Nos levantamos pronto. Afeitado, ducha y a la calle a desayunar. Bajamos por la calle principal de Concarneau, la Avenue de la Gare, que al llegar a la altura del Quai Carnot se llama Avenue Pierre Gueguin. Desayunamos en la terraza del Bar Jockey, pero como no tienen croissants los compramos en la esquina de la casa en la Boulangerie. Compramos cuatro y nos tomamos un par de cafés con leche cada uno, mientras Cora saca el cuaderno de viaje y va mirando el plan del día.
Vamos a ir a Quimper, que está a 27 kilómetros (media hora), al noroeste (es una ciudad de interior). El cielo se está nublando. Vamos al apartamento a recoger el coche, y carretera. A las diez y cuarto hemos aparcado el coche en un parking céntrico de Quimper, el Parking Maréchal de Lattre de Tassigny. Nada más salir a la Rue des Douves, bajando 50 metros nos internamos en el Jardin de la Paix. Quimper tiene también cuatro flores en las Villes et Villages Fleuris.

Tras cruzarlo, salimos por la rue Élie Freron, y bajando llegamos al centro de la ciudad, por el que Cora ya había andado en google muchas veces. Quimper tiene 64000 habitantes. Además de ver casas maravillosas, con una pasada por la rue Kéréon, teníamos previstas tres visitas. Le Musée Départemental Breton , un museo casi bicentenario (aquí os pongo el enlace oficial), Le Musée des Beaux-Arts y la Cathédrale de Saint-Corentin. Como tenemos un día de desplazamientos, no vamos a ver la zona de Locmaria, que es el origen histórico de Quimper.
Remontando las agradables orillas del curso marítimo del Odet se descubren los momentos culminantes de la ciudad: Locmaria, al pie del empinado y mítico Mont Frugy, el primer emplazamiento romano que se convirtió en un burgo del priorato benedictino y, posteriormente, en el barrio popular de los fabricantes de loza en 1690. Y río arriba, en la otra orilla, el segundo emplazamiento que, a partir del año mil, estaba formado por dos conjuntos urbanos principescos: la Terre-au-Duc, con el tribunal, casas de entramado de madera y conventos del siglo XVII; y la ciudad episcopal de decoración medieval, rodeada de murallas y situada entre Steïr y Frout. A lo largo de su historia, Quimper ha sido un refugio y un lugar de paso, desde su situación en el fondo de una ría. La primera urbanización en época romana se desarrolló alrededor de su actividad portuaria río abajo, en Locmania. Sin embargo, durante la Edad Media, ganó importancia el punto de confluencia entre el Steïr y el Odet (Kemper en bretón), indudablemente por sus cualidades defensivas. Fue la antigua capital de los poderosos condes de Cornualles y la imagen de la ciudad es indisociable del nombre de San Corentin, el obispo amigo del legendario rey Gradlon. En la actualidad la ciudad cuenta con un casco antiguo amurallado. Desde la majestuosa catedral gótica de Saint-Corentin (siglos XIII, XV y XIX) surge una red de calles y callejuelas, bordeadas de casas de entramado de madera y de piedra de los siglos XVI, XVII y XVIII. A lo largo del Odet se extiende la ciudad del siglo XIX, con el puerto y los edificios administrativos. Son de destacar los pintorescos muelles acondicionados con diversas pasarelas llenas de flores.
Hace tres años estuvimos cinco días en París. Básicamente, vimos los museos (menos el Louvre) y las iglesias. Algún paseo en bus por la ciudad, bateau mouche y barrios de la ciudad. Nos llamó la atención que la gente, en general vestía mal (excepciones increíbles, claro). En los pueblos de Bretaña, los residentes visten genial, y en Quimper en especial, maravillosamente.

Todo gira en la ciudad alrededor de la Place St. Corentin. Es la hora de pleno hervidero en sus calles. Nos vamos al Musée des Beaux Arts, frente a la catedral, en la misma plaza, construido por el arquitecto local Joseph Bigot.
Nacido en 1807, procedía de una familia de contratistas, y aprendió con el conde de Silguy, ingeniero de puertos y caminos para posteriormente aprender de los arquitectos de Nantes y París. Arquitecto del departamento de Finisterre desde 1835 hasta 1873, estuvo encargado del mantenimiento de los edificios del departamento. Ocupado principalmente de los edificios de Quimper, Châteaulin y Quimperlé, confió a otros dos arquitectos bajo sus órdenes los edificios de Morlaix y de Brest. De 1837 a 1892 ocupó el puesto de arquitecto de la diócesis, responsable de la catedral, del seminario y del obispado. Fue el primero en tener este cargo en el Finisterre. Esta doble carrera le permitió dejar su impronta sobre un gran número de edificios del departamento.
Construyó veintinueve iglesias y restauró más de cuarenta. Proporcionó los planos de ayuntamientos, escuelas, presbiterios, mansiones, casas, fuentes, puentes, muelles, etc. Como hombre de su época, buscó adaptar la forma a la función. Para cada problema, ofrece una solución original que tiene en cuenta los materiales, el presupuesto o el valor simbólico del edificio.
No nos dispersemos. Estamos en el Musée.
Contrariamente a muchos museos del siglo XIX instalados en edificios ya existentes, el museo de bellas artes de Quimper se construye para presentar la colección legada por el conde Jean-Marie de Silguy (1785-1864). Para este importante edificio público, la ciudad presenta un concurso de arquitectura imponiendo a los candidatos un programa. Joseph Bigot participa con interés en este concurso porque el conde de Silguy fue su primer maestro. Inspirado en los palacios italianos, diseña los planos del futuro museo y gana el concurso en 1867. El edificio está marcado por una composición simétrica y un rico programa decorativo que evoca su vocación cultural. Así, el frontón esculpido presenta una alegoría de la pintura y el dibujo. En el interior, el diseño incorpora los principios museográficos del período más avanzado, en particular la creación de una gran galería cubierta con un techo de cristal. La construcción de este Museo fue para Bigot la única oportunidad de su carrera de poner su talento al servicio de un edificio de esta importancia.
Casualidades de la vida, del 21 de junio al 19 de septiembre había una exposición conjunta en los dos museos: Les derniers impressionnistes (el tiempo de la intimidad). La exposición está dedicada a La Nueva Sociedad de Pintores y Escultores , la hermandad de artistas más famosa y característica de uno de los períodos más ricos del arte francés y europeo. Desde finales del siglo XIX hasta la primera mitad del siglo XX, frente a una modernidad que fue devorando gradualmente todo, nuestros artistas fueron capaces de seducir al público de ambos lados del Atlántico, críticos, conservadores y exposiciones internacionales. El Sidaner, Aman-Jean, Cottet, Dauchez, Prinet, Henri Martin, … cada uno de ellos tenía su propio estilo, perfectamente identificable, pero todos compartían una visión sentimental de la naturaleza: hacer seres y naturaleza como nosotros los vemos, dejando adivinar lo profundos, trágicos o misteriosos que somos. Así es como fueron llamados intimistas. Al respetar la veracidad de las apariencias, al perpetuar los valores permanentes del arte europeo, la preocupación por la evocación en el paisaje o la psicología en el retrato, al tratar de hacer poesía, la ternura de sus temas, lograron contarnos sobre nosotros. Así es como, al final de su carrera, nuestros artistas fueron considerados por los observadores de su tiempo como los últimos representantes del impresionismo.
El Museo de Bellas Artes se centra en las grandes páginas del paisaje urbano o rural , así como en un conjunto de retratos virtuosos. En la planta baja del museo en una sala grande estaba la exposición temporal. Además de baños, sala de niños, sala de proyección y conferencias, boutique y ascensor, hay una sala con pintura bretona del siglo XIX (Luminais, Breton, Leleux, Buland,…) y una sala dedicada a Max Jacob (cubista nacido en Quimper en el año 1876 y muerto en un campo de concentración en 1944) en la que hay una colección de obras de sus amigos (Picasso, Modigliani, Cocteau, Jean Moulin,…). También hay una colección de documentos relativos al fundador del museo, Jean-Marie de Silguy.
En el primer piso nos recibe Les trois ombres de Rodin. A un lado tenemos tres salas con pintura flamenca y holandesa de finales del XVI a principios del XVIII (Rubens, Jordaens, Van Mol, Van Haarlem, de Grebber,…) A continuación, la sala Lemordant presenta la reconstrucción de la antigua decoración de los comedores del Hotel de l’Épée de Quimper, diseñada entre 1906 y 1909 por Lemordant. Luego viene una sala pequeña con los pintores bretones del siglo XX (Tal Coat, Bazaine, Manesier, Asse,…) y para acabar este lado, la sala L’après Pont-Aven (Delaunay, Gruber, Méheut, Fougeron,…).
Por el otro lado de Rodin tenemos tres salas con pintura italiana de los siglos XIV al XVIII (Bartolo di Fredi, Dell’Abate, Reni, Solimena,…). Después vienen cinco salas de pintura francesa desde finales del XVII hasta los inicios del XIX (Mignard, Boucher, Fragonard, Valenciennes,…). A continuación hay tres salas de pintura francesa del siglo XIX (Chassériau, Flandrin, Corot, Cottet, …); en medio de toda la pintura francesa hay una salita con dibujos que van desde el siglo XVI y el XIX. Para acabar hay una sala de la escuela de Pont-Aven y nabis (Bernard, Sérusier, Maufra, Gaughin, Moret,…) y una de descanso con una colección de jarrones de la Fábrica de Sèvres (finales del XIX e inicios del XX).
Detrás de la catedral nos encontramos con el Musée Départamental Breton, creado en 1846 en el antiguo palacio episcopal creado a partir de 1506. Lo más importante es el edificio, una arquitectura excepcional. En el enlace que os puse arriba podéis documentaros tranquilamente.

En la exposición temporal compartida, el museo departamental bretón celebra el mar salvaje, los placeres costeros de la Belle Époque en Bretaña, tierra elegida por muchos de estos pintores como Charles Cottet, Lucien Simon y André Dauchez. En la planta baja nos encontramos con los principales descubrimientos arqueológicos del departamento de Finisterre de las épocas protohistóricas y galo-romana. Dos salas a continuación están consagradas al arte de la época medieval y moderna: estatuas, vidrieras, etc. En un espacio intermedio hay una sección de orfebrería civil y religiosa bretona. En la primera planta nos encontramos con la colección de muebles que permite estudiar la historia de los muebles en el oeste de Bretaña del siglo XVI a mediados del XX. También hay una «galería de trajes bretones antiguos«. El desarrollo de esta colección casi nunca se ha detenido desde entonces, por lo que el Museo es, sin duda, el primer conservatorio de materiales del patrimonio textil en el oeste de Bretaña.. El reciente desarrollo de la colección textil del Museo ahora ha tenido en cuenta la creación de estilistas inspirados en las modas tradicionales (Val Piriou, Pascal Jaouen, Bleuenn Seveno, Mathias Ouvrard, etc.). Por último, en la planta segunda se halla una colección de cerámica que va del siglo XVIII hasta la actualidad, y la exposición temporal, que recoge el mar salvaje, los placeres costeros de la Belle Époque en Bretaña, tierra elegida por muchos de estos pintores como Charles Cottet, Lucien Simon y André Dauchez.
Salimos muy contentos, pero empieza a llover y nos vamos a la plaza a tomar un café a cubierto. A continuación, visita a la catedral. Hay misa, así que la visita es corta. Ya la hemos visto por fuera y nos vamos a comprar cuatro recuerdos y a pasear por las calles maravillosas. Comemos en Le Quetzal, una terracita con toldo. No recuerdo que comimos. Nos vamos al coche, pero de camino, por la rue Élie Freron tropezamos con el Jardin de la Retraite que comunica con el Jardin de la Paix.
Marchamos a Locronan que está a 19 kilómetros. Este pueblo tiene como Rochefort-en-Terre todas las distinciones. En la misma entrada al pueblo, a la derecha, hay un parking donde aparcar. El pueblo es una calle principal, la rue du Prieuré, y al fondo, la iglesia.

Locronan es un pueblo de unos 800 habitantes, en la montaña, a 145 metros de altitud. Erigida sobre la colina, Locronan se organizó a base de casas de granito azulado asentadas alrededor de la torre cuadrada de la iglesia, un torreón achaparrado y solitario. Nació siendo un centro de espiritualidad, luego se convirtió en la capital del textil para velas de Bretaña entre los siglos XV y XVIII y, en la actualidad, es un destino turístico por excelencia en Bretaña, muy apreciado por visitantes y por cineastas. Roman Polanski rodó en este agradable pueblo de la Bretaña francesa la película «Tess», protagonizada por Nastassja Kinski, y Jean Pierre Jeunet dirigió a Andrey Tautou (la famosa protagonista de «Amelie» o «Coco Chanel») en «Largo domingo de noviazgo». Se parece mucho a Rochefort-en-Terre, pertenece a les plus beaux villages de France, con su pozo en la plaza, a un lado de la iglesia. Hay gran masificación. Cuando fuimos a Rochefort-en-Terre, llegamos al atardecer, y a la mañana siguiente recorrimos la villa a primera hora. Aquí hemos llegado a la hora punta, con turismo de coches y sobre todo con las salidas del día en autobús.
El hermoso conjunto formado por las viviendas de la Grand’Place que enmarcan la iglesia de Saint Ronan dan fe de la historia de esta ciudad. Primero fue un santuario celta que, en el siglo VII fue cristianizado por san Ronan; más tarde lo arrasaron los normandos y, por ello, desde el siglo X la población decidió desplazarse hasta el emplazamiento de la ermita de Ronan. La piedad de los condes de Cornualles con san Ronan y, posteriormente la de los propios duques de Bretaña, permitieron construir en el siglo XV un priorato con su iglesia, que además estaba exento del pago de diversos impuestos a la autoridad ducal. Todo ello hizo de Locronan un importante centro manufacturero del textil para velas. Las casas de la plaza así lo atestiguan y puede verse el despacho de la tela, el hotel de la Compañía de las Indias, las viviendas de los comerciantes, las de los notarios, de los revisores del Rey, de los oficiales,…

Mientras hay gente que renuncia de sus antepasados, de la historia que le rodea, otros, como los bretones, homenajean siempre que pueden a sus ancestros. Lo vemos en Nantes, en Rochefort-en-Terre, en Josselin, en Quimper y aquí, en Locronan, también. Tenemos un plano de Locronan en el que aparece un apartado con este título: «Saint Ronan et la troménie», que enlaza la iglesia de San Ronan con la capilla de Notre-Dame-de-Bonne-Nouvelle y la capilla Ar Zoñj (nombre bretón). No voy a enrollarme aquí sobre este asunto, pero os aseguro que es un ejemplo de respeto y honor a la historia del pueblo. Os dejo un enlace interesante aquí.
Tras visitar una cervecería impresionante, nos vamos en coche de Locronan hacia el Finisterre francés, en Cléden-Cap-Sizun. Tardamos algo más de una hora, pero merece la pena. Nosotros vamos al Pointe du Van. El camino de acceso a la roca es medio complicado, pero llegamos para las siete y media, y en agosto hay muy buena luz. Nos recibe la capilla de Saint-They. Nos movemos por el sendero, con el mar abajo y el infinito al frente. Relajante. Estamos casi una hora viendo las piedras sobre el océano.

Volvemos en coche a Concarneau, para acabar el día. Llegamos para las nueve, y cuando estamos en la calle principal nos encontramos con que hay una carrera ciclista nocturna. Tardamos 45 minutos en aparcar, en la zona del monte, y bajamos hacia el muelle andando. Hay muchísima gente. Vemos la carrera un rato, y nos vamos a la ciudad vieja a cenar. Llegamos tarde para cenar en el mismo restaurant que ayer, así que nos dan de cenar en La Porte du Vin. Cenamos unas pizzas y nos vamos dando un paseo por las calles. Es fantástica esta zona de Concarneau. Hacia las doce y media recogemos el coche y nos vamos a pasar nuestra segunda noche en el apartamento de Marie y Pierre. A la mañana nos despediremos de ellos y nos iremos a Pont Aven.















































