegada -manifestó dos días después-, encontré al embajador español, Lequerica, y juntos acordamos efectuar la petición de armisticio. Esto fue posible gracias a los repetidos contactos que había establecido con él anteriormente. Al día siguiente por la tarde, tuve ocasión de ver al mariscal y le expuse mi idea sobre las particularidades de su nombramiento como Jefe del Estado».
A las 15.00 horas, el presidente Reynaud insinuó una propuesta que provocó gran agitación entre los defensores del armisticio. Pidió al general Weygand que siguiese el ejemplo del Jefe del Estado Mayor de Holanda, y se rindiera con el Ejército que se encontraba en suelo francés, mientras que el Gobierno se trasladaría a África del Norte para continuar la lucha al lado de Inglaterra, con nuestra poderosa Flota, todavía intacta, con la Aviación y con las tropas de la Francia metropolitana que pudieran salvarse… «Rechacé la propuesta indignado -escribió el general Weygand-. ¡No aceptaré nunca arrojar una mancha semejante sobre nuestra bandera…! Sería un acto criminal e irreparable que todos condenarían y que ocasionaría gran daño al honor militar de nuestro país. ¡Se incurriría en un delito que el Código Militar castiga con la muerte…! ¡No podía pensar en una propuesta tan ignominiosa sin un estremecimiento de disgusto!»
Es difícil comprender qué «ignominia» veía Weygand en esta proposición. Evidentemente, consideraba menos deshonroso que cesaran los combates de todas nuestras fuerzas de mar, aire y de ultramar, que estaban dispuestas para continuar la lucha, antes que entregar al enemigo tan sólo las fuerzas que se encontraban en territorio metropolitano, territorio que, prácticamente, no estaba ya bajo la soberanía francesa. ¿Y cuál era en aquel momento la consistencia de las fuerzas «metropolitanas» cuya rendición sería tan ignominiosa? En su declaración durante el proceso contra Pétain, después de la guerra, el general Georges declaró: «En el momento en que estábamos a punto de cesar en el combate, cinco Ejércitos estaban parcialmente prisioneros. En los Grupos de Ejércitos que habían luchado metro a metro durante unos 450 kms., las fuerzas efectivas todavía disponibles ascendían a 300.000 ó 400.000 hombres, e incluyendo el Ejército alpino, a unos 500.000».
Después intervino Chautemps, vicepresidente del Consejo de Guerra, quien propuso se pidieran a Hitler las condiciones para el alto al fuego, con la intención de demostrar que no se podían esperar del Führer condiciones aceptables. La propuesta de Chautemps acaso parezca buena en sí, pero ocultaba un grave peligro, pues podría constituir el primer paso hacia la capitulación. Georges Mandel, ministro del Interior, puso en guardia al Consejo, sobre lo peligroso de esta iniciativa, y añadió: «Estamos perdiendo un tiempo precioso para el transporte de un numeroso contingente de tropas a África. Todas estas demoras tienen una única finalidad: impedirnos organizar la resistencia».
Caída del Gabinete Reynaud
A las 11.00 horas del día 16 de junio, en el transcurso de la reunión del Consejo, el mariscal Pétain se levantó y presentó su dimisión. «Hemos esperado demasiado -declaró-. Es hora de concluir». Pero cuando Paul Reynaud le pidió que esperara la respuesta de Norteamérica, consintió y se sentó de nuevo. No obstante, la prórroga fue de corta duración. En la reunión siguiente, Reynaud dio lectura a la respuesta del presidente Roosevelt, una respuesta más bien decepcionante ya que, si bien prometía el envío de armas y material bélico, declaraba al mismo tiempo que no podía asumir ningún c0mpromiso militar sin previa autorización del Congreso.
El presidente del Consejo de Guerra comunicó entonces «un plan de unión indisoluble» entre Inglaterra y Francia, del que le había hablado poco antes por teléfono De Gaulle desde Londres. Pero, como escribió al respecto el presidente de la República, Albert Lebrun, «el Consejo quedó muy sorprendido… En una atmósfera tan poco favorable, el plan recibió una acogida tibia, a pesar de apoyarlo el presidente del Consejo y yo».
El ministro Ybarnegarey se opuso a este pacto objetando «que convertiría a Francia en un Dominion», y el mariscal, convencido de que Inglaterra sería derrotada, declaró que él no pretendía «aliarse con un cadáver».
Después discutieron el proyecto de Chautemps, que recibió el apoyo de una notable mayoría. Entonces el presidente del Consejo de Guerra, dándose cuenta de que su propuesta había sido rechazada, anunció la dimisión del Gabinete. A las 22.00 horas, la reunión terminó sin que se hubiera pasado a las votaciones.
A las 23.00 del 16 de junio, el presidente de la República, Lebrun, tuvo una entrevista con Reynaud, Herriot y Jeannesey. Pidió a Reynaud que diera curso a la propuesta de Chautemps, pero aquél se negó a ello. Era necesario, por lo tanto, proceder al nombramiento de un nuevo Jefe de Gobierno.
«-Pero, ¿quién? -preguntó Lebrun.
»-No le será difícil encontrarlo -respondió Reynaud-. El mariscal me ha dicho esta mañana que tenía ya en el bolsillo la lista del nuevo Gabinete». «Entonces convoqué al mariscal -escribe Lebrun- y le pedí que formase el Gabinete. Constituyó para mí una sorpresa agradable. ¡Abrió la cartera que traía y me presentó la lista de sus colaboradores!»
A las 23.30, el Presidente de la República firmó el decreto de nombramiento de los nuevos ministros, los cuales se reunieron inmediatamente. La sesión del Consejo duró diez minutos. A Baudouin, nuevo ministro de Asuntos Exteriores, se le encargó pedir a los alemanes e italianos, a través de Madrid y del Vaticano, respectivamente, las condiciones del armisticio. Después, se convocó a los dos embajadores. Charles Roux, secretario general del Ministerio de Asuntos Exteriores, escribió al respecto: «No había peligro de que la convocatoria dirigida a Lequerica, embajador español, lo encontrase desprevenido. Ya la preveía y esperaba». «A las 12.30 (del 16 de junio) -dice Baudouin-, envié la nota a Lequerica, quien telefoneó a Saint-Jean-de-Luz, donde dos emisarios estaban ya a la espera. Éstos se dirigieron inmediatamente a Irún y de allí telefonearon a Madrid». Todo estaba combinado y resuelto. Pero ¿era exactamente un armisticio, o sea la suspensión de hostilidades, lo que querían?
En Madrid, la nota francesa fue transmitida por el coronel Beigbeder, ministro español de Asuntos Exteriores, al embajador de Alemania, barón von Stohrer quien, recibida la comunicación, envió a la Wilhemstrasse un telegrama en estos términos:
«El Gobierno del mariscal Pétain pide al Gobierno español que actúe con la mayor urgencia como intermediario con el Gobierno alemán para pedir el cese de hostilidades y las condiciones de paz. El Gobierno francés espera que, después de haber recibido la presente nota, el Gobierno alemán ordene a su Aviación que suspenda los bombardeos de las ciudades».
Siguió otro despacho en este sentido:
«El embajador español en Burdeos adjunta a la comunicación de la petición francesa de paz el siguiente telegrama: «A medianoche (del día 16 de junio), el señor Baudouin me ha telefoneado rogándome que vaya inmediatamente a la Presidencia del Consejo. Me ha comunicado que el Gobierno francés esperaba que el español hiciera llegar a Alemania, de la forma más rápida posible, la petición de un inmediato cese de hostilidades y la solicitud de condiciones de paz. Le he preguntado si se trataba de las condiciones del armisticio, de las condiciones de paz o de ambas a la vez. Ha respondido que, naturalmente, el armisticio era un expediente temporal, pero que el Gobierno francés estaba interesado en conocer las condiciones de paz»».
¿Cuál sería la reacción de Hitler frente a esta petición? El día 17, después de haberla recibido, el Führer dio nuevas instrucciones a Keitel y Jodl y al general Bohme, quien refiere:
«El Führer dijo que era necesario separar totalmente a Francia de Inglaterra, y para conseguirlo teníamos que presentar condiciones que pudieran ser aceptadas. Como el Gobierno Pétain parecía bien dispuesto en este sentido, se le debía ofrecer «puente de plata». De no proceder así, se corría el riesgo de que el Gobierno francés se refugiase en el Norte de África con la Escuadra y parte de la Aviación, y que continuase la guerra desde allí. Esta solución reforzaría la posición de Inglaterra y desplazaría la guerra hacia el mar Mediterráneo».
Hitler especificó después sus directivas:
1. El Gobierno francés debe sobrevivir como potencia soberana. Sólo de este modo podemos estar completamente seguros de que el Imperio colonial francés no pasará a Inglaterra.
2. Por este motivo no es aconsejable la ocupación total de la Francia metropolitana. El Gobierno francés debe conservar su propia esfera de soberanía.
3. El Ejército francés se dirigirá a la zona libre, donde será desmovilizado. En la zona libre se permitirá el mantenimiento de algunas unidades que tendrán la misión de cuidar del orden público. La Escuadra debe ser neutralizada. Por ningún motivo reclamaremos su entrega, ya que en tal caso se retiraría a Ultramar o a Inglaterra.
4. Las cuestiones territoriales deben resolverse con el tratado de paz, y no ahora.
5. Por el momento, no se formularán demandas referentes al Imperio colonial, ya que eso provocaría la anexión de las colonias por parte de Inglaterra. Además, en caso de una negativa, no estamos por el momento en condiciones de lograr una satisfacción por la fuerza.
La mañana del 19 de junio, el Gobierno alemán se dispuso «a dar a conocer las cláusulas para el cese de hostilidades», y pidió los nombres de los plenipotenciarios. A las 10 de la mañana del 20 de junio, Baudouin envió la lista a Lequerica, comunicando que la delegación la presidiría el general Huntziger, acompañado del embajador León Noël. A las 14.00 la misión partió de Burdeos.
El vagón de Rethondes
A las 15.30 del día 21 de junio, la delegación francesa fue invitada a subir al mismo vagón en que se había firmado el armisticio de 1.918, y en el cual esperaba ahora Hitler, rodeado de las máximas jerarquías del Tercer Reich. Después de la lectura del preámbulo, el Führer saludó con el brazo extendido y salió. El doctor Schmidt, intérprete de Hitler, la refiere así:
«El general Huntziger comenzó diciendo que no estaba al corriente de los términos de paz porque la delegación alemana se había negado a discutir el tema. Simplemente, le habían entregado un convenio de armisticio compuesto por 24 artículos que de ningún modo podían sufrir modificación alguna.
»El 22 de junio, después de algunas discusiones que condujeron a un acuerdo en virtud del cual algunas unidades de la Marina francesa podían permanecer en los puertos de Ultramar, así como otras concesiones de menor importancia, Keitel presentó a los delegados franceses un ultimátum».
A las 18.45 por orden recibida telefónicamente del general Weygand, Huntziger firmó el convenio; pero como éste sólo sería efectivo después de la conclusión del armisticio con Italia, el día 23 nuestra delegación tuvo que partir para Roma, donde fue recibida por el mariscal Badoglio, quien se mostró conciliador y cortés n el curso de las conversaciones.
El documento se firmó la tarde del 24 de junio, a las 19.10. Las hostilidades cesaron a la 1.35 del 25 de junio.
Errores, no traición
El error principal consistió en la seguridad que tenían nuestros jefes supremos de que la victoria rápida de Alemania era un hecho establecido a priori.
Así, pues, según estos principios, ¿qué o quién podría impedir a Hitler manejar Europa a su gusto?¿No sería mejor inducirle a formular inmediatamente las condiciones de paz antes de que también derrotase a Inglaterra, su último enemigo? Porque, en tal caso, arrebatado por la euforia de la victoria total, seguramente impondría condiciones más gravosas.
Por lo tanto, no se trataba de una traición a Francia ni a la causa aliada. La traición se reducía a una serie de errores de cálculo de los que el presidente Lebrun dio una definición clarividente: «Se cometieron dos equivocaciones: la primera fue considerar inminente la victoria alemana; la segunda, la certeza del mariscal Pétain de que su prestigio personal bastaría para proteger y defender al país».
Adolph Goutard fue herido dos veces en la Primera Guerra Mundial. Terminó la guerra con el grado de teniente y condecorado con la cruz de la Legión de Honor con tres citaciones. Entre las dos guerras prestó servicio en el Ejército del Rhin, en el Cuerpo Expedicionario francés en Constantinopla, en el Regimiento alpino 159, y, durante seis años, en la Academia Militar de Saint-Cyr, donde enseñó historia. Cuando se inicio la batalla de Francia, estaba en el Norte de África, y al ponerse el Ejército francés de Ultramar al lado de los Aliados, participó en las campañas de Túnez e Italia, en la liberación de Francia y en la campaña de Alemania. En 1.947 fue condecorado con la roseta de la Legión de Honor. Entre las obras del coronel Goutard figuran La guerra de las ocasiones perdidas, con introducción del general De Gaulle; El cuerpo Expedicionario francés en la campaña de Italia (con prólogo del mariscal Juin), y La batalla de Francia (presentada por sir Basil Liddell Hart).
A este texto de coronel Goutard añadiremos una breve nota del general G. Mancinelli:
Tal vez sea útil agregar alguna observación a lo que se a dicho brevemente en el texto, para poner de relieve no los motivos psicológicos -ya aludidos-, sino los técnico-militares del éxito poco halagüeño de la campaña italiana contra Francia.
La frontera ítalo-francesa, desde el Mont Blanc al mar discurre a lo largo de posiciones muy fuertes de alta montaña, más favorables para la defensa del lado francés por su configuración natural, profundidad y trazado de las líneas de comunicación. De todos modos, por ambas partes se había convertido la frontera en un potente sistema de fortificaciones, inexpugnable, a no ser mediante una acción regular y metódica de infiltración y desmantelamiento.
También los alemanes se habían guardado muy bien de atacar de frente la línea Maginot antes de que las operaciones victoriosas en el frente septentrional hubiesen determinado un virtual envolvimiento estratégico del enemigo, privándola así de las reservas móviles, que constituían un elemento integrante e indispensable de su formidable eficacia.
El paso de un despliegue defensivo a otro de características netamente ofensivas implicaba un desplazamiento hacia adelante de las tropas y los servicios; y sobre todo un desplazamiento de las piezas artilleras a posiciones avanzadas, desde las que castigar severamente el sistema adversario a la vez que sostener, durante el mayor tiempo posible, el avance de nuestro ataque.
En una región de alta montaña, como era la zona fronteriza, en parte cubierta de nieve y, sometida justamente en aquellos días a nevadas y tormentas, eso representaba tener que superar dificultades muy graves. Además, había que haver afluir al Piamonte grandes unidades de la reserva general, que habían sido desplazadas a la región centro-oriental de la llanura del Po. Para todo este conjunto de movimientos habría sido necesaria al menos una semana.
Pero la situación militar, se precipitaba. Desde el 16 de junio el Gobierno francés había iniciado tanteos para la conclusión de un armisticio. Mussolini sin embargo ordenó desencadenar el ataque el 20 de junio: divisiones de infantería contra formidables fortificaciones modernas, sin ninguna dotación especial para aquel tipo peculiarísimo de operación. Y el resultado fue justamente el que cabía esperar: avances mínimos de acuerdo con las varias directrices de ataque.
Estamos en junio de 1.940, y todo apunta hacia el dominio alemán, tanto por el este (Polonia) como por el oeste (victoria inmediata en Francia). Sin embargo, no todo es tan maravilloso para el Führer. Veamos a continuación la visión de estos primeros meses en los ojos del general alemán Walter Warlimont.
EN EL MANDO SUPREMO DE HITLER – Alemania, septiembre de 1.939 – junio de 1.940
Con dos fulminantes campañas, los alemanes habían derrotado a tres Ejércitos: el polaco, el francés y el inglés. Ante el espectáculo de la asombrosa eficacia que ofrecía la máquina bélica alemana, no era aventurado suponer que esta máquina se apoyaba en un mando dotado de una casi perfecta estrategia, minuciosamente organizado e informado, en condiciones de dominar cualquier situación. Pero de la descripción del general Warlimont, que formaba parte de este mando, resulta que la realidad era totalmente distinta. Los signos de la debilidad estructural del Mando Supremo de la «Wehrmacht» se manifestaron ya durante las brillantes campañas de Polonia y Francia, en el período de los mayores triunfos militares.
Hitler repetía frecuentemente que no podía decirse nunca que las Fuerzas Armadas de un país estuviesen preparadas para la guerra, porque jamás se encontraban en el punto máximo de su eficacia. Mas, por lo mismo, tampoco el enemigo podía estar preparado, así que lo esencial consistía en adelantar los preparativos de potencial anticipándose al adversario.
Durante el período de los «paseos militares», que se iniciaron con el Anschluss de Austria y concluyeron con la anexión de Memel al Reich, Hitler adquirió la costumbre de visitar los territorios conquistados, a veces inmediatamente después de su ocupación por las unidades alemanas. Durante estos viajes se hacía acompañar tan sólo por uno o dos oficiales. Por esta razón, el día 3 de septiembre de 1.939, dos fechas después de estallar la guerra, no fueron necesarios grandes preparativos para que se dirigiera al frente oriental, mientras el Estado Mayor del OKW, incluida su sección más importante, o sea la operativa, permanecía en Berlín.
En el «tren especial de Hitler» viajaba también su séquito personal -compuesto de miembros del «Gobierno, del Partido y de las Fuerzas Armadas», según la frase que se usaba entonces- y su coche constituyó su primer puesto de mando. Pero, en realidad, las Fuerzas Armadas estaban escasamente representadas; para ser exactos, sólo por los elementos más antiguos del Mando Supremo, los generales Keitel y Jodl, junto con uno o dos oficiales de enlace y uno o dos ayudantes. A causa de tan escasa representación militar, el Mando Supremo no podía asumir las funciones que competían al máximo organismo militar del país; y esta circunstancia, en definitiva, fue una notable ventaja en lo concerniente a la dirección de las primeras operaciones bélicas, que, durante la Blitzkrieg contra Polonia, se confiaron totalmente a la responsabilidad del Ejército y de su Estado Mayor. Hitler no tuvo entonces muchas posibilidades de intervenir, al contrario de lo que sucedió en los años siguientes, con las consecuencias desastrosas que todos conocen.
No obstante, el procedimiento adoptado para improvisar este primer mando puso de relieve la gravísima debilidad de los cuadros militares alemanes en la cima de la escala jerárquica: Hitler era el comandante supremo de las Fuerzas Armadas y, al mismo tiempo, el dictador; su personalidad dominaba y absorbía toda la estructura del país, y o existía un vértice militar debidamente organizado, bajo el mando de un general con autoridad, que pudiese actuar de contrapeso.
Un solo ejemplo, será suficiente para demostrar la falta de coordinación entre la política exterior y la dirección militar: el 17 de septiembre, la primera reacción del general Jodl, al recibir la noticia de que el Ejército ruso estaba avanzando sobre Polonia, fue preguntar, de forma aterrada: «¿Contra quién?»
Esta debilidad estructural tuvo consecuencias bastante graves, y la incapacidad del OKW para establecer una colaboración efectiva con los altos mandos de las fuerzas de tierra, mar y aire empeoró aún más la situación. En realidad, desde el principio, los altos mandos se habían opuesto a la constitución de un «Mando Supremo de las Fuerzas Armadas» con autoridad sobre los tres Estados Mayores, objetando que un organismo de este tipo sería incompatible con la responsabilidad de cada uno de ellos.
Hasta el momento de estallar la guerra, la estructura y atribuciones del Estado Mayor operativo del OKW no habían sufrido modificación alguna desde 1.935. Componían el Estado Mayor doce o quince oficiales, por lo que su eficiencia era limitadísima, aunque sólo fuera debido al exiguo número de los componentes. Además, este organismo había evitado en todo momento ampliar sus responsabilidades. Por ejemplo, no disponía de un sistema de enlace con el Servicio de Información, con los órganos logísticos o con los elementos administrativos de los territorios ocupados, por lo que tuvo que depender, en gran parte, de los altos mandos de las tropas, desmintiendo en la práctica su misma definición de «Mando Supremo de todas las Fuerzas Armadas».
El Jefe del Estado Mayor (al que se le llamaba jefe del OKW) era el general -más tarde mariscal de campo- Keitel, quien había desempeñado el mismo cargo en la época de Blomberg. No tenía mando. Era de menor antigüedad que los comandantes en jefe de los tres Ejércitos, y nunca presidió un consejo de jefes de Estado Mayor. Al conferirse el cargo de jefe del OKW, Hitler le había asegurado solemnemente que le haría su «confidente» y le consideraría su «único consejero en todas las cuestiones concernientes a la Wehrmacht». Pero, en realidad, Keitel acabó convirtiéndose, más o menos, en una especie de «jefe de negociado». Su colaborador de grado más alto en las cuestiones operativas, el general Jodl (después Oberstgeneral), muy pronto consiguió suplantarle como consejero efectivo de Hitler en materia militar. Sin embargo, las indiscutibles cualidades personales de Jodl quedaban anuladas por una fe fanática en Hitler, al que respetaba hasta el punto de subordinar cualquier idea o duda que él mismo u otros tuvieran al «genio del Führer».
Esta actitud absurda de los dos generales acabó por acarrear consecuencias nefastas en el aspecto militar y, además, hizo mas profunda la división entre los oficiales del Mando Supremo, considerados como los hombres «de la nueva frontera» en el sentido nacionalsocialista, y los altos oficiales de la Wehrmacht, más tradicionalistas y conservadores.
Por lo tanto, la impresión que producía el Estado Mayor del Mando Supremo de Hitler al estallar la guerra era la de un órgano directivo bastante débil. No lo digo apoyándome en consideraciones retrospectivas, sino expresando tan sólo mis impresiones de entonces, que recuerdo perfectamente. Como a las diferencias que había entre sus componentes se unía el desacuerdo con las diversas Armas, su autoridad era prácticamente nula. E incapaz como era de dar el necesario y sólido apoyo a un político falto por completo de experiencia militar en altos niveles de mando, no supo evitar una segunda Guerra Mundial.
En pleno desarrollo de la campaña de Polonia, el Estado Mayor General, que había quedado en Berlín, recibió la orden de efectuar un estudio preliminar para la creación de un puesto de mando que debería instalarse en Alemania occidental, lo más cerca posible del frente. Pero había una cláusula restrictiva: ese puesto tenía que encontrarse fuera del máximo alcance de la artillería francesa, y debía ser lo suficientemente grande como para alojar a la Sección de Operaciones del Estado Mayor de la Wehrmacht. Órdenes posteriores precisaron que era necesario encontrar una ubicación lo más cercana posible al Mando Supremo de Hitler para el comandante en jefe del Ejército, Oberstgeneral von Brauchitsch, para su Jefe de Estado Mayor, general Halder, y para un Estado Mayor reducido a los elementos indispensables.
En el período prebélico Hitler defendió siempre la opinión de que su puesto tenía que estar en la capital del Reich, y en el verano de 1.939 rechazó la propuesta de organizar un puesto de mando eventual cerca de Berlín, pero situado algo al oeste, aduciendo el ridículo pretexto de que no le era posible trasladarse a Poniente mientras el Ejército avanzaba hacia el Este. Pero es evidente que ya había cambiado de opinión.
La segunda decisión de Hitler, respecto a lanzar su ofensiva hacia el Oeste en el otoño de 1.939, influyó de un modo notable en todo el curso de la guerra, e incluso en el desarrollo de los acontecimientos posbélicos. Tomó esta decisión a mediados de septiembre, sin discutirla con nadie, sin pedir la opinión de los expertos, confiándose a una sola persona: su ayudante de campo, coronel Schmundt, a quien, por lo demás, no hizo más que anunciar su propósito. Schmundt comunicó la noticia secreta al jefe del OKW, que figuraba oficialmente como único consejero del Führer, a título «estrictamente confidencial». Hacia el 20 de septiembre, en el transcurso de una visita de dos o tres días que realicé al Mando Supremo, Keitel me la reveló bajo la promesa del más absoluto secreto; entonces tuve la impresión de que la iniciativa del Führer le había dejado por completo anonadado.
A pesar de las instrucciones que recibí de Keitel, en cuanto regresé a Berlín informé al general Heinrich von Stülpnagel, segundo jefe de Estado Mayor del Ejército, porque sabía que el comandante en jefe le había encargado dirigir un memorándum a Hitler para comunicarle que se necesitarían varios años antes de que el Ejército alemán estuviera en condiciones de comprometerse en una guerra sobre el frente occidental. Como yo también era de la misma opinión, creía y sigo creyendo que cualquier medio estaba justificado para impedir que nos lanzáramos a una segunda Guerra Mundial.
Durante los años anteriores a la guerra, la oposición manifiesta u oculta, que se había hecho a la política agresiva de Hitler resultó ineficaz; luego, al estallar el conflicto, las primeras y rápidas victorias le dieron aparentemente toda la razón. No obstante, parecía haber llegado el momento de realizara el máximo esfuerzo para salvar a nuestro país y a nuestro pueblo antes de que fuera demasiado tarde. Contravine las prescripciones de Keitel, que me había impuesto el secreto, no sólo informando al general Stülpnagel, sino tratando de convencer a una alta personalidad neutral a fin de que interviniese como mediador para poner inmediatamente fin a la guerra. Pero ambos intentos resultaron infructuosos.
En la Sección de Operaciones del Estado Mayor del OKW, nadie expresó opiniones contrarias a las del «comandante supremo», según expresión de Jodl. En realidad, después de la campaña de Polonia y del regreso de Hitler a Berlín, los oficiales más antiguos del Estado Mayor se encontraron más aislados que nunca, porque los generales Keitel y Jodl se habían trasladado de la Bendlerstrasse, sede oficial del OKW, a la Cancillería del Reich, donde vivía y trabajaba Hitler.
El deseo de aquéllos era seguir formando un círculo cerrado, una especie de maison militaire semejante a la que habían constituido en septiembre dentro del tren especial. Sus únicos compañeros en el palacio de la Cancillería eran Hitler y sus ayudantes. Vivían bajo su constante influencia, y Jodl se sentaba además a la mesa de Hitler, junto con los magnates del Tercer Reich.
Mientras tanto, los oficiales de Estado Mayor del OKW residían en la Bendlerstrasse, a unos diez minutos en autobús de la Cancillería, donde se vivía realmente la situación. Su única actividad consistía en recibir directivas de la residencia del Führer y transmitir órdenes que, casi siempre, iban contra su opinión personal. Otras veces recogían informaciones y datos, procedentes de los diversos altos mandos y que siempre resultaban insuficientes para influir en las ideas preconcebidas de Hitler. Los oficiales del Ejército que formaban parte del OKW, no recibían un apoyo moral ni una orientación espiritual de sus superiores inmediatos; así es que pedían ayuda al Estado Mayor del Ejército.
Dos incidentes significativos, ocurridos en este periodo, ponen de manifiesto el abismo existente entre la ideología nacionalsocialista y la mentalidad militar. Poco después de la campaña de Polonia, Hitler, al darse cuenta de que el mando militar alemán trataba a los polacos de un modo razonable y civilizado, se enfureció y, sin tener en cuenta las exigencias militares, confió de pronto la responsabilidad de los territorios ocupados a un funcionario del Partido, nombrándole «gobernador general»; personaje que se dedicó con extremado celo a la ejecución de las instrucciones recibidas. Hasta Keitel quedó horrorizado de la brutalidad y del desprecio hacia toda idea de legalidad que manifestó Hitler durante su explosión de furor.
El segundo incidente se produjo el 5 de noviembre de 1.939, cuando el comandante supremo del Ejército se presentó en la Cancillería del Reich, en un último intento por disuadir a Hitler de sus planes ofensivos contra Occidente. Puso de relieve el hecho, demostrado ya en la campaña de Polonia, de que en ciertas unidades del Ejército la preparación se había manifestado insuficiente. El motivo aducido por Brauchitsch afectó a Hitler en un punto muy sensible: su ambición en lo relativo al adiestramiento de la juventud nacionalsocialista. Por ello, interrumpió bruscamente a Brauchitsch y le pidió pruebas concretas de lo que decía.
Keitel salió del despacho de Hitler y me pidió un anuario militar: evidentemente, pretendía examinarlo junto con el Führer para comenzar a buscar en seguida un sucesor de Brauchitsch. Y ambos se dedicaron con tanto ahínco a esta tarea que dejaron pasar, sin darse cuenta, la hora en que se debía cursar la orden que establecería el momento del ataque en Occidente. Cuando Keitel regresó a mi oficina, le pregunté si Hitler había dado dicha orden. Keitel salió de nuevo apresuradamente para dirigirse al despacho de Hitler, regresando pocos minutos después: Hitler había establecido que la ofensiva comenzase el 12 de noviembre, a despecho de las razones expuestas por Brauchitsch y pese a que la fecha estaba, evidentemente, demasiado cercana.
Transmití telefónicamente la orden al Mando Supremo del Ejército, y no me sorprendió en absoluto la respuesta de mi interlocutor, el teniente coronel Heuzinger, quien objetó que para transmitir una orden tan extraordinaria e inesperada como aquélla debía recibir antes una confirmación por escrito.
Acogí con calma el hecho de que la fecha de esta ofensiva fuera retrasada nada menos que trece veces, con ridículos aplazamientos que, en ocasiones, eran tan sólo de dos a siete días. Esta manera de proceder anulaba cualquier plan previsto. No obstante, el general Jodl consiguió demostrar su habilidad en abril de 1.940, durante la campaña de Noruega. A los primeros indicios de crisis, Hitler dio un triste espectáculo de debilidad y se mostró dispuesto a abandonar Narvik, objetivo principal de la campaña. Sólo la firme actitud de Jodl le contuvo.
Las presiones a las que Jodl se vio expuesto en este mismo período se pusieron de relieve con motivo de la participación italiana en la guerra. Hitler hacía todo lo posible para inducir a Mussolini a comprometerse, recurriendo a presiones y halagos. En cambio, Jodl, y con él los oficiales más jóvenes de su Estado Mayor, se oponía a ello, y hasta llegó a presentar a Hitler un informe en el que exponía sucintamente todos los motivos que desaconsejaban la intervención de Italia en el conflicto. Debido a esta circunstancia, los oficiales de la Sección operativa del OKW quedaron mucho más anonadados y perplejos cuando, tras el primer encuentro de Hitler con el Duce, después de estallar la guerra, cambió bruscamente la situación. El 19 de marzo de 1.940, observa Jodl en su diario, Hitler regresó de la reunión del Brénnero «radiante y muy satisfecho» porque Italia parecía dispuesta a entrar en guerra cuanto antes. La política, como sucedía frecuentemente en aquel Mando Supremo, había dejado a un lado, sin consideración alguna, las exigencias de tipo militar.
Al final, se constituyó un mando unificado y repartido de manera racional al principio de la campaña de Occidente. La Sección de operaciones del Estado Mayor del OKW había proyectado establecerlo en Ziegenberg, junto a Bad Nauheim, en los montes Taunus. El edificio estaba ya dispuesto y también se habían llevado a cabo los preparativos para la instalación del mando, pero Hitler no aprobó el proyecto. Evidentemente, no le apetecía vivir en una residencia de campo o verse rodeado de cuadras, caballos y una granja. En consecuencia, ordenó que se preparasen para el puesto de mando tres grupos de casamatas en la retaguardia del frente occidental: uno en el sector norte, otro en el centro y el último en el sur. A la vez, se tomaron las disposiciones necesarias para que el Estado Mayor pudiera seguir al tren del Führer en otro tren especial.
El Mando Supremo se reunió por primera vez el 10 de mayo de 1.940. Pero esto no bastó para hacerlo más compacto, ya que seguían latiendo en su interior las antiguas divisiones. Hitler y su círculo inmediato -compuesto, en lo concerniente al elemento militar, sólo por Keitel, Jodl y sus ayudantes- vivían en las casamatas de la denominada zona 1 del mando. El resto del Estado Mayor, limitado a un exiguo número de oficiales y al mínimo indispensable del personal de servicio estaba alojado en una granja cercana, denominada zona 2 del mando. Otras Secciones del Estado Mayor trabajaban en el tren especial, detenido a corta distancia; otras, junto con los restantes servicios y oficinas del Mando Supremo, se habían quedado en la residencia anterior, en Berlín, donde se hallaba también el Mando Supremo de la Kriegsmarine.
Los altos oficiales del Ejército tuvieron que alojarse en un pabellón de caza en las proximidades de Bonn. También Goering, con el Estado Mayor de la Luftwaffe, se había trasladado a las cercanías en su tren especial, lo mismo que Ribbentrop y Himmler, los cuales se consideraban miembros del Mando Supremo.
En el Felsennest, «nido sobre la roca» -nombre con que Hitler bautizó su puesto de mando-, el ambiente estaba determinado, en general, por nuestras brillantes victorias en la campaña de Occidente, que habían superado las esperanzas de todos. Pero a pesar de esos éxitos, a medida que se hizo evidente que el verdadero Mando Supremo estaba constituido por el Alto Mando del Ejército, en estrecha colaboración con la Luftwaffe, y que el Mando Supremo o, mejor dicho, la Sección operativa del Estado Mayor del OKW, estaba prácticamente desautorizado, comenzó a cundir el descontento.
De este modo, se llegó, a finales de mayo, a aquella serie de acontecimientos que pasaron a la historia con el nombre de drama o milagro de Dunkerque, según el punto de vista desde el que se considere. Los historiadores podrán estar de acuerdo o no sobre la parte de responsabilidad que el comandante del Grupo de Ejércitos A, von Rundstedt, tuvo con Hitler en esta victoria perdida.
Pero a quienes se encontraron implicados directamente en el asunto no les cabe ninguna duda de que la batalla de Dunkerque no habría concluido en un fracaso de haber dejado al Ejército decidir la situación.
Si no hubiera sido por Hitler, nadie habría prestado la menor atención a las baladronadas de Goering, quien afirmaba que la Luftwaffe era suficiente por sí sola para cercar por mar a las unidades franco-británicas; porque, en realidad, no se trataba más que de una jugada, discutible militarmente y políticamente astuta, encaminada a impedir que el Ejército se llevara toda la gloria del hecho bélico.
En semejante situación, no tenían efecto alguno las objeciones expuestas por los oficiales del Mando Supremo.
Habitualmente, se les informaba de las decisiones de Hitler después de tomadas, y los argumentos que aducían para oponerse a ellas no pasaban ya de Jodl.
El general Walter Warlimont, nacido en 1.894, ingresó en el Ejército alemán en 1.913 con el grado de cadete. Durante casi toda la Primera Guerra Mundial combatió en Artillería, en el frente occidental y en el italiano. Después de la guerra prestó servicio por breve tiempo en el Freikorps. En 1.921 entró en la Reichswehr y fue destacado, por su preparación, al Estado Mayor General. En 1.936 se reincorporó a la Artillería como comandante de grupo, y tres años después pasó de nuevo al Estado Mayor General. En 1.936 fue enviado a España como plenipotenciario militar alemán ante el gobierno de Franco, y al año siguiente, otra vez en Artillería, ascendió a coronel. En 1.938, se convirtió en jefe de la Sección de Defensa Nacional del OKW, a las órdenes directas de Hitler, y permaneció en el Mando Supremo hasta julio de 1.944, cuando fue herido en el atentado contra el Führer. Después de la guerra pasó nueve años en un campo de prisioneros, y en las cárceles de Landsberg, donde comenzó las investigaciones históricas que no ha abandonado desde entonces. En 1.962, publicó en Alemania una relación sobre sus servicios prestado en el Mando Supremo.
A continuación veamos cómo quedó la situación de muchos países «neutrales» tras los primeros meses del conflicto.
LA SITUACIÓN DE LOS PAÍSES NEUTRALES – Europa y América, 1.940
Durante el «primer acto» de la guerra, la zona de operaciones se limitaba a Europa occidental y al Norte de África, en un gran triángulo cuyo vértice se hallaba en el cabo Norte y la base se extendía desde El Cairo hasta el golfo de Vizcaya. Muchos de los países incluidos en esta zona se habían visto arrastrados por el conflicto a pesar de sus esperanzas de permanecer al margen del mismo. Suecia y Suiza fueron las únicas excepciones, pero se encontraron en medio de los territorios dominados por el Eje. A fines de 1.940 la zona de expansión alemana en Europa casi había alcanzado su límite máximo, y fuera de ella todos los países que no formaban parte de la Commonwealth británica estaban todavía al margen del conflicto, con variantes que oscilaban entre la neutralidad comprometida de Estados Unidos y la rigurosa no beligerancia de Portugal.
El bloqueo marítimo que los Aliados impusieron, casi inmediatamente después de estallar la guerra, había sido la primera medida aceptada por los países neutrales: todo el comercio mundial procedente de Europa o dirigido hacia ella quedó prácticamente sometido a la intervención inglesa. Inglaterra, fiel a su tradición naval, intentaba paralizar a su enemiga Alemania mediante esta forma de «guerra económica», bloqueando el comercio exterior germano e interviniendo las importaciones de los países neutrales vecinos, a fin de que no pudieran exportar sus excedentes al Tercer Reich. La fiscalización inglesa estaba justificada por la convención que reconoce al beligerante el derecho a inspeccionar el eventual «contrabando» ejercido por los buques enemigos, pero interpretada de modo que casi todas las importaciones alemanas fueron declaradas contrabando. Los barcos de carga que tenían como último destino un puerto alemán eran capturados.
Los mercantes neutrales, exentos legalmente de las cortapisas que representaba el bloqueo, constituyeron un elemento vital para el tráfico alemán durante la primera fase de la guerra. Pero los Aliados, que no podían interceptar su ruta sin contravenir el derecho internacional, recurrieron al procedimiento de confiscar los buques a título de represalia siempre que Alemania se hacía culpable -según su acusación- de una violación de la ley. En noviembre de 1.939 sometieron a inspección todo el tráfico naval, basándose en que los alemanes habían torpedeado barcos mercantes sin previo aviso. Cuando la drôle de guerre llegó a su fin, los Aliados habían interrumpido buena parte de las vías de abastecimiento alemanas. Las brechas más amplias en este asedio estaban representadas por la Unión Soviética y en menor medida, por Italia.
Un punto importante de los tratados que Inglaterra había estipulado con las potencias menores era que podían exportar a Alemania sus propios productos en los límites del volumen registrado en 1.938, y al mismo tiempo importar mercancías de Alemania con cierta libertad. Por su parte, los países neutrales se comprometieron a no aumentar las exportaciones a Alemania, a no reexportar lo que importaban y a intensificar las exportaciones hacia Inglaterra. Pero el resultado fue un compromiso ambiguo que, prácticamente, disgustaba a todos.
El primer gran país que renunció voluntariamente a la neutralidad fue Italia, que se puso al lado de Alemania el 10 de junio de 1.940. No entró en la guerra hasta el momento en que la victoria alemana en Europa parecía definitiva, y entonces no quiso esperar más para no ser excluida en el reparto del botín. Dada la política seguida por el fascismo, era desde luego inevitable su intervención, aunque al principio los Aliados habían esperado que, por lo menos, se mantuviera realmente neutral. También habían intentado concluir un acuerdo comercial con Roma; pero, en febrero, las negociaciones se interrumpieron y los Aliados interpretaron la ruptura como un indicio de la intención italiana de ponerse al lado de los alemanes en el momento oportuno. Mientras tanto, Italia se estuvo preparando. No obstante, a causa del bloqueo marítimo, no pudo acumular grandes reservas de material bélico, por lo que quizá no emprendió verdaderas acciones bélicas hasta octubre siguiente, cuando invadió Grecia.
Mientras la situación política y estratégica tras la caída de Francia, adquiría aspectos cada vez más definidos en Europa occidental, se iba complicando en los países balcánicos, divididos por viejas divergencias territoriales y que ofrecían abundantes motivos de roce entre Rusia y Alemania. Pero la cuestión más importante para las potencias beligerantes era el petróleo rumano.
En esta fase de la guerra, Alemania sólo contaba con tres fuentes para cubrir sus necesidades de carburante: la producción nacional de gasolina sintética, los yacimientos de petróleo soviéticos y los rumanos. Para los Aliados era importantísimo cortar el abastecimiento del enemigo, pero poco podían hacer para impedir la producción nacional y las remesas procedentes de Rusia; en cambio, podían reducir las de Rumanía. Para conseguirlo se aseguraron la opción sobre su disponibilidad, no cubierta aún por contratos, e intentaron también adquirir los barcos cisterna que se empleaban para el transporte del petróleo en la primera etapa del viaje a lo largo del Danubio. Pero el intento falló. Luego se supo que los contratos que se habían firmado con Alemania absorbían toda la producción; además, poco después, los alemanes ocuparon Rumanía, con lo que pusieron fina las esperanzas aliadas de conseguir una victoria diplomática.
Los países neutrales agredidos en 1.940 y, por lo tanto, obligados a renunciar a la neutralidad, se pueden dividir en dos grupos: los invadidos por motivos determinados por su posición geográfica y por la posesión de materias primas (Dinamarca, Noruega y Rumanía), y los ocupados por razones exclusivamente estratégicas impuestas por las operaciones militares (Bélgica, Holanda y Luxemburgo). En 1.940, otro país neutral entró en guerra, Grecia, pero al lado de los Aliados. Como su poderosa marina mercante era útil a los dos bloques, había sido presionada por uno y otro. En septiembre firmó un acuerdo comercial con Alemania, pero en octubre los italianos la atacaron desde Albania (lo que provocó el furor de Hitler), desbaratando toda la labor anterior y colocando automáticamente al país en el bando aliado. El hecho de que Grecia consiguiese mantener temporalmente la condición de beligerante se explica por su tenaz resistencia y por la falta de preparación militar de Italia.
La razón por la que ciertos países -entre ellos Rusia y los estados balcánicos- consiguieron mantenerse neutrales en 1.940 dependió, muchas veces, de la circunstancia de que las potencias beligerantes no tuvieron tiempo para ocuparse de ellos. En 1.940, la Unión Soviética estaba todavía en relaciones formalmente amistosas con Alemania, aunque ya tensas por los desacuerdos sobre la política balcánica y por la invasión soviética de Lituania. A primeros de julio de este año, cuando Rusia ocupó Besarabia, habían amenazado los yacimientos petrolíferos rumanos, lo cual, junto con la caída de Francia, convenció a Hitler de que había llegado el momento de preparar una ofensiva en el este. Por lo tanto, la neutralidad soviética no duraría mucho.
En cuanto a los Balcanes, Hitler estaba convencido de que caerían en su poder tan pronto como conquistase la Unión Soviética. La ambición personal de Mussolini aceleró el fin de su neutralidad y alteró los planes de Hitler.
Los seis que permanecieron al margen
Los restantes países europeos consiguieron mantenerse neutrales por razones geográficas. Casi todos eran periféricos respecto de la zona dominada por los alemanes: Turquía al Este; España y Portugal al Sudoeste, y, finalmente, Irlanda.
Solo hubo dos excepciones: Suiza y Suecia. ¿Por qué no fueron invadidas? Es sorprendente que Alemania, después de haber ocupado Dinamarca y Noruega, no invadiera Suecia, ya que así habría podido dominar directamente las fuentes de abastecimiento de los minerales de hierro. Los yacimientos se encontraban en el extremo septentrional, y el mineral se enviaba por ferrocarril hasta el puerto de Narvik, permanentemente libre de hielos; o bien era transportado por ferrocarril o por mar a Luleaa, donde se cargaba en barcos con dirección al golfo de Botnia. Pero, con la ocupación de Dinamarca y Noruega, los alemanes habían cerrado esas dos líneas de abastecimiento a los Aliados, por lo que no era muy necesaria una invasión de Suecia.
No obstante, la neutralidad de dicho país fue precaria y ambigua, porque Alemania la dominó en muchos aspectos, obligándola, por ejemplo, a dejar paso libre a los trenes militares que salían de Narvik o se dirigían allí.
Otro país que también conservó la neutralidad fue Suiza. Bien defendida, como Suecia, y con la ventaja de la naturaleza montañosa de su suelo, contaba además con una larga tradición de neutralidad y resultaba útil a ambas partes como lugar de entrevistas y como sede de los pocos organismos internacionales entonces existentes.
La actitud de los neutrales periféricos variaba mucho de un país a otro. España, como es obvio, estaba a la sazón muy vinculada a los países del Eje. Sin embargo, tenía motivos válidos para mantenerse fuera del conflicto, aun siendo un punto clave en la ruta del Norte de África y de Gibraltar, y pese a contar con puertos que hubieran sido útiles a los alemanes. El país acababa de reponerse a duras penas de la guerra civil, y su economía se hallaba en dificultades. En caso de intervención, Gibraltar habría podido resistir un ataque porque estaba fuertemente defendido, y en cambio las provincias españolas septentrionales se hubieran visto expuestas, como represalia, a un ataque inglés por el mar. Franco formuló además una serie de condiciones, para la entrada de España en la guerra, que Alemania rechazó. El Gobierno de Madrid permaneció neutral hasta el fin.
Portugal, a pesar de sus simpatías por los Aliados, se mantuvo rigurosamente neutral, y el Gobierno, empeñado en la difícil tarea de conciliar esta imparcialidad con la tradicional amistad con Inglaterra, se vio muy apurado cuando el sentimiento popular manifestó su apoyo con una numerosa suscripción al «préstamo Spitfire». Por otra parte, procuró mantener siempre buenas relaciones con España para hacer de la Península una «zona de paz», ya que si España entraba en guerra, le habría sido muy difícil a Portugal salir de su seguro aislamiento.
También la neutral Turquía se inclinaba por los Aliados. Suscribió incluso un pacto con Francia e Inglaterra por si la contienda en el Mediterráneo tomaba determinado sesgo. Lo tomó, efectivamente, al producirse la invasión italiana de Grecia en octubre de 1.940, pero los ingleses reconocieron que la intervención turca no tendría peso, dada la debilidad del país.
Otro país de Europa occidental que consiguió mantenerse alejado del conflicto fue Irlanda. Aunque miembro de la Commonwealth, decidió no intervenir por consideraciones consecuentes con su política prebélica.
La ayuda americana
En el ámbito extraeuropeo, los Estados Unidos permanecieron neutrales durante todo el año 1.940, e indujeron a la neutralidad a todos los países de las dos Américas. Esta posición se adoptó en la conferencia de Panamá al estallar la guerra, y en la de La Habana, en junio de 1.940. Excepto Argentina y una minoría de la opinión brasileña, todos los demás países deseaban la derrota de los alemanes, pero también querían permanecer neutrales todo el tiempo que fuera posible.
La Ley de Préstamos y Arriendos, de importancia vital para Inglaterra, se promulgó más tarde. En febrero de 1.940, llegaron a Gran Bretaña algunos aviones que constituían la primera ayuda de Washington. Después de la caída de Francia, el Gobierno estadounidense se empeñó en una ayuda concreta y, ante la consternación de gran parte de sus ciudadanos, envió a Inglaterra enormes cantidades de armas. En septiembre se expidieron a Gran Bretaña cincuenta destructores, y desde entonces los Estados Unidos fueron más neutrales de nombre que de hecho.
A fines de 1.940, muchos países neutrales se habían visto envueltos en el conflicto muy a pesar suyo, y otros estaban empeñados en una próxima beligerancia. La guerra estaba dejando de ser una cuestión exclusivamente europea, para transformarse en una conflagración mundial.
CONSECUENCIAS DE LA DERROTA
Casi inmediatamente después del ejército invasor, llegaron a Francia los «batallones» de burócratas para poner en marcha el régimen de ocupación: gobernadores militares con su séquito de funcionarios, el «Propagandastaffel» (oficina de propaganda), los «Devisenschutzkommandos» (organismos para proteger la moneda alemana), etc. La vida francesa, en muchos de sus aspectos, cambió rápidamente al ser reglamentada mediante una serie de disposiciones sutilísimas, y el país se encontró en vías de «recuperación» después de la deprimente derrota. Pero esta «recuperación» asumió, a menudo, aspectos muy extraños.
A las 12.30 del 17 de junio de 1.940, el nuevo Primer Ministro, mariscal de Francia Philippe Pétain, dirigió al pueblo el siguiente mensaje radiado:
«¡Franceses! Aceptando la invitación que me ha dirigido el Presidente de la República, tomo desde hoy las riendas del Gobierno. Tengo fe en la lealtad de nuestro magnífico Ejército que con un heroísmo digno de sus antiguas tradiciones, está luchando con un enemigo superior en número y en medios. Me consta la maravillosa resistencia con que ha cumplido su deber, y cuento con el apoyo de los viejos combatientes que me enorgullezco de haber tenido a mis órdenes. Ofrezco ahora incondicionalmente mis servicios a Francia, con el fin de aliviar sus sufrimientos.
En esta hora amarga, mi pensamiento se dirige a los desgraciados fugitivos que llenan las carreteras de Francia, y siento un inmenso dolor por su triste condición. Hoy, con el corazón dolorido, os comunico que los combates deben cesar.
Ayer por la tarde me puse en contacto con el adversario para preguntar, de soldado a soldado, si después de cesar el fuego, y con unas condiciones honorables, estaría dispuesto a encontrar el modo de poner fin a las hostilidades.
Quisiera que todo el pueblo francés pudiera reunirse alrededor del Gobierno del que asumo la presidencia en esta hora de tribulación; que cada uno de vosotros ahogase su propio dolor personal y volviera a poner su fe en el destino de la patria.»
La reacción a esta llamada fue inmediata y determinante. Todos los franceses escucharon las palabras del nuevo jefe del Gobierno: en París y en las ciudades más importantes de la Francia no ocupada, donde todavía se editaban periódicos, la gente pudo leer en seguida el discurso, por lo que, al cabo de pocas horas, toda la nación estaba al corriente del mismo.
La importancia de la decisión de Pétain derivaba del prestigio personal del mariscal, que entonces gozaba del favor popular casi unánime, especialmente entre los numerosos poilus (sobrenombre con el que se conocía a los infantes durante la primera Guerra Mundial). Para el país, quien hablaba no era el Primer Ministro, sino el gran mariscal, comandante de los Ejércitos victoriosos de 1.918. Había que creerle si afirmaba que había llegado el final: el final de la guerra, de los sufrimientos y quizás, también, el final de la grandeza de Francia.
Aceptar la idea del armisticio así sugerida no significaba falta de patriotismo. ¿Quién hubiera osado discutir una decisión tomada por un viejo mariscal, cuando éste aseguraba que había llegado la hora de olvidar los prejuicios y de solicitar las condiciones, no ya de redención, sino de armisticio?
Dunkerque: una especie de coartada mental
La evacuación de Dunkerque dejó un sabor amargo en los franceses. Puesto que nadie podía imaginar entonces que la retirada facilitaría más tarde la victoria, les ofreció una especie de coartada mental, una excusa para poder aceptar el hecho. Admitían que Francia había sido derrotada porque Inglaterra la había abandonado, lo cual demostraba que aquella proyectada unión, tal como temieron siempre los franceses, fue una idea magnífica pero irrealizable. No era más que un plan de la «pérfida Albión» para apoderarse de las colonias francesas. En cuanto a la idea de Winston Churchill de defender París casa por casa y de empezar las guerrillas en Francia, horrorizaba a quien oía hablar de ello. Esto significaría ignorar la realidad de los hechos, y, además, sería un desastre para la población civil. Una guerrilla a escala nacional, basada en la resistencia hasta la muerte y en la destrucción total de los centros habitados, requería condiciones completamente distintas de las que existían en un país tan desarrollado y relativamente pequeño como Francia, y que, por añadidura, en aquellos momentos, estaba desmoralizado.
Por otra parte las condiciones de armisticio ofrecidas por los alemanes eran mucho menos duras de lo que temían los franceses o de las que merecía Gran Bretaña, ya que no imponían la rendición de las colonias ni la de la Marina, y ni siquiera les obligaban a ponerse al servicio del Eje para luchar contra Inglaterra. La primera pregunta de Weygand, cuando el general Huntziger le comunicó por teléfono las condiciones del armisticio, fue: «¿Y la flota?» Al oír la respuesta del general de que los alemanes no habían exigido su rendición, suspiró con alivio. Por si era poco, se consiguió otra concesión de los alemanes: la Flota podía permanecer fondeada en los puertos de Ultramar. ¿Qué otra cosa mejor podían esperar los franceses… y los ingleses? Parecía que lo peor había pasado.
Esta impresión se adueñó de la multitud, moral y físicamente abatida, y contribuyó a suscitar los contrapuestos sentimientos con que acogió la perspectiva de poner un fin inmediato a sus sufrimientos. El Gobierno, el Alto Mando y el pueblo estaban convencidos de que Inglaterra sucumbiría también y de que el final de la guerra estaba ya próximo. Hubiera sido difícil censurarles por esta convicción.
No obstante, y a pesar de los aplausos con que se acogió en muchas ciudades el mensaje de Pétain, también era bastante general el sentimiento de una desolada resignación. Muchos franceses lloraron al oír la voz cansada del viejo soldado anunciando la dura decisión; otros fueron presa de un abatimiento tan profundo que, en algunos casos, llegó hasta el suicidio, y no faltaron, finalmente, quienes vertieron su resentimiento contra los políticos culpables de las desgracias del país.
Pero lo cierto es que una gran parte del pueblo francés se mantuvo al margen de esta efervescencia. Había muchos elementos pasivos, y también muchos oficiales, que anteponían la disciplina a todo, especialmente entonces, cuando habían perdido los medios y la voluntad de luchar. Estaban derrotados, y en su presunción profesional no podían admitir que Inglaterra no tuviera que sufrir la misma suerte.
Existía asimismo una exigua minoría de elementos activos que, a veces, desempeñaron un papel decisivo en la tragedia. Se trataba del reducido grupo de fascistas extremistas, los nazis de Francia. Éstos habían deseado ardientemente la victoria de Alemania -quizás habían colaborado en ella-, con la esperanza de hacer triunfar en su patria sus ideologías.
Otro grupo estaba constituido por los que formaban parte del Gobierno o pertenecían a los ambientes políticos, quienes aceptaron el armisticio como el menor de los males y abogaron por esta solución. Entre ellos figuraba Weygand y su Estado Mayor, movidos principalmente por razones militares, pero también por otras causas de orden político. Otro sector, como los políticos capitaneados por Pierre Laval, funcionarios estatales, exponentes del mundo económico y teóricos políticos, como el periodista monárquico Charles Maurras, veía en el armisticio la ocasión más propicia para curar a Francia de sus evidentes males crónicos, para darle una constitución más de acuerdo con los «tiempos modernos» y, sobre todo, más predispuesta a la colaboración con las dos dictaduras dueñas del continente. Hubo, incluso, quien pensó en una Francia que ocuparía el puesto de Italia como aliada de segundo orden de Alemania.
Pero no se deben interpretar torcidamente estas actitudes francesas: quienes las sustentaban eran patriotas sinceros, que consideraban como deber personal adoptar unas actitudes realistas; hombres convencidos de que debían salvar a Francia de una destrucción total y asegurarle un porvenir más prometedor y aceptable. Para ellos, el armisticio era solamente el primer paso hacia una paz razonable.
Finalmente estaban «los otros», los que se resistían, negándose a resignarse, a adaptarse o a bajar la cabeza frente al supuesto inexorable destino. Eran pocos y aislados, y cuando proclamaban su propia indignación nadie les escuchaba. Necesitaban algo o alguien que polarizase sus energías latentes, dispersas, pero potencialmente fuertes. Y no tuvieron que esperar mucho. El 17 de junio, el mismo día en que el mariscal Pétain comunicaba al pueblo francés la derrota, el general De Gaulle llegaba a Inglaterra a bordo de un avión británico, y por la tarde habló también él a los franceses, pero en un tono muy distinto:
«Creedme, ¡nada se ha perdido para Francia! Los mismos sistemas que nos han llevado a la derrota podrán conducirnos un día a la victoria. ¡Porque Francia no está sola! ¡No está sola! Esta guerra no se limita exclusivamente al desgraciado territorio de nuestro país; no se reduce a la batalla de Francia. Es una guerra mundial. Todos los errores, las dudas, los sufrimientos, no bastan para cambiar la realidad innegable de que existen en el mundo medios suficientes para destruir un día al enemigo… ¡De ello depende el destino del mundo!»
Sus palabras no causaron en aquel momento un gran efecto en el pueblo francés. En primer lugar, pocos las escucharon. Y, además, ¿quién era aquel general De Gaulle? Se le conocía solamente en las esferas militares y quizás en el Parlamento, donde Reynaud había hablado de sus ideas sobre la guerra acorazada. Pero en 1.940, los franceses lo rechazaron con un encogimiento de hombros. Sin embargo, una minoría bastante limitada escuchó su llamada: una minoría compuesta por quienes tuvieron el honor de poder definirse como los primeros gaullistas.
Aunque a escala muy reducida, constituyeron una muestra representativa de todo el pueblo francés: hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, militares de carrera e intelectuales, capitalistas y obreros, funcionarios de todas las categorías, campesinos, pescadores, extremistas de derechas y de izquierdas, como, por ejemplo, los comunistas que no aceptaban las directrices de Moscú. El vínculo que unía a todos estos «resistentes del primer momento» era, desde luego, el patriotismo, pero existía también otra gran mayoría de patriotas, igualmente sinceros, que seguían a Pétain. Para ser un resistente del primer momento como De Gaulle, e incluso antes de que De Gaulle hubiera expresado las razones por las que se debía resistir, hacía falta tener algo más que patriotismo; algo que De Gaulle poseía en sumo grado: una obstinación que incluso le hizo rechazar la aceptación del hecho.
Unos sencillos pescadores bretones ofrecieron en este sentido un ejemplo maravilloso: el 19 de junio un barco, L’Oiseau des Tempêtes, zarpó del pequeño puerto de Le Primel hacia Inglaterra. El 23, el 24 y el 25 de junio otros tres salieron de Sein, la isla más occidental de la Bretaña, que contaba en total 1.100 habitantes, transportando a Inglaterra 133 personas, es decir, toda la población masculina comprendida entre los catorce y los cincuenta y un años. Los bretones eran por tradición enemigos de Inglaterra, pero no habían sido nunca conquistados por nadie; y la obstinación bretona es proverbial en Francia.
Muchedumbres doloridas de fugitivos
Al concluir las operaciones militares, las tropas alemanas empezaron un nuevo desplazamiento. Con gran satisfacción por parte de las poblaciones, evacuaron la parte del territorio libre que habían invadido y tomaron posesión de las zonas no ocupadas todavía, a lo largo de la costa atlántica. Se distribuyeron con orden, a fin de constituir un número suficiente de guarniciones en la Francia ocupada. Así, pues, el grueso del Ejército se situó al Norte, disponiéndose a lo largo de las costas del canal de la Mancha para prepararse y llevar a cabo la acción subsiguiente: la invasión de Inglaterra.
Pero los alemanes retenían, en la zona Sommer-Aisne, de 700.000 a 800.000 prisioneros, ya que hasta aquel momento había faltado el tiempo y los medios de transporte para trasladarlos a Alemania. Nadie sabía qué hacer con aquella masa humana, a la que era preciso alojar y alimentar. Resultaba casi imposible improvisar acantonamientos decentes y fue una fortuna para aquellos infelices que fuera verano. Se improvisaban campos de prisioneros en cualquier parte: en las escuelas, en als barracas, en las cárceles e incluso al aire libre, bajo una vigilancia muy suave, ya que no solamente los prisioneros, sino incluso los centinelas estaban seguros de que muy pronto serían puestos en libertad.
Esta convicción tuvo los más diversos efectos: disuadió a muchos prisioneros de intentar una evasión que hubiera sido fácil, e indujo a otros a salir tranquilamente del campo, a vestirse con ropas de paisano y regresar a sus casas. Algunos comandantes de campo llegaron a poner espontáneamente en libertad a muchos de sus prisioneros. Un sargento de Aviación francés sustituyo los botones de latón de su uniforme por botones negros, que le daban aspecto de chófer, y se alejó sin ser molestado.
Un sargento de Infantería consiguió comunicar a su esposa dónde se encontraba internado. Y la mujer se presentó valientemente al comandante del campo pidiendo y obteniendo la libertad del marido. Le extendieron una licencia con la orden de presentarse al mando militar de París. Después, obtuvo una prórroga de duración indefinida que le permitió reanudar su trabajo y vivir en su casa, con la única condición de presentarse cada día, vestido de uniforme, en la oficina de mando. Poco a poco, los alemanes, cansados de verle comparecer cada veinticuatro horas, le dijeron que se presentara solamente una vez a la semana, y después una vez al mes. Con el tiempo, su uniforme se gastó, y como no existía una administración francesa capaz de procurarle otro, le permitieron presentarse vestido de paisano. Al final, fue exonerado de tal requisito.
El problema más agudo era el de los transportes, a cause de la gran escasez de medios disponibles. Habían sido destruidos casi 2.500 puentes y 1.300 estaciones ferroviarias; los raíles del tren y las carreteras también resultaron muy dañados; faltaba el carburante y la energía eléctrica; el material robado de que se disponía era escaso, y las autoridades del territorio libre se mostraban comprensiblemente reacias a enviar trenes hacia el Norte, ante el temor de no volverlos a ver.
Un estado de ánimo de «fin del mundo»
Existían además otras dificultades muy serias: el aumento inesperado de la población creó enormes problemas de alimentación e higiene. Artículos de primera necesidad, como la carne y el pan, escaseaban y tuvieron que racionarse. Por otra parte, era evidente el peligro que corría la salud de muchos fugitivos, obligados a dormir en coches durante semanas enteras, al aire libre o en casas llenas de gente y sin instalaciones higiénicas. Afortunadamente, la estación y las condiciones atmosféricas -era un verano maravilloso- contribuyeron a aliviar los sufrimientos y no hubo que lamentar ningún tipo de epidemias como viruela o tifus.
Antes de que los alemanes pudieran disponer la repatriación de los millones de fugitivos, muchos de ellos ya habían empezado a desplazarse por propia iniciativa. Se registró entonces un movimiento de migración, en pequeña escala, hacia el «territorio libre». El 29 de junio, el Gobierno se trasladó desde Burdeos a Vichy, escogida como capital a cause de las posibilidades de alojamiento que ofrecían sus numerosos y grandes hoteles, y los funcionarios tuvieron que trasladarse con sus oficinas centrales. Asimismo, llegaron a Vichy muchos judíos, aunque no todos; también fueron allá los antifascistas, extranjeros o franceses, que temían represalias, y asimismo todos los franceses que no podían soportar la idea de vivir bajo el dominio alemán. Excepto los funcionarios gubernativos, los demás tenía que arreglárselas solos para llegar a la zona libre, y ciertamente no podían contar con la ayuda alemana, ya que los nazis hubieran obstaculizado cualquier emigración si hubieran tenido tiempo para controlar la línea de demarcación. Así, pues, durante cierto período de tiempo, muchos de los que querían trasladarse al territorio libre pudieron hacerlo, aunque superando no pocas dificultades.
Pero lo que la gran mayoría de fugitivos deseaba más que nada era volver a sus casas, fuera en la zona que fuera, y algunos ya habían empezado a hacerlo, incluso antes del mensaje del mariscal del 17 de junio. Se trataba de quienes habían sido alcanzados por las tropas alemanas cuando estaban aún a poca distancia de sus hogares, o de todos aquellos a quienes les faltó un medio de transporte o les fallaron las fuerzas en las primeras etapas de la fuga. Todos ellos sí contaron con la ayuda del Ejército alemán. En efecto, la política de ocupación se basaba en el lema «todos a casa, al propio negocio, a la fábrica, a la oficina o al campo».
La propaganda alemana no dejó de aprovechar esta ocasión. Un gran cartel, de colores llamativos, que recordaba a los franceses su deuda de gratitud hacia el Ejército alemán, mostraba a un soldado nazi con un niño en brazos y otros dos que se le acercaban confiadamente. A la imagen la acompañaba una leyenda en letras muy grandes: «¡Pueblos abandonados, confiad en el soldado alemán!»
La desolación del retorno
Pero a su regreso, los fugitivos encontraron una Francia completamente distinta. Ciudades y campos tenían un aspecto extraño. Muchos centros habitados, grandes y pequeños, estaban en ruinas, a veces completamente arrasados por los bombardeos y por los incendios. Algunas poblaciones parecían muertas, pues faltaban, total o parcialmente, los elementos típicos de la vida moderna: el gas, la electricidad y el agua, y muchas veces faltaban incluso los víveres. También los hospitales estaban vacíos, sin médicos y sin personal, y los bancos estaban cerrados, por lo que escaseaba el dinero.
El hecho que más llamaba la atención era que las tropas alemanas se comportaban exactamente como en una guarnición corriente, como si fueran soldados franceses en su patria, y junto con sus auxiliares femeninas, llamadas «ratones grises» por el color de sus uniformes, se convirtieron muy pronto en un elemento normal del paisaje ciudadano. Si bien a veces parecían olvidar las órdenes respecto a la requisa dictadas por sus mandos, y tomar sin demasiados miramientos lo que necesitaban, en conjunto su conducta era «correcta», palabra que la población repetía con frecuencia.
No fueron pocos los franceses que, perplejos quizás ante la inesperada indulgencia de los «bárbaros del Este», intentaron apaciguar a aquellos vencedores aparentemente bien dispuestos, mostrándose amables, hablando con ellos, indicándoles el camino, encendiéndoles el cigarrillo y hasta ofreciéndoles de los suyos. Pero la presencia de los alemanes y lo que ello significaba se revelaban de otra forma, quizá más significativa y sin duda más siniestra, mediante los innumerables bandos fijados en las paredes. Aparte de aquel «en beneficio de los fugitivos», eran numerosas las proclamas y las disposiciones del Alto Mando alemán en Francia, que había asumido la suprema autoridad y ejercitaba el derecho de potencia ocupante, lo cual significaba que la organización de la vida civil estaba subordinada a las necesidades y a las ideas de los alemanes.
El principio fundamental, establecido en el primer párrafo del armisticio, afirmaba la absoluta prioridad de la autoridad alemana. Alemania ejercería sus propios derechos soberanos por el trámite de los funcionarios civiles franceses, pero las leyes alemanas tendrían prioridad sobre la legislación francesa. En realidad, los alemanes, cuando no encontraban a su llegada una autoridad local de iure, nombraban una de facto, escogiendo para ello al ciudadano que les inspiraba más confianza de los que habían quedado. Hay que reconocer que en algunos casos, como por ejemplo en Orleáns, este sistema evitó muchos males. Los alemanes sabían movilizar tanto a la policía francesa como a los paisanos para que colaborasen en la aplicación de las leyes y de las ordenanzas alemanas, o bien para emplearlos en los servicios de vigilancia contra el sabotaje, los robos y, en general, contra toda acción considerada perjudicial para las fuerzas de ocupación.
Dos países extranjeros
El armisticio dividió Francia en dos: la zona ocupada y la zona llamada libre, o sea no ocupada. Pero en vez de dos partes divididas de un mismo país, en muchos aspectos parecían más bien dos países diferentes. La circulación de bienes y de personas estaba vigilada, y para ir de una zona a otra los franceses necesitaban un salvoconducto extendido por las autoridades alemanas.
Por razones de índole administrativa, los vencedores dividieron la zona ocupada en cuatro distritos militares: el gran París, y los distritos del Noroeste, del Sudoeste y del Nordeste. Los Feldkommandaturen (mandos regionales) y los Ortskommandaturen (mandos locales) representaban a las autoridades militares alemanas a distintos niveles jerárquicos.
Las órdenes dictadas por los ocupantes eran tan detalladas que cada uno de los aspectos de la vida de los ciudadanos franceses estaba regido por alguno de sus párrafos: todas las armas de fuego, las municiones y los aparatos transmisores tuvieron que ser entregados a las autoridades municipales francesas; no hacerlo podía ser castigado con la pena de muerte. La propaganda anti alemana y las agresiones a miembros de las fuerzas de ocupación eran castigadas con la misma pena, así como el sintonizar emisoras que no fueran las alemanas o las francesas del territorio metropolitano. Castigos igualmente duros estaban previstos para quien hubiera prestado ayuda a los enemigos del Reich. Naturalmente, uno de los crímenes más graves era el sabotaje, y el concepto referente a esta forma de oposición se extendía a todas sus posibles manifestaciones, desde el sabotaje económico (daños en las cosechas, a las instalaciones industriales o a los depósitos; huelgas, reuniones de huelguistas, paros, etc.), hasta los daños ocasionados a las obras de arte o a los manifiestos que las autoridades alemanas habían fijado en las paredes. Se impuso el toque de queda -en los primeros tiempos a las nueve de la noche- y la censura para la prensa.
El 20 de junio se promulgaron importantes disposiciones respecto a las finanzas, una de las cuales hacía extensiva a Francia la institución de las Reichskreditkassen (instituto de emisión monetaria creado durante la guerra para las tropas de los territorios ocupados). Además de realizar todas las operaciones bancarias, el nuevo organismo emitía los Reichskreditkassenscheine, billetes de banco de curso legal en el país, como el franco. Otra innovación financiera fueron los Devisenschutzkommandos, que congelaron inmediatamente las cuentas bancarias extranjeras y bloquearon las cuentas de ahorro. Todas las cajas de seguridad tuvieron que ser abiertas por el titular (o por un representante legal del mismo) en presencia de un funcionario de los DevisenschutzkommandosI, y el dinero líquido francés fue transferido a una cuenta a favor del propietario, junto con un comentario de tono moralizador, como «Usted no ha cumplido con su deber de buen francés» o bien «El dinero no debe permanecer inactivo».
A la creación de estas estructuras seguía poco después una manifiesta y más bien burda propaganda. No solamente las proclamas y decretos se basaban en el tema del bienestar de la población francesa y en temas análogos, sino que también muchos folletos, transmisiones radiofónicas e improvisadas charlas dirigidas a la población por oficiales alemanes, además de los intercambios de puntos de vista con las autoridades locales y otras personalidades, perseguían el mismo fin. Junto con los Devisenschutzkommandos llegó a Francia el Propagandastaffel.
Los alemanes, como era fácil prever, se apresuraron a intervenir en la prensa francesa. Los periódicos de París, siguiendo las disposiciones del Gobierno, se habían trasladado con él a Burdeos, y desde el día 11 de junio no salían ya diarios en la capital. El primero en reaparecer, el 15 de junio de 1.940, conservando su antiguo y ya incongruente título, fue La Victoire. Su director y propietario era Gustave Hervé, un extraño personaje que en 1.914 había abandonado el militarismo extremista y en 1939 acabó por inclinarse hacia el nacionalismo más exacerbado. Después de haber escrito virulentos panfletos antialemanes hasta el 10 de junio, a partir del 15 empezó a escribir otros germanófilos, de igual violencia. No obstante, los alemanes clausuraron el periódico tres días después. Evidentemente, Gustave Hervé no inspiraba confianza a los ocupantes.
Distinto, en cambio, fue el caso de Le Matin, uno de los mejores diarios parisienses y de mayor difusión. Su propietario, Bunau-Varilla, que había permanecido en la capital, sentía verdadera simpatía hacia los alemanes. El 15 de junio volvió a editarse. Pero el día 20 apareció inesperadamente un nuevo periódico, Les Dernières Nouvelles de Paris, con el subtítulo «Diario de la recuperación económica», de neta inspiración alemana, que editaba un grupo de germanófilos poco conocidos. Algunos días después, el 30 de junio, empezó su miserable existencia La France au travail, dirigido por Jean Fontenoy, un ex comunista que se convirtió en hitleriano fanático.
Pero todo esto era aún insuficiente: faltaba un periódico de la tarde. Paris-Soir, el más importante, dejó de publicarse, lo mismo que los otros. El día 11 de junio, el Propagandastaffel lo había requisado alegando que las leyes de la guerra autorizaban a las autoridades ocupantes a requisar un periódico si tal medida estaba justificada por motivos de «interés público». Pero los alemanes, al querer adueñarse legalmente de Paris-Soir, necesitaban a alguien que pudiera representar el papel de director, y que hubiera trabajado anteriormente en el periódico. Y escogieron para ello a un ex auxiliar ascensorista que en aquel tiempo era el jefe de los vigilantes.
El Propagandastaffel, sin embargo, aspiraba a mucho más, y con fines más insidiosos: aseguraba su intención de hacer revivir en Francia la actividad cultural; pero mientras tanto, entre el 26 y el 29 de junio, había hecho demoler la estatua del general Mangin, que a partir de 1918 tuvo bajo su mando la zona de ocupación francesa en Alemania. Desde el punto de vista artístico, el monumento distaba mucho de ser una obra maestra, pero sin duda este mezquino acto de venganza no fue un gesto muy inteligente por parte de quienes intentaban conquistar el favor de la opinión pública francesa.
Cuando, tiempo después, se supo en París que los ocupantes habían volado también el monumento situado al final del dique de Zeebrugge, en Bélgica, erigido en conmemoración del ataque de la Royal Navy en 1918, los franceses ya no se sorprendieron en absoluto. Entonces empezaron a recordar la insistencia de los alemanes para firmar el armisticio en el vagón de ferrocarril de Rethondes, y se preguntaron qué se escondería tras su correcto comportamiento.
Sorpresa por el mar
Un nuevo y grave golpe, de índole muy distinta, iba a caer sobre Francia inesperadamente. El 25 de junio, el almirante Darlan confirmó, por medio de una orden especial, las instrucciones ya dictadas y según las cuales todos los navíos de la Flota, antes que caer en manos de los alemanes o de los italianos, debían dirigirse a Estados Unidos, o bien hundirse, pero en ningún caso podían ser capturados intactos. El 26 de junio dictó instrucciones concretas, advirtiendo que caso de que retirase más tarde esta orden no debía obedecerse.
En efecto, todo esto ya se lo habían prometido el 18 de junio el ministro de Asuntos Exteriores francés y el almirante Darlan al encargado de negocios americano y al embajador inglés. El 19, lord Lloyd (ministro británico de Colonias), el primer lord del Almirantazgo, Alexander, y sir Dudley Pound, primer lord del Mar, llegaron a Burdeos para discutir el problema de la Flota francesa. Se habían entrevistado con Pétain, con Lebrun, con el ministro de Asuntos Exteriores y con el almirante Darlan. Este último, en presencia del almirante Auphan, prometió solemnemente que en ningún caso los barcos franceses se rendirían al enemigo, para que éste no pudiera emplearlos contra Gran Bretaña. Antes de aceptar esta condición, los respectivos comandantes los hundirían. Gran parte de la población de la zona libre creía que los plenipotenciarios ingleses habían quedado convencidos de las medidas tomadas por los franceses (sobre todo la de trasladar la Flota al norte de África, donde los alemanes no hubieran podido apoderarse de ella), y de las garantías de seguridad ofrecidas por Francia a Inglaterra. En cambio, los ingleses no quedaron satisfechos, y la Operación «Catapult» no tardaría en demostrarlo.
Muchos franceses mantenían aún viva, como un traume, la memoria de la catástrofe de aquel verano de 1940. Sin embargo, aquella catástrofe no se produjo por casualidad. De la Francia que, amparada en el Tratado de Versalles, se sintió llamada a desempeñar un papel rector en Europa apenas si quedaba en pie la fachada al estallar la guerra en 1939. La derrota militar trajo consigo un proceso de descomposición política y económica cuyas raíces trató de examinar en el siguiente artículo el Dr. Gilbert Ziebura, profesor de Política Internacional en Constanza.
Francia hacia la derrota
Lo que acaeció a Francia en junio de 1940 supera todas las medidas de su historia nacional y hace empalidecer los momentos anteriores más sombríos. Las derrotas de 1815 y de 1870/71 le costaron al país una buena parte de su preeminencia en el contexto europeo. Pero en 1940 desaparece ya como potencia independiente. Charles de Gaulle, desesperado en su exilio de Londres, trataría de, al menos, asir un cabo de aquella madeja que sería la intervención aliada. Incluso la supervivencia del país dependía de americanos e ingleses, una victoria a la que Francia no estaba en condiciones de aportar nada decisivo. Como una circunstancia opresiva y simbólicamente desconcertante el mariscal Pétain, veinte años atrás «vencedor de Verdún», presidía lo que quedaba de Francia, desde el balneario de Vichy, una zona del país que, por el momento, Hitler no había juzgado necesario conquistar. Al formarse la Resistencia, luchó por una imagen de Francia que habría de ser la de la liberación, justo la antítesis de aquella obra que había claudicado sin gloria. 1940 fue el Waterloo de toda una sociedad y de sus fuerzas dominantes; de una sociedad con sus valores y su estilo de vida y de trabajo.
Ningún francés de cuantos lo vivieron podrá olvidar las imágenes deprimentes de aquella semana de verano. El empuje de las divisiones acorazadas alemanas se produjo con tal ímpetu, con tanta celeridad, que los conquistadores ni tan siquiera se preocupaban de hacer prisioneros. La orden era: «Tirad vuestras armas y corred hacia el sur».
Los ejércitos galos en desbandada terminaron mezclándose con el torrente caótico de fugitivos. Carreteras atascadas, la carencia de suministros, la confusión palpable en el mando militar y político,… todo esto impedía la planificación de nuevas operaciones bélicas. Bajo el fuego de los Stukas se movía un pueblo cada vez más paralizado por la desmoralización, que sólo atendía a la voz de «sálvese quien pueda». Desde el punto de vista estratégico -escribiría De Gaulle en sus Memorias- el destino de Francia se había jugado en una semana. ¿Cómo pudo ocurrir? La posición de Francia parecía claramente robustecida en 1919. No había duda de ello. El Tratado de Versalles la había convertido en la potencia indiscutible, militar y diplomáticamente, dentro del continente europeo. Esto era indispensable, al menos en el criterio de París, porque Francia era una piedra fundamental del nuevo «orden de paz». El «sistema de Versalles», que prometía mantenerse, era tan estimable como la categoría de potencia rectora que le había llegado precisamente por él.
Añoranza del ayer
Sin embargo no era un arcano, para las miradas críticas, que, desde un principio, existía ya una desproporción amenazadora entre la ambiciosa pretensión de mantener el orden internacional establecido y, en el otro extremo, la constitución interior de Francia; es decir, los recursos de los que disponía en aquel momento el país. ¿Cómo iba a poder Francia controlar adecuadamente todo un sistema internacional, agitado por revoluciones, fascismos, revisionismos y graves crisis económicas, cuando su sociedad no era precisamente la más dinámica?
Francia echó sobre sus hombros la carga política y militar del nuevo «orden»; pero el poder económico y la influencia consiguiente, la fuerza del capital y la función rectora en la economía mundial se encontraban en los Estados Unidos, que fueron los más beneficiados por la guerra. Francia no tenía voz en ese campo. Más aún, era tan dependiente de este coloso como los propios vencidos. París presintió su debilitamiento progresivo y por ello se había impuesto un tiempo para resurgir, cuando fuera amenazaba ya la tormenta. La consigna era: conservar y salvar lo salvable de aquella sociedad tradicional. Pero en la medida en que, lo más tarde a comienzos de los años treinta, se echó de ver que Francia no había resuelto sus problemas internos, su papel de potencia se demostró como simple fachada tras la cual hacía tiempo que se habían marchitado sus ilusiones. Si la propia sociedad no era lo suficientemente fuerte como para asumir el poder rector, no podía por menos de convertirse en juguete de aquellas fuerzas que ella debía gobernar y dominar. Esta paradoja fundamental fue la causa de que se derrumbara la Tercera República.
Una hacienda arruinada
¿Cuál era la realidad detrás de la fachada? De hecho, Francia había salido de la guerra más debilitada que su enemigo principal. La zona industrial más importante, situada al norte de Francia, había quedado destruida. Ni siquiera la recuperación de Alsacia-Lorena pudo compensar esa pérdida. La muerte de un aparte de su población durante la contienda llevó casi a la paralización de sus fuerzas activas. El país experimentó millón y medio de bajas (10,5 por ciento de su población activa masculina). En otros países el fenómeno fue menos grave: en Alemania murió el 9,8 por ciento de la misma; en Italia, el 6,2%, en Gran Bretaña, el 5,1% y en los Estados Unidos el 0,2%. Estas bajas no se repondrían hasta la segunda Guerra Mundial, ya que hasta ese momento el índice de mortalidad era superior al de nacimientos. Precisamente en esos porcentajes se apoyaba el pacifismo de amplios sectores de la población francesa, especialmente de los agrícolas que, como ha sido tradicional en la historia de la humanidad, fueron los que tuvieron que pagar un mayor tributo de sangre.
La guerra había arruinado también la economía y las finanzas del Estado: algo inaudito en un país en el que el franco-oro se había convertido en sacrosanto fundamento de la nación. Con el sistema de impuestos heredado del siglo XIX se podían cubrir las fantásticas sumas de dinero que lleva consigo una guerra. La introducción de los impuestos indirectos oprimió más a las clases populares que a los estamentos más acomodados. En consecuencia no quedaba más que una solución: que el Banco De Francia cargase con las deudas recurriendo a préstamos nacionales y exteriores. Los empréstitos ascendieron a 225.000 millones de francos. La circulación de papel creció desmesuradamente: de 6000 millones de francos, en 1913, se pasó a 38000 en 1920. El franco perdió valor: en 1914 el dólar se cambiaba a cinco francos; a finales de 1919, a diez, y en 1920, entre 14 y 17 francos. Pero todavía quedaban ilusiones. El «Alemania acabará pagando» tranquilizaba los ánimos; pero era evidente que las reparaciones de guerra germanas no iban a ser la solución mágica de los problemas económicos planteados.
A pesar de todas las ilusiones, los contemporáneos presentían que iban a producirse grandes cambios. La vida se encareció. A finales de 1919 los precios se habían triplicado sobre los de la preguerra; un año después, se cuadruplicaban, mientras que el salario real descendía.
No fue un milagro el que en los años 1919/1920 Francia se viese agitada por la mayor ola de huelgas de su historia. El Gobierno tan sólo podía mantenerse dueño de la situación recurriendo a severas medidas de despido. El éxito de los trabajadores fue, por su parte, prácticamente irrelevante. Fuera de conseguir una jornada laboral de ocho horas, no lograron ninguna ventaja especial a través de una legislación por lo demás bastante anacrónica. La inflación y el incremento de los precios subieron, como suele ocurrir en todas las partes, a costa de los trabajadores, de los campesinos, de las clases medias y de un gran sector de pensionistas de guerra. La alta burguesía, por otro lado, especialmente los patronos de la gran industria, se beneficiaron al poder reducir puestos laborales y racionalizar su producción. Era evidente, pues, que la oposición entre las clases sociales se había agudizado. En los comienzos de los años treinta comenzó la crisis económica mundial. Los frentes políticos interiores se formaron en el momento en que crecía la amenaza exterior.
Pero el ideal de todos eran los «dorados años» anteriores a la guerra. Se les añoraba y servían de orientación, aunque las circunstancias de dentro y de fuera habían cambiado radicalmente. Durante la segunda mitad de los años veinte, coincidiendo con una mejoría coyuntural, pareció que aquel ideal volvía a estar más próximo. Florecían los negocios; en la química, en la industria eléctrica y sobre todo en el sector del automóvil, se progresaba visiblemente. En 1926 el primer ministro Poincaré saneó el entramado de los intereses macro-burgueses, el franco experimentó un respiro de alivio, de tal modo que, aun devaluado, pudo permitirse regresar a la cotización oro. Los acuerdos de Locarno afirmaron las bases de una seguridad exterior: Gran Bretaña e Italia garantizaban ahora el orden internacional. Sin embargo aquella época de florecimiento económico no cambió las debilidades básicas de la sociedad.
Nada se hizo por salvar el abismo entre trabajadores y patronos. La enorme cantidad de pequeños negocios familiares permaneció intacta. Los índices de inversión continuaron siendo modestos, sobre todo en comparación con los de Estados Unidos y Alemania. Los medios de producción eran anticuados y así siguieron. La capacidad de competencia dejaba mucho que desear. En cuanto a la producción industrial, Francia ocupaba el cuarto puesto, incluso antes de 1914, detrás de Gran Bretaña, Alemania y Estados Unidos. En la época de entreguerras se acentuó aún más la distancia: de 1913 a 1937, la participación de Francia en la producción industrial mundial descendió del 7,3% al 5,1%. El producto social bruto per cápita era en 1938 exactamente la mitad del correspondiente a Estados Unidos: 300 dólares. La producción agraria francesa era muy inferior a la americana y a la alemana. Marc Bloch, uno de los historiadores más preclaros, fusilado posteriormente por las SS, escribió poco después de la derrota un «examen de conciencia», bajo el título de «La extraña derrota». En él reprochaba a la masa de los industriales el haber conservado ″en la edad de la química la mentalidad de los alquimistas″. Tampoco en el periodo de entreguerras se dio el paso definitivo hacia la ″revolución industrial″. No era por lo tanto ningún milagro el que en el sector de la defensa se hubiese ido más allá de un nivel de empresas manufactureras, contando con que el armamento exige una infraestructura técnica en modernización permanente. Mientras la producción de aviones en Estados Unidos y Gran Bretaña, por no referirnos a Alemania, se concentraba en cinco grandes firmas, en Francia se construían nada menos que en 40 fábricas que lograron, entre 1919 y 1929, la sorprendente marca de 322 modelos. Los 115 aviones que presentó e Ministerio de la Guerra en 1930 se distribuían en 37 tipos diferentes. La situación cambió a partir de la nacionalización parcial de la industria aeronáutica decretada por el Frente Popular. Pero sólo a partir de 1938 comenzaría una verdadera etapa de renovación del material. Para entonces el adelanto alemán ya era insalvable. A primeros de 1937 se construían en Alemania unos 300 aviones de guerra por mes; en Gran Bretaña, 175; en Francia, solamente 50. Tras los acuerdos de Munich el número se elevaría a 150 unidades.
Salvación a la defensiva
El Ejército, su organización y sus concepciones estratégicas, reflejaban esta tendencia básica de la sociedad francesa casi con rasgos caricaturescos. Por un lado, se mostraba ufano de la victoria alcanzada a costa de tantos sacrificios. Por otro, buscaba justamente en el pasado una serie de modelos que imitar: los generales trataban de ganar la guerra venidera con los mismos medios con que ganaron la anterior. Al fin y al cabo se trataba tan sólo de conservar la preeminencia conquistada. El imperativo del momento era defender. Defenderse con tanto ahínco, como si la guerra futura fuese ″total″; es decir, una larga guerra de desgaste: algo así como una potenciación de la batalla de Verdún. Una confrontación de este cariz solamente era posible si se lograba reunir a todas las fuerzas del pueblo tras una línea defensiva inexpugnable que sirviera a ese pueblo como baluarte. En consecuencia, el Estado Mayor elaboró la teoría de la línea de fuego impenetrable y continua, que habría de convertir a Francia en una verdadera fortaleza. De este modo, los ataques frontales del enemigo resultarían baldíos y los agredidos apenas experimentarían pérdidas humanas. Una sangría como la de los años 1914 a 1918, concluida en victoria o en derrota, significaría de todos modos el final. El peligro máximo era un ataque por sorpresa, contra el cual los franceses se creían ya seguros.
Nada podría hacer vacilar la posición adquirida: ni el rearme masivo de Alemania ni la circunstancia de que los estrategas alemanes hubiesen comenzado a desarrollar el concepto de ″guerra relámpago″. Aquí se escondía precisamente el núcleo del drama. En correspondencia con los monstruosos objetivos de la política expansionista hitleriana, las fuentes auxiliares disponibles en Alemania eran cada vez más exiguas. Con el fin de ampliar el potencial propio en materias primas y en rendimiento laboral, no había más remedio que conquistar nuevos espacios. En consecuencia la ″guerra relámpago″ era la estrategia más adecuada para tal objeto: se trataba en principio de una concentración de todos los medios para una más rápida consecución del fin. Así las cosas, nada parece tan absurdo como el planteamiento que se hicieron los franceses: había que estar preparados para una penosa guerra de desgaste. Pero al otro lado del Rhin, difícilmente se entendía el fenómeno del nacionalsocialismo, aquella ideología absurda, aquel sistema bárbaro, con toda su aparatosa voluntad de poder. Todo aquello resultaba extraño e incomprensible.
De esta manera el enemigo aparecía como algo raro y abstracto: nadie podía imaginárselo con precisión. Hasta entonces, los carros de combate se limitaban a la función de elementos auxiliares de las tropas de infantería. El nuevo uso que se les pretendía atribuir no cuadraba muy bien con la teoría. Cuando alguien, como un tal coronel Charles de Gaulle, propugnaba la necesidad de crear divisiones acorazadas de gran movilidad, e incluso la formación de un arma especializada, tropezaba con la incomprensión. En realidad una conversión al concepto gaullista hubiera significado no solo un abandono de la línea Maginot, sino hasta un cambio de la propia sociedad francesa. Era significativo que no se quisiera potenciar el carro de combate a costa de la predilecta arma de Caballería: en 1933 había aún en el Ejército 130.000 caballos. Los grandes ganaderos estaban al lado de la ″Action Française″, monárquica y reaccionaria, con la que no pocos oficiales simpatizaban. Frente a tales fuerzas surgió un De Gaulle que era para ellas algo así como un extraterrestre. Sin embargo, seguía siendo incomprensible la conciliación entre una estrategia defensiva y la posición internacional de Francia. Y sobre todo con el mantenimiento del sistema de alianzas. ¿Cuál sería su valor si, en caso de guerra, los aliados no iban a poder contar con la ayuda de Francia? Ni siquiera hoy puede alguien explicar esta contradicción patente.
El alcance de la crisis social, económica y política se manifestó en toda su nitidez cuando se hicieron notar, en el verano de 1931, los efectos de la crisis económica mundial, al principio lentamente y con cierto retraso, luego de un modo permanente. En los años siguientes se practicaron dos estrategias de solución contradictorias; ninguna de ellas obtuvo el éxito apetecido.
Primero los Gobiernos de la derecha burguesa, entre ellos y con especial lógica el Gobierno Laval, pretendieron mediante una política deflacionaria lograr su objetivo principal de una estabilidad financiera, que se convirtió en un auténtico fetiche y reveló el carácter reaccionario de su política económica. Con ello no se logró ni la estabilidad económica ni mucho menos el crecimiento de la producción industrial. La capacidad adquisitiva se redujo y, con ella, la demanda. Por lo demás no desaparecieron ni la inflación ni el desempleo. Simultáneamente empeoró la posición de la industria exportadora en el contexto del mercado mundial, cuando otros países, sobre todo Gran Bretaña, devaluaron sus monedas y con ello los precios franceses resultaron altísimos. Esta política afectó a los trabajadores y, principalmente, a las clases medias autónomas que tomaron el camino de la izquierda e hicieron posible el triunfo del Frente Popular en 1936. Hoy todos están acordes en que una oportuna devaluación del 15 al 20 por ciento habría dado a la economía el impulso necesario.
Deflación y Frente Popular
Tampoco el Frente Popular solucionó la crisis. Desde luego mejoró las condiciones de las masas trabajadoras: la semana de 40 horas, acuerdos salariales colectivos, vacaciones pagadas y mayores posibilidades adquisitivas con importantes subidas de salarios. Mas todas estas medidas no bastaron para impulsar la curva de la producción industrial. La razón quizá fue el que los empresarios pasaron efectivamente el mal trago de los aumentos salariales, pero se negaron a las necesarias inversiones masivas. Por otra parte, un control estatal de las inversiones era algo muy ajeno al programa del Frente Popular. Esto hubiera significado una agresión contra la estructura de la economía capitalista privatizada, algo que ni la pequeña ni la media burguesía estaban dispuestas a soportar. Con todo, el Frente Popular aprobó un amplio programa de defensa que no logró cumplirse oportunamente.
En aquellos años treinta, todo parecía inútil. Por primera vez desde 1810 -exceptuada la primera Guerra Mundial- disminuyó entre 1929 y 1938 la renta nacional, la producción industrial descendió en un 24%, mientras que en Alemania creció en un 16%. La crisis económica se sumó a otra política y moral: la burguesía se rompió en varios frentes: unos simpatizaban con el fascismo (al menos con el de cuño italiano) por miedo al bolchevismo; algunos querían un Estado autoritario y conservaban su aversión contra Alemania; otros pretendían que se evitase por encima de todo una confrontación con Hitler o, cuando menos, que se evitase cuanto pudiera ser motivo de enfrentamiento. También la clase obrera se hallaba muy dividida: una parte se mantuvo en actitud pacifista, mientras que otra exigía un rearme más intensivo; unos combatían abiertamente el fascismo, otros orientaban sus armas dialécticas contra el capitalismo. Estos frentes no se identificaban necesariamente con los que integraban los partidarios y los enemigos de los acuerdos de Munich de 1938. Lo que para el jefe del Gobierno Daladier era la victoria del partido de la paz, para Léon Blum no pasaba de ser ″alivio cobarde″. En estas circunstancias, ¿cómo iba a poder exigirse a los franceses, un año después, que ″muriesen por Danzig″? En los meses entre septiembre de 1939 y mayo de 1940, durante los que la guerra asolaba Europa, pero en los que Francia no la hizo, aquel estado de postración mostró el decaimiento profundo de Estado y sociedad como con un espejo ustorio. Daladier y, tras él, Paul Reynaud, estaban dotados de mejores condiciones personales que cualquier otro primer ministro anterior de la historia del parlamentarismo francés. Y sin embargo jamás el régimen fue tan débil, nunca hubo más desorden en el Gobierno, ni mayor decadencia de la administración que en aquella época, tan adecuada para aglutinar fuerzas. Ni siquiera se intentó definir los objetivos de la guerra. El país había caído en un increíble letargo. Las intrigas parlamentarias dominaban la escena cuando Alemania decidió asestar a Francia el golpe definitivo. La Tercera República había perdido su legitimidad. Con todo, y en una perspectiva histórica, a pesar de la catástrofe de la Tercera República, la democracia francesa manejó la palanca más poderosa: no fue Francia la que perdió su unidad nacional, sino Alemania. La historia de la nación francesa se reanudaría a partir de 1945, justo cuando cesó la historia de la nación alemana. Es bueno recordar estas verdades fundamentales cuando se buscan las causas de la derrota francesa de 1940.
Armisticio en Compiègne. 21 de junio de 1940. (Emisión radiofónica de W. Shirer)
Locutor: en este preciso momento, cuando el Gobierno francés examina aún las condiciones alemanas para el alto el fuego, Columbia transmite una información especial de William Shirer desde Alemania. Conectamos con Berlín. Adelante, Berlín.
Shirer: Atención, América. Atención CBS. William L. Shirer a la CBS de Nueva York desde Compiègne. Nuestro micrófono se halla instalado en un reducido espacio abierto en medio de los bosques de Compiègne, a cuatro millas al norte de la ciudad y a unas cuarenta y cinco al norte de París. A pocos pasos de donde nos encontramos se halla el viejo vagón de ferrocarril en el que, una fría mañana de noviembre de 1918, se firmó otro armisticio. En ese mismo vagón han comenzado esta tarde a las 15.30, hora alemana, las negociaciones para un nuevo alto el fuego, para un nuevo armisticio con el que terminará la presente guerra entre Francia y Alemania. Las agujas del reloj han retrocedido. Estamos viviendo, como espectadores directos, una nueva revisión de la historia, en este atardecer sobre los hermosos bosques de Compiègne. Qué diferencia respecto de aquel día, hace ahora veintidós años… incluso la temperatura, que hoy es la de un hermoso día veraniego en los alrededores de París.
Esta tarde hemos visto cómo Adolf Hitler y el mariscal Göring, junto con otros jefes alemanes, presentaban a los jefes supremos del Ejército francés las condiciones del armisticio. En ese preciso momento nos resultó especialmente difícil rememorar aquel otro acto, que también tuvo lugar en este mismo calvero, en pleno bosque de Compiègne desde el que emitimos ahora, un acto semejante y distinto que se produjo en aquella fría mañana del 11 de noviembre de 1918. El vagón, el coche salón del mariscal Foch, tan sólo dista unos pasos de nosotros y ocupa exactamente la misma posición que en aquella mañana gris de hace 22 años. Sólo una diferencia -¡y qué diferencia!-: en la silla que ocupaba entonces el mariscal Foch se sienta hoy Adolf Hitler. Entonces Hitler no pasaba de ser un cabo alemán, completamente desconocido. Hoy se firma de nuevo otro armisticio en este coche pasado de moda, recuerdo de la guerra anterior, que, como el otro alto el fuego, también pondrá fin a una confrontación entre Alemania y Francia. Mas en la obra que ahora se representa en los bosques de Compiègne los papeles han cambiado. En la ocasión anterior, eran los franceses quienes dictaban las condiciones en este mismo coche. Esta tarde hemos contemplado cómo Hitler insistía con sus ademanes, al otro lado de los cristales de las ventanillas del vagón, en el contenido de sus imposiciones. Así se revisa la historia, pero rara vez esta vuelta hacia atrás se ha llevado a cabo en el mismo lugar, como ocurre hoy aquí. En el preámbulo de las condiciones del alto el fuego, el general Keitel, jefe del Mando supremo de los Ejércitos alemanes, comunica a la delegación francesa que ni él ni el Führer han elegido el lugar de las negociaciones con la intención de vengarse, sino con la de reparar una injusticia.
Las negociaciones para el alto el fuego han comenzado a las 15.15, hora alemana. El cálido sol de junio se asomaba sobre los olmos y pinos gigantescos proyectando sombras de púrpura sobre la alameda, cuando el Herr Hitler irrumpió rodeado de su séquito. Ante el monumento levantado por los franceses a Alsacia-Lorena, Hitler saltó de su automóvil. El monumento se levanta a unos doscientos pasos de donde nos encontramos, al final del paseo, no lejos del viejo vagón de ferrocarril. La famosa escultura del monumento aparece cubierta con una bandera de guerra alemana, hasta tal punto que no puede verse ningún resquicio ni tan siquiera leerse la inscripción. El año pasado tuve ocasión de contemplarlo varias veces. Algunos de los que estaban allí quizá lo veían por primera vez: la larga espada, símbolo de los ejércitos aliados, cuya punta atravesaba a un águila enorme, el águila del antiguo imperio alemán; debajo aparecía la inscripción: ″A los heroicos soldados de Francia, defensores de la patria, libertadores valerosos de Alsacia-Lorena″.
Con nuestros prismáticos hemos visto cómo el Führer se mantenía inhiesto, ante el monumento, contemplando la bandera de guerra con la cruz gamada. Luego, se dirigió lentamente hacia nosotros, hacia el pequeño calvero donde se encuentra el famoso vagón del armisticio. Su rostro me ha parecido solemne y grave, aunque sus pasos delataban una cierta frivolidad al dirigirse al lugar en que se selló el destino de Alemania aquella mañana de noviembre de 1918, un destino que había experimentado ya un giro completo precisamente por su intervención.
Instantes después Hitler entraba en el pequeño claro del bosque de Compiègne donde se firmó el armisticio hace 22 años y donde se firmaría ahora un protocolo similar. Hitler se mantenía erguido, mirando lentamente en derredor. El calvero tiene forma de círculo con un diámetro de unos doscientos pasos, a modo de parque. Una franja de cipreses bordea el pequeño parque, y tras ellos se aprietan los grandes olmos y encinas del bosque de Compiègne. Durante 22 años ha sido para Francia un santuario nacional. Hitler se mantiene erguido y su mirada recorre sin cesar cuanto le rodea. En el grupo que le sigue están los jefes alemanes: el mariscal Göring, con su bastón de mando en la mano, luciendo el uniforme azul del Arma aérea, junto con otros jefes de la Wehrmacht. Todos los alemanes visten uniforme. Hitler luce una guerrera gris en cuyo bolsillo superior izquierdo puede verse la cruz de hierro. Al lado de Göring se encuentran el general Keitel, jefe del Mando supremo, y el general von Brauchitsch, comandante en jefe del Ejército. Ambos han cumplido ya los sesenta años, pero tienen un aspecto juvenil, sobre todo el primero, que leva su gorra ligeramente ladeada y parece muy elegante y simpático. Un poco más lejos se aprecia la presencia del Dr. Raeder, gran almirante de la Flota alemana. Viste el uniforme azul de la Armada ribeteado de oro y parece ahogarse en el cuello duro, que llevan los oficiales de la Marina. En torno a Hitler vemos también a dos civiles: su ministro de Asuntos Exteriores, Joachim von Ribbentrop, que viste el uniforme gris de su departamento, y Rudolf Hess, lugarteniente de Hitler, que luce el uniforme pardo grisáceo del partido.
Las manecillas del reloj marcaban en ese momento, según veo en mis notas, las 15.18. El estandarte de Hitler se ha izado sobre un pequeño mástil, en el centro del calvero. En el mismo lugar se levanta un bloque de granito, que mide unos tres pies de altura. Hitler se dirige a él seguido por su colaboradores. Sus movimientos son lentos.
Asciende los pocos escalones del monumento y lee la inscripción tallada en grandes caracteres sobre la piedra. Muchos de los presentes recuerdan sin duda aquellas palabras. El Führer repasa la inscripción lentamente. El texto dice así: ″Aquí cayó el 11 de noviembre de 1918 el orgullo criminal del Reich alemán, derrotado por los pueblos libres a los que pretendió esclavizar″. Lo leen Hitler y Göring y todos los demás. Los alemanes se mantienen firmes en silencio, bajo el sol de junio y en la calma del bosque. Observamos la expresión del rostro de Hitler, pero su cara no revela sentimiento alguno.
Luego el Führer conduce a su séquito hacia el otro extremo del círculo. El monolito marca el lugar en que se encontraba el vagón de la rendición durante las negociaciones de noviembre de 1918, que transcurrieron del 8 al 11 de ese mes. Hitler repasa la inscripción de la piedra: ″Los mandatarios alemanes″. La piedra se encuentra precisamente entre dos raíles oxidados sobre los que se había situado el famoso vagón 22 años atrás. Son en ese momento las 15.23 horas. La comitiva alemana se encamina al vagón en que van a celebrarse las negociaciones. Por supuesto que el coche no estaba antes en la actual posición. Hasta ahora se hallaba situado a unos 75 pasos, al final de los raíles, atacados por la herrumbre, en una pequeña nave museo donada por un ciudadano americano, Mr. Arthur Henry Fleming, de Pasadena (California). Ferroviarios alemanes se ocuparon ayer de sacar el vagón y llevarlo al lugar elegido, el mismo que ocupaba en la mañana del 11 de noviembre de 1918. Los alemanes se encuentran delante del coche y charlan al sol. Así durante dos minutos. Luego Hitler sube la pequeña escalera del vagón, seguido por Göring y el resto de la comitiva. Un momento después se encuentran todos en el interior. Podemos ver perfectamente lo que acontece dentro, gracias a la amplitud de las ventanas.
Hitler es el primero en entrar en el salón y en sentarse en el mismo lugar que ocupó aquel día el mariscal Foch. A su lado toman asiento Göring y el general Keitel. Un poco más lejos podemos divisar, a derecha y a izquierda, al general von Brauchitsch y a Rudolf Hess, en un extremo de la mesa; al gran almirante Raeder y a von Ribbentrop, en otro.
La parte frontal permanece vacía. En ella se encuentran colocados cuatro sillones. Aún no se ve a los franceses, pero no necesitamos esperar mucho tiempo. A las 15.30 en punto descienden de sus coches los negociadores galos. Han llegado en avión desde Burdeos hasta un aeropuerto cercano al lugar de las conversaciones. Desde el aeródromo hasta el claro del bosque han venido en automóvil.
Los franceses miran hacia el monumento de Alsacia-Lorena, decorado ahora con cruces gamadas, pero sólo se permiten una ojeada casi furtiva. Acompañados por tres oficiales alemanes recorren acto seguido la alameda. Pronto alcanzan el calvero y, a la luz del sol, podemos divisar al general Huntziger, que viste un uniforme caqui, al general Bergeret y al vicealmirante Le Luc, estos dos últimos con uniforme azul. Casi oculto tras los trajes militares, el único civil del grupo: el señor Nöel, embajador de Francia en Polonia al estallar la guerra. Los plenipotenciarios franceses avanzan a lo largo de la compañía de honores alemana, que ocupa los primeros metros de la avenida. Si embargo, la compañía permanece en silencio, sus fusiles apoyados en el suelo, sin presentar armas. Los franceses no apartan su mirada del infinito. Es una hora de tremenda gravedad para Francia, y sus rostros delatan el peso enorme que sienten sobre sus hombros. Sus facciones permanecen inexpresivas y conservan un aire puramente oficial, pero marcadas por un destino trágico. Se dirigen directamente hacia el coche y a su entrada reciben el salud de dos oficiales alemanes: el teniente coronel von Tippelskirch, jefe del cuartel general, y el coronel Thomas, jefe de la comandancia de París. Los alemanes saludan, los franceses responden al saludo. La atmósfera es lo que en Europa se califica de ″correcta″: pero no hay apretones de manos. Se acerca el momento histórico. En mi reloj las agujas señalan las 15.32. Los franceses entran al vagón del mariscal Foch, situado a pocos pasos de nosotros. Contemplamos a través de los cristales el interior del coche anticuado. Hitler y los demás alemanes se levantan de sus sitios cuando los franceses entran en el salón. Hitler saluda con el brazo en alto. Los oficiales alemanes hacen lo propio y los franceses devuelven el saludo. No puedo ver si Nöel saluda también ni de qué manera. Hitler no dice ni una palabra, si es que la vista no me engaña; hace señas al general Keitel que se sienta a su lado. Vemos cómo el general toma un escrito y procede a su lectura. Se trata del preámbulo de las condiciones alemanas para un alto el fuego. Los franceses ocupan sus sitios con los rostros blancos como el mármol y escuchan con la máxima atención. Hitler y Göring mantienen la vista clavada sobre la mesa de color verde. El momento histórico, al menos de este acto del drama, dura apenas unos minutos. En mi bloc anoto la hora exacta: las 15.42. Han pasado tan sólo doce minutos desde la llegada de los franceses. En este preciso momento Hitler se levanta y saluda de nuevo a los franceses con el brazo en alto. Acto seguido abandona el vagón y tras él, Göring y el general von Brauchitsch. Siguen el gran almirante Raeder, Rudolf Hess y, finalmente, von Ribbentrop. Los franceses se quedan sentados a la mesa y, con ellos, el general Keitel, que procede a la lectura de las cláusulas del acuerdo de armisticio. Hitler se aleja y los demás hacen otro tanto. De nuevo recorren la alameda en dirección al monumento de Alsacia-Lorena. Cuando alcanzan la compañía de honores, la banda interpreta ″Deutschland, Deutschland über alles″ y el himno de Horst-Wessel. Todo el ceremonial ha durado un cuarto de hora escaso. En quince minutos se ha revisado un histórico armisticio de hace apenas unas décadas.
Locutor: Han escuchado una crónica especial desde el bosque de Compiègne, en el que el 11 de noviembre de 1918 los negociadores alemanes aceptaron las condiciones de armisticio con las que terminaba la primera Guerra Mundial, y donde hoy, 21 de junio de 1940, los franceses han aceptado las condiciones impuestas por Adolf Hitler, con las que se pone fin al enfrentamiento entre Francia y Alemania.
Música de órgano.
Locutor: Aquí, Columbia Broadcasting System.
HITLER EN PARÍS
París estaba desierto aquella mañana de verano en que Adolf Hitler llegó a la capital francesa. Pero no entró como vencedor sino como amante del arte. Jacques Robichon ha vuelto a recorrer los caminos del 23 de junio de 1940.
Eran entre las 6 y las 7 de la mañana. El primer domingo después del comienzo del verano. París aún dormía. Desde hace diez días la capital de occidente y del mundo entero no es más que un desierto. Sólo de vez en cuando suenan sobre el asfalto las botas del vencedor. En los muelles del Sena ondea la cruz gamada.
Una brisa fresca corre sobre la ciudad y mece los estandartes nazis, que, como reguero de sangre, se extienden por la capital enmarcando calles y plazas, cubriendo las casas y hasta ocultando la visión del cielo.
El vendedor de frutas y verduras en la plaza de la Ópera, que se ocupa a esa hora en montar su tenderete, no acaba de creer lo que ven sus ojos. Rígido, boquiabierto, como víctima de una alucinación, contempla cómo a través de la plaza desierta Adolf Hitler se dirige hacia él.
La visita del señor del III Reich a la capital que desde la mañana del 10 de mayo se había convertido en el símbolo de la victoria alemana, se llevó a cabo bajo riguroso incógnito. Él mismo lo ha querido así. Envuelto en su largo abrigo de cuero, abrochado hasta el cuello, le acompañan tan sólo diez generales y oficiales de alta graduación. Únicamente la gorra de plato calada hasta los ojos y el bigote característico, que da a su rostro un aire inconfundible, permiten descubrir la personalidad del visitante. Ninguna medida especial de seguridad, ningún dispositivo de vigilancia, denuncian en el París ocupado la presencia del comandante supremo de la Wehrmacht.
Hitler había aterrizado esa misma mañana en Le Bourget. El vuelo lo realizó en su avión personal, pilotado por el capitán Hans Baur, desde su cuartel general de Brûly-le-Péche, al nordeste de Mezières.
Rápidamente se había puesto en marcha desde el aeropuerto la columna de ″Mercedes″ descapotables en dirección a la ciudad. Los automóviles recorrieron las calles vacías y silenciosas como si pasaran ante un escenario fantástico e irreal, según anotó uno de los oficiales que formaba parte de la comitiva.
Vestido de uniforme, con botas altas y guantes, Hitler parecía de malhumor, hundido en su asiento. Tardó mucho en recobrarse y volver a su conocido nerviosismo. Desde la medianoche reinaba el alto el fuego entre Francia y Alemania. Ahora el jefe de las fuerzas vencedoras quería recorrer París personalmente. Sin detenerse un momento, la comitiva enfiló hacia la Ópera. El teniente coronel Hans Speidel, que era el responsable de la seguridad de las tropas alemanas en París, había hecho acudir a dos electricistas. Se les indicó que iluminaran la sala, el vestíbulo, el escenario, las escaleras, los frescos y las estatuas.
-¡El teatro más bello del mundo!, -comentó Hitler cautivado y lleno de admiración mientras recorría las dependencias. Y, acto seguido, dio media vuelta y se dirigió a la salida precipitándose hacia su automóvil.
En el lado opuesto de la plaza un vendedor de periódicos parpadeó, incrédulo. al reconocer a Hitler.
Éste, por su parte, se apercibió también de la presencia del otro. Por un momento pareció indeciso. Sin duda se acordaba de lo sucedido en Lille donde, un par de semanas antes, una mujer que le reconoció había cerrado apresuradamente la ventana gritando:
-¡El diablo en persona!
Ni ella ni Hitler lo olvidarían nunca.
Del Arco del Triunfo a la Torre Eiffel
La columna de cinco automóviles dio la vuelta a la plaza de la Ópera y enfiló a la derecha ele boulevard de Capucines, flanqueado por teatros y una doble hilera de árboles. No se ve un alma en derredor.
Adolf Hitler está de pie en su auto, el primero de la columna. Mira al frente, no se vuelve ni una vez, por más que detrás de él se encuentra, en calidad de guía, el arquitecto Albert Speer, un gigante de 1.90 m., inspector general de obras del Reich alemán, con rango de general, y que terminará siendo ministro de Armamento. Junto a él, Arno Breker, escultor oficial del III Reich, llegado especialmente de Berlín para asistir al Führer durante su visita. En otros automóviles se encuentran el general Keitel, jefe del Estado Mayor de la Wehrmacht, Martin Bormann, jefe de la Cancillería, el general Bodenschatz, el arquitecto Giessler, Otto Dietrich, jefe de Prensa del Reich, el fotógrafo Heinrich Hoffmann, el piloto Hans Baur, dos miembros de las SS, Junge y Wolf, así como el ayudante de Hitler, capitán Engel. Durante el recorrido, Breker iba explicando las características del barrio y la importancia de algunos edificios y monumentos ante los que cruzaba la comitiva. Frente a la Madelaine, Hitler mandó detener su automóvil.
Desde el último tramo de la escalinata el Führer escuchó la explicación de Speer. No se inmutó lo más mínimo. Únicamente la iglesia de San Agustín, recortada entre la niebla de la mañana, pareció interesarle. Poco después, la columna siguió por la rue Royal, recorrió lentamente la plaza de la Concorde y se adentró en los Campos Elíseos. Desde el paseo de la izquierda un gendarme observaba impasible el desfile de la comitiva.
Frente a los automóviles alemanes se abre la avenida más hermosa del mundo. Delante de Hitler se alza el Arco del Triunfo que en la delicada atmósfera de la mañana, parece limitar el horizonte.
-Construido por orden de Napoleón -comentó Hitler.
Bajo el arco se encuentra la Tumba del soldado desconocido, los restos de un soldado francés muerto en combate durante la Primera Guerra Mundial. En la piedra están grabados los nombres de los vencedores franceses, los que derrotaron a Alemania.
Pero el hombre que hoy intenta descifrar esas inscripciones es un alemán: el vencedor de París y de Francia.
Desde hace días ocupa el pensamiento de Hitler la misma idea: ″He podido pasar al frente de mis tropas por debajo del Arco del Triunfo cumpliendo un requisito clásico de vencedor. Pero no he querido. El pueblo francés ha padecido demasiado…″
Y, efectivamente, se había preparado una gran parada de las tropas alemanas victoriosas en el París vencido. Desfilarían ante Hitler, rodeado por sus generales. Se desistió del proyecto porque el mariscal Göring advirtió que no podía garantizar la seguridad del Führer. Göring temía que durante el desfile el enemigo realizara una incursión aérea. Para su recorrido secreto por París, Hitler se había señalado dos objetivos esenciales.
El primero se había cumplido. La columna abandona la plaza de l’Étoile, se adentra por la avenida du Bois, cruza la de Raymond Poincaré, la plaza de Víctor Hugo y llega al Palacio de Chaillot. Allí, desde la famosa terraza, se ofrece a los ojos de Hitler una visión de ensueño.
Y es verdaderamente de ensueño: abajo discurre el Sena, con sus fabulosos puentes. Más allá, se divisan los árboles en los jardines del campo de Marte. Al fondo, la silueta metálica de la torre Eiffel, símbolo de París. Por todas partes, tejados y palacios, edificios señoriales, torres, campanarios, monumentos hasta el horizonte infinito.. Sobre ellos ondean los colores del Reich alemán.
Hitler se encuentra por primera vez frente a la rigurosa verdad de su victoria. La majestad del panorama del París derrotado realza el triunfo en toda su importancia. A través de la amplia ciudad todavía dormida, se vuelve a poner en marcha la columna motorizada de las grandes personalidades nazis hacia el segundo objetivo, hacia la segunda gran cita de Hitler en París. A lo lejos, al otro lado del Sena, se alza la cúpula dorada de Jules Hardouin-Mansart, recortando el cielo.
Bajo las botas del nuevo conquistador de Europa gime la arena de los Inválidos. Se acerca el momento decisivo de esa mañana sin igual: el encuentro histórico entre el hombre que logró crear el imperio más importante de Occidente desde Carlomagno y el hombre que 120 años después intentaba seguir sus huellas e incluso superarle. Hitler se hallaba ante la tumba de Napoleón.
Rodeado por el general Keitel, Martin Bormann, Speer, el general de aviación Bodenschatz, el arquitecto Giessler, Speidel y su médico de cabecera, Karl Brandt, Hitler se inclinó ″fascinado y silencioso″, ante el monumento que guarda los restos del gran emperador.
Previamente, el Führer había cambiado su pesado abrigo de cuero por un guardapolvo blanco. Durante largo rato permaneció como petrificado, la gorra de plato sobre el corazón, ante la tumba. Nadie ha sabido después qué pensamientos le asaltaron en aquellos instantes. Algunos días más tarde confió al general Alfred Jodl que esos habían sido los momentos ″más bellos e importantes″ de su vida.
Y de pronto algo completamente diferente…
Lentamente, siempre impenetrable y silencioso, Hitler fue volviendo en sí. La confrontación entre el vencedor vivo y el inmortal vencido había terminado.
Durante un corto espacio, el Führer y su séquito contemplaron los Inválidos desde fuera. París seguía sin despertar, el sol no bañaba aún su tejados y calles. La capital francesa parecía como un cuerpo que todavía alienta, pero cuyos sentidos no funcionan.
A gran velocidad, la columna oficial alemana recorrió el Quai d’Orsay, pasó ante la Asamblea Nacional, cruzó el boulevard de Saint-Germain y subió la rue Bonaparte hasta la plaza Saint-Sulpice. Pasado el Luxemburgo se encontró frente al Panteón.
Arriba, en la colina de Saint-Geneviève, ante el magnífico panteón que París ha levantado sobre las tumbas de sus héroes de todos los tiempos, el Führer se mostró entre comprensivo y condescendiente. Confesó su admiración por ″el culto que los franceses rendían a la inmortalidad de sus genios″. Sin embargo, el edificio, la construcción en sí, no logró arrancarle ninguna prueba de asentimiento. Ni siquiera el escultor Breker, en sus funciones de guía, logró entusiasmarle.
El vencedor de 1940 deseaba verlo todo, visitarlo todo, averiguarlo todo. Con cierta solemnidad declaró:
-París es, sin duda, única en su género. Tiene un puesto especial entre todas las grandes ciudades del mundo. Esta maravillosa capital del arte me ha fascinado siempre. Nosotros, los alemanes, tenemos mucho que aprender de ella…
A renglón seguido manifestó que desde 1918 los acontecimientos le habían impedido una y otra vez visitar la ciudad. Ahora tenía ante sí, a su disposición, París entero. Siguiendo las huellas de su invencible Ejército había querido llegar a la capital francesa cuanto antes para experimentar la fascinación indudable que la ciudad ejercía. Este era el verdadero fin de su visita.
Quería ir a todas partes. Ante el palacio de Justicia ordenó disminuir la velocidad para contemplar mejor la Saint Chapelle. Luego dedicó unos minutos a Notre Dame. Inmediatamente después pasó ante el Hôtel de Ville y el Museo Carnavalet. Tras cruzar la plaza de los Vosges, a la vista del Louvre se sintió de nuevo otro. Ante la fachada del Museo permaneció largo tiempo recogido, en silencio. Sus acompañantes le invitaron a seguir. El cortejo llegó a las Tullerías. Al pie de la columna de la plaza Vendôme, Hitler volvió a detenerse. Le costó trabajo reemprender la marcha.
Durante esa fiesta solitaria que el Führer de la Alemania vencedora celebraba en la capital conquistada, hubo también una visita a los Halles. Pero el ″vientre de París″ no podía ofrecer a Hitler y a sus acompañantes otra cosa que la imagen de sus calles y pasajes desiertos. Arno Breker, que tomó nota de las impresiones de su jefe, asegura que la ciudad le pareció a Hitler ″completamente despoblada″. Tras un camino lleno de curvas, la columna de ″Mercedes″ negros abordó el norte de la ciudad: Montmartre. Delante de Hitler se alzaba la gran mole del Sacré-Coeur.
Aquí concluía la visita del señor del III Reich, aquella mañana del 23 de junio de 1940. Y al mismo tiempo significaba su apoteosis, porque no hay punto alguno en París más hermoso que éste: ante los pies del vencedor se extendía la capital conquistada. Reinaba el silencio. Sobre Hitler, un cielo límpidamente azul, y ante él, como una ofrenda, la capital de Francia en toda su belleza.
Allí estaba el más famoso de los alemanes con el pensamiento perdido. ¡Qué no había realizado desde los días del hospital de campaña -medio ciego, medio imposibilitado- en que se juró acabar con el Tratado de Versalles y dar a la Alemania derrotada un nuevo poder! Había cumplido con su juramento.
Ese nuevo poder acababa de derrotar a Francia, a Europa; sólo restaba lanzarse al dominio del mundo. Con París rendido ante él, Hitler no podía dudar que un día llegaría a gobernar el universo. Rápidamente regresó a su automóvil. Eran cerca de las ocho. París empezaba a despertarse. El sol se alzaba en el horizonte y no tardaría mucho en calentar la ciudad.
Empezaba el décimo día de la ocupación; seguirían 1522 más.
Hitler no volvió nunca
El teniente coronel Speidel se despidió de su jefe. Como oficial de Estado Mayor había sido testigo de una de las más gloriosas victorias de su patria; más tarde, al lado del legendario mariscal Rommel, le tocaría vivir las jornadas más terribles de dolor y derrota registradas por la historia alemana.
Hitler abandonó la ciudad. Una hora más tarde, un avión alemán sobrevolaba París. Era el Condor del capitán Baur. A bordo iba Adolf Hitler. Las puertas de la ciudad que se habían abierto ante las tropas vencedoras, se cerraban detrás de su jefe. Nunca más volvería Hitler a París.
Gesto conciliador – Recuerdos de Arno Breker
En la galería de mármol blanco que rodea la tumba de Napoleón I, Hitler se llevó la gorra de plato al corazón y se inclinó con gran respeto. En silencio observamos todos el foso circular del monumento.
Esperábamos unas palabras de Hitler de acuerdo con el momento y las circunstancias, pero lo que dijo nos sorprendió. Habló del hijo de Napoleón, del duque de Reichstadt, cuyas cenizas se encontraban en Viena y dio la orden de que fueran trasladadas junto a los restos de su padre. Al anochecer del 15 de diciembre de 1940, los restos del duque llegaban a la estación parisiense de Austerlitz. Desde allí, a la luz de las antorchas, fueron transportados a los Inválidos. A ese gran gesto conciliador, le faltó un último detalle de no menor trascendencia: la bandera tricolor, prohibida en la capital derrotada.
En esas circunstancias, todo aquello encontró muy poco eco en el pueblo francés.
El Berghof del Führer
En realidad, Hitler tan sólo pretendía tener una pequeña casa en la montaña. Pero apareció Bormann y construyó toda una ciudad. Hitler terminó por hacer suyo el proyecto. Aquél podía ser un buen ambiente para lo que él deseaba representar.
El 1 de agosto de 1860 se concluyó el tramo ferroviario Rosenheim-Traunstein-Salzburgo. El arzobispo de Munich bendijo las locomotoras bávaras, se celebró una cena de gala en el Palacio de Cristal muniqués y en el Hoftheater tuvo lugar una sesión especial. En 1880 la línea de ferrocarril se amplió hasta enlazar con Bad Reichenhall-Berchtesgaden. Con ello se abría para el mercado de esta última localidad una ″puerta al mundo″.
″La casa de los Wittelsbach se estableció en Berchtesgaden y, como ya antes habían hecho otros príncipes alemanes, sus miembros eligieron esta zona como campiña de recreo, de partidas de caza y descanso veraniego″, se dice en la crónica local. ″El comercio y los intercambios florecieron y los primeros alojamientos de montaña comenzaron a recomendarse a quienes buscaban un poco de paz″.
También en el Obersalzberg se construyó uno de estos albergues: la pensión Moritz, que luego cambiaría su nombre por el de Platterhof. El consejero von Linde compró en el Obersalzberg el patrimonio forestal y creó el parque natural de Oberbaumgart y la pensión Antenberg. El consejero comercial Stöhr, por su parte, y el director general Rosterg-Kassel se establecieron igualmente en sus respectivas casas alpinas construidas en la montaña. Terina, cantante de obras de Wagner; el fabricante de pianos Bechstein; el director de la factoría Wacker, de Burghausen, la condesa Rüxleben, hicieron otro tanto. El médico doctor Seitz creo un sanatorio infantil y el consejero Winter, de Buxtehude, levantó la Haus Wachenfeld. El grandioso panorama del Obersalzberg, a los pies del Hohen Göll y del Kehlstein, se convirtió así en pradera de la gente fina.
Tras el golpe, el 9 de noviembre de 1923, Hitler huyó en busca de cobijo a casa de los Bechstein, en el Obersalzberg, pues pertenecían al círculo de sus incondicionales. Cuando dejó la prisión de Landsberg, en las Navidades de 1924, Hitler volvió a la montaña. Hasta la primavera permaneció en una cabaña del Platterhof: allí redactó ″Mein Kampf″. Le agradaba el paisaje, pero también el ambiente en que podía vivir. Sus protectores le permitieron adquirir la Haus Wachenfeld. Una casa bonita aunque modesta, con un gran cuarto de estar, terraza y cocina en la planta baja, además de tres habitaciones en el piso superior. Como propietario nominal figuró en un principio su hermanastra Angela Raubal, de quien él recibió en arriendo la casa, hasta que, en 1927, se realizó la escritura de compra. El arquitecto Degano construyó todavía una nueva terraza y otras piezas menores, pero la vivienda conservó hasta el final su estilo alpino.
Cuando Hitler se convirtió en 1933 en canciller del Reich, aumentó el servicio, para cumplir adecuadamente con el número cada vez mayor de visitantes. Éstos abarrotaban las pensiones y hoteles. Miles de ″camaradas del pueblo″ peregrinaban hasta la Haus Wachenfeld durante el verano con el deseo de ver a Hitler. Los SS vivían en barracones. Rudolf Hess se comprometió a ″crear orden″ en aquel maremágnum veraniego y encomendó parte del plan a su secretario Martin Bormann.
Bormann compró terreno en torno a la Haus Wachenfeld, hasta contar con nueve kilómetros cuadrados, de los que más de 800 ha. correspondían a bosque y otras 80 ha. a terrenos de cultivo. Así pasó a ser propiedad de Hitler desde la ″montaña de Führer″, a casi 1900 metros de altura, hasta el valle, a 600 m. sobre el nivel del mar. Bormann, ajeno a toda sensibilidad para la belleza natural, degradó el paisaje de la montaña con una red de carreteras asfaltadas. Hitler, por su parte, hizo traer a su arquitecto Albert Speer paneles y cartabones y trazó él mismo los planos, dibujó los bocetos y decidió el alzado de su casa de campo con la meticulosidad de un experto.
Bajo la supervisión del arquitecto muniqués R. Fick, la vieja casa cambió de aspecto conservando, no obstante, su antigua personalidad.
Monólogo en la casa de té
″Las dos salas estaban unidas por una gran abertura, nada práctica en casos de recepciones oficiales″, cuenta Speer. ″Quienes acompañaban a los visitantes tenías que conformarse con permanecer en una salita poco acogedora que al tiempo era paso obligado para los servicios, la escalera de la casa y el gran comedor… En estas recepciones de Hitler sus invitados ascendían al piso superior, donde se encontraba el comedor. Pero dado que la escalera por la que habían de subir conducía a su vez a las habitaciones de Hitler, los invitados se veían obligados a manifestar a la guardia apostada allí si se proponían subir al comedor o abandonar la casa″.
La famosa ventana de la sala de estar, famosa por sus dimensiones, permitía una hermosa vista sobre el Untersberg, Berchtesgaden y Salzburgo.
El Berghof contaba en total con 30 habitaciones. En el vestíbulo estaba la sala de estar con dos grupos de tapicería, sofás y varios sillones. El comedor tenía el techo y las paredes recubiertos de plancha de madera de alerce. Los sillones estaban repujados en cuero de color rojo claro. Las vajillas eran de color blanco sin adornos, y la cubertería de plata, con el anagrama de Hitler.
Las comidas eran austeras. Speer dice de ellas: ″El menú consistía en una sopa a la usanza campesina, un plato de carne con verduras, dulces, agua Fachinger o vinos de mesa. Los hombres del Leibstandarte del Führer servían vestidos con chaquetilla blanca y pantalones negros. Tras la comida se levantaban los invitados y el anfitrión y, dando un breve paseo, se dirigían a la casa de té. El ceremonial se desarrollaba así: primero iniciaban la marcha algunos funcionarios del servicio de seguridad; seguía Hitler con sus interlocutores del momento; y, cerrando la comitiva, en caravana multicolor, los comensales más asiduos a la mesa del Führer″.
En la casa de té se podía tomar de todo: té, café, chocolate; tartas, pasteles, dulces; luego coñac. Hitler se recreaba en sus propios monólogos; a veces dormitaba sin dejar de hablar. Su séquito hablaba a media voz, confiando en que su anfitrión despertase a tiempo para la cena.
En la planta baja del Berghof se situaban también el cuerpo de guardia del Leibstandarte del Führer, otra habitación de estar para el personal, dos más para la ayudantía y la gran cocina. En el primer piso se encontraban la sala de estar, el despacho y el dormitorio de Hitler y de Eva Braun, tres estancias privadas más, cuatro para la guardia personal, cinco habitaciones para huéspedes, varios cuartos de baño y la vivienda del intendente de la casa.
En el segundo piso había varias habitaciones más para los invitados y el personal.
En el subsuelo de la planta baja, estaban el almacén de víveres y las calderas de la calefacción. Bormann hizo colocar una barrera de espino de dos metros de altura y tres kilómetros de longitud en torno al Berghof. También el exterior de los dominios del Führer fue protegido. En un trecho de 14 kilómetros a la redonda nadie podía tener perros ni gatos. Policías rurales y hombres del Servicio del Trabajo cumplían funciones de vigilancia. Poco después fueron relevados de esta función por el Leibstandarte del Führer.
Bormann construyó a distro y siniestro: oficina de correos, jardines con invernaderos, casa para los chóferes oficiales, un garaje de 130 metros de longitud, una habitación para el personal con capacidad para 160 empleados, portón, cuartel para los SS, nave subterránea para tiro, edificios administrativos, bloque de viviendas, pensión Platterhof, viviendas para el personal de la pensión, cervecerías, terrazas, oficinas de mantenimiento, jardines de infancia, talleres con casa piloto para proyectos arquitectónicos, cuartel para el servicio de seguridad del Reich y la Gestapo (con los correspondientes calabozos); una casa para Hess (reconstrucción de otra antigua), otra para él mismo, el mesón Gutshof, un albergue para las Juventudes Hitlerianas, otra casa para Göring; una residencia para los invitados de la Cancillería del partido, la ″cabaña Dietrich Eckart″; una carbonera con capacidad para 30.000 quintales; la casa de huéspedes Bechstein la colonia Klaushöhe, la colonia Buchenhöhe, y, sobre el Kehlstein, la casa de té.
Hitler se sentía atónito, pero cada vez más impresionado por el culto fetichista que Bormann profesaba al hormigón. Recordando melancólicamente la antigua soledad en la montaña, diría el Führer: «Cuando todo esto esté terminado, buscaré para mí un valle tranquilo y construiré en él una casa pequeña como la antigua».
Con el fin de mantener el silencio y el orden dentro del recinto se creó un cuerpo especial con miembros de la Gestapo y del Servicio de Seguridad del Reich. Su cuartel se levantó, no lejos del Berghof, en estilo campesino. Al tiempo comenzaron las obras del correspondiente acuartelamiento de los SS, dotado de patio de ejercicios, sala de tiro, bodega y los correspondientes edificios para las oficinas de administración y mantenimiento.
El dinero de Hitler no era suficiente
Las características del suelo, barro y roca, exigieron una amplia operación de movimiento de tierras antes de echar los cimientos. La pensión del Platterhof fue renovada para utilizarla como cancillería del partido. Se levantó el Gutshof de Obersalzberg. Se estableció una granja, con 60 u 80 caballos, 80 vacas y 100 cerdos, e incluso un lagar para producir zumos de frutas.
Entre los primeros proyectos tras la construcción de la Haus Wachenfeld y de su propia casa de campo, Bormann incluyó la casa de té en la cumbre del Kehlstein. Para llegar hasta ella se construyó una carretera con una pendiente de 1700 metros y una longitud de 7 kilómetros, cortando las rocas y horadando túneles. Esa carretera, con muchas curvas, colgada literalmente sobre los barrancos de las montañas, terminaba en una especie de plataforma que servía de aparcamiento. Desde este lugar partía una galería de 130 m. de longitud y 3 de altura, excavada en la montaña. El corredor iba a dar a una gran chimenea o boquete de 120 m. de altura por el que se elevaba un ascensor. Así se llegaba a la casa de té, la Teehaus, colocada en una cima de 1834 metros de altitud. El coste total de esta obra ascendió a 30 millones de marcos. El presupuesto de construcción era enorme y superaba con creces las posibilidades económicas de Hitler. Bormann recurrió entonces, de repente, a una curiosa idea: la «campaña pro Adolf Hitler», dirigida a la industria alemana. Exigió a los empresarios acaudalados que se mostraran reconocidos al Führer aportando una contribución para los gastos. Junto con el fotógrafo de Hitler, Heinrich Hoffmann, y el ministro de Correos, Wilhelm Ohnesorge, recurrió a otro truco: hizo reconocer los derechos de autor del Führer en relación con su retrato… que aparecía en los sellos postales. Y como su rostro figuraba en todos los valores, Hitler cobró sus buenos marcos, acrecentados aún más con los derechos de autor del «Mein Kampf», un total de 1.232.335 marcos. Y todavía un capítulo más de ingresos: su participación, libre de impuestos, en los periódicos Völkischer Beobachter e Illustrieter Beobachter. El viejo camarada de partido Fritz Reinhard, secretario de Estado en el Ministerio de Hacienda, había dispuesto lo siguiente: «Cualquier decisión en materia impositiva que signifique una obligación para el Führer en este sentido, debe considerarse como nula».
El Platterhof, en su día sencilla pensión de montaña, se transformó en un confortable hotel de 150 camas. El acondicionamiento interior fue realizado por el profesor Michaelis: mucho latón, alfombras muy anchas, cuadros con imágenes campesinas de las regiones alemanas. Bajo el sótano se instaló un bar y, por debajo, a ocho metros y excavada en la roca, la canalización.
En agosto de 1943 Bormann ordenó excavar en el Obersalzberg galerías para la renovación del aire y bunkers, y decidió que se construyeran refugios de hormigón armado.
Göring había decidido ya en 1941 construir su propio bunker en previsión de ataques aéreos. Tras conseguir Albert Speer que los jóvenes trabajadores de Obersalzberg fuesen enviados al servicio militar, en la zona no quedaban más que ingenieros, maestros, especialistas y gentes viejas e incapaces de ese trabajo rudo. No hubo más remedio que echar mano de inmigrantes checos e italianos y de una compañía de las SS especialista en la materia.
Lo primero que se excavó fue el Berghof y la casa de Bormann.
Un bunker con parquet
El plano del refugio se distribuía así: una entrada directa o una escalera conducirían desde el acceso, tan lejos como fuese posible, hasta llegar a un descansillo situado a unos 30 ó 50 metros. Luego se llegaría a una especie de tope, o de cierre, para atenuar las ondas expansivas de las explosiones. Detrás se situaban las esclusas de gas. A ambos lados de la galería se habían excavado varias cavernas en la roca viva. Las galerías, a su vez, tenían otros corredores subterráneos para los tubos de la ventilación, iluminación, conducciones de agua, cable de teléfono para 800 circuitos, desagües y calefacción de aire caliente.
En un principio se planificaron unos refugios normales, pero pronto se hicieron saber algunos deseos especiales. El servicio de seguridad exigió un lugar para instalar ametralladoras. Como las paredes calcáreas no eran muy adecuadas, pidieron que se recubriera de madera y el suelo de parquet. Eva Braun, por su parte, solicitó un baño para ella sola; y e encargado de los perros, una gran jaula. Cocinas, instalación de aire acondicionado, salas de reuniones, despachos, cajas fuertes, habitaciones para los niños, baños y bunker para antiaéreos… todo esto terminó por construirse. Al final se habrían horadado 2775 m. de refugio en galerías con 4120 m² de cavernas. Para los trabajadores y empleados del Obersalzberg se construyó en el campamento Antenberg un refugio antiaéreo de 385 m².
El 25 de abril de 1945, mientras los arquitectos disputaban aún sobre la decoración de las galerías y de las cavernas, sobre las vetas de la madera y la herrería de los muebles, ulularon a las 9.30 de la mañana las sirenas de alarma que anunciaban un ataque aéreo. Dos ataques con bombas de gran potencia bastaron para que la aviación americana destruyese aquella obra. Poco después llegaría una sección de zapadores con elementos suficientes para allanar el Obersalzberg. El campo de escombros terminó convertido en una planicie.
Andando el tiempo, el antiguo cuartel de la Gestapo se ha restaurado y se llama hoy «Albergue del Turco». El Platterhof, también reconstruido, es un hotel para las Fuerzas Armadas norteamericanas. Y en la casa de té del Kehlstein los turistas pueden tomarse un café.